América, Pensamiento y Cultura

Joaquín Rodríguez: El enraizado populismo en América Latina

A la cultura de búsqueda de rentas por compra de cargos públicos y privilegios mercantiles y a la creencia en un estado providencial, se le suman males de la era de las repúblicas.

Comenzamos mal. Comenzamos pésimamente mal. Cuando los españoles, portugueses y franceses llegaron al Nuevo Mundo a establecer virreinatos y colonias, lo hacen ya con un modelo de Estado moderno nacional, absolutista y mercantilista. Era lógico ya que ése era su modelo en el Viejo Mundo, un proceso madurativo propio que les tomó siglos, en el que nacieron como reinos medievales con un poder político disperso y varios poderes sociales que ejercían en efecto como contrapoder al primero (nobleza, clero, villas, ciudades, órdenes religiosas y militares, universidades, gremios). Pero en el Nuevo Mundo nos saltamos esa etapa y conocimos directamente la adultez europea.

El centralismo estatal es implantado en Latinoamérica por los Austria, pero es agravado por las reformas de los Borbones, dinastía con la cual se termina por perfilar la idea del Estado providencial, desinteresado y eficiente. Las entidades políticas pre-republicanas nacen del seno de Estados fuertes, siendo algo extraño para los latinoamericanos un régimen medieval de poderes dispersos y contrapesados. Y debemos tener muy en claro que ése es el pecado original de América Latina.

El prócer intelectual argentino Juan Bautista Alberdi afirmaba que:

Nuestro derecho colonial no tenía por objeto garantizar la propiedad del individuo sino la propiedad del fisco. […] Ante el interés fiscal, era nulo el interés del individuo. Al entrar la revolución, hemos escrito constituciones y la inviolabilidad del derecho privado, pero hemos dejado en presencia subsistente el antiguo culto al interés fiscal. De modo que, a pesar de la revolución y de la independencia, hemos continuado siendo repúblicas hechas para el fisco.

Alberdi nos advierte:

La omnipotencia de la patria, convertida fatalmente en omnipotencia del gobierno, no es solamente la negación de la libertad, sino también la negación del progreso social porque ella suprime la iniciativa privada en la obra de ese progreso.

A la cultura de búsqueda de rentas por compra de cargos públicos y privilegios mercantiles y a la creencia en un estado providencial, se le suman males de la era de las repúblicas. De un lado, los grandes héroes y líderes de independencia fueron militares, los que asumían el poder con el apoyo de facciones castrenses más comúnmente mediante la fuerza que por elecciones. La regla en el continente durante todo el siglo XIX son los caudillos, los golpes de estado, los exilios y las guerras civiles. Y por otro lado, se suma la corriente extranjera del constitucionalismo positivo, esto es, escrito. Con ello, las constituciones se volvieron los textos legitimatorios de cada nuevo caudillo, por lo que pronto devinieron en meros papeles. Tal es el daño a la institucionalidad pública.

Los académicos Paul Craig Roberts y Karen La Follette Araujo sostienen:

España, agobiada por la búsqueda de rentas, nunca construyó las instituciones que conducirían al éxito económico y tampoco la mayor parte de sus colonias. Con el tiempo, éstas se independizaron del gobierno español, pero no de la cultura en busca de rentas. Consecuentemente, continuaron siendo páramos económicos hasta las últimas dos décadas del siglo XX.

A todos los males antes mencionados se suman los más contemporáneos. Surgen ideas llamadas “desarrollistas” entre los economistas de izquierda a nivel mundial, que proponían que los países subdesarrollados requerían de un Estado centralizado e interventor así como de apoyo internacional. ¡El histórico estatismo latinoamericano parecía tener justificación científica universal! Vaya golpe para la causa de la libertad.

Por su parte, las derechas se entusiasmaron con proyectos corporatistas, nada lejos de lo que proponían los otros. Finalmente, con la ampliación del sufragio en democracias tan culturalmente pobres, la conquista del poder político se transformó en la conquista de las pasiones del pueblo. Llega así el advenimiento del populismo acumulado con todo lo antes descrito: la idea de una sociedad que nada lo puede, de un Estado que todo lo provee, de líderes que deberán ser autoritarios y marciales, de gobiernos que deberán ser intervencionistas, de campañas que deben ser pasionales, de refundaciones constitucionales al gusto del dirgente de turno… y así sigue la letanía.

Ésta es nuestra triste historia, en parte. En las últimas décadas, hemos visto una transformación en algunos países latinoamericanos, cansados de su mediocridad estatista y recurrente fracaso económico, generación tras generación. Entre los países que se han asociado bajo la bandera de la libertad y el comercio, se ha creado una “Alianza del Pacífico”, que busca ser el contraste a los impulsos del “Socialismo del siglo XXI”. Esta alianza merece ser defendida con suficiente esmero, más como proyecto político que sólo como plataforma comercial. La libertad económica es la receta para la prosperidad y las pruebas empíricas que lo demuestran se acumulan año tras año.

Para vencer el populismo en Latinoamérica debemos ser conscientes de la profundidad de las raíces que queremos arrancar. Decía el famoso economista de Estados Unidos Milton Friedman que: “los que hemos tenido la suerte de haber nacido en una sociedad libre, tendemos a ver la libertad como el estado natural de la humanidad”. Pero no lo es. La idea de la libertad va más allá de palabras bonitas y banderitas al viento. Requiere explicación, pedagogía y demostración práctica de sus efectos. Los estatistas no lo van ponen fácil. Es difícil pedirle a alguien que renuncie a su parcela de poder. Pero el cambio es viable si nos lo proponemos. ¿Y qué modelo de cambio es el de la prosperidad? Basta con mirar lo que logró Chile en 40 años con la implantación del modelo de libre empresa y lo que ha logrado Venezuela con su bolivarianismo y sus fracasadas ideas estatistas. La idea comunista no funciona, pero su encanto persiste y el populismo lo explota.

¡Despierta América Latina!

 

© Libertad.org

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