En los últimos tres años, ha sido John Kerry, el secretario de Estado de la Administración Obama, el político que más ha insistido en el interés estratégico que tiene la región geopolítica de Asia-Pacífico para EEUU. Este interés ha cobrado mayor fuerza en el segundo mandato presidencial, aunque ya estaba presente en los inicios, cuando Hillary Clinton realizó su primer viaje oficial como representante de la diplomacia norteamericana, no a Europa sino a Asia.
El giro americano a Asia ha sido percibido por muchos analistas como el progresivo desenganche de Washington de otras áreas del globo, hasta ahora consideradas como esenciales. Pese a todo, John Kerry ha negado que esto sea cierto y ha mencionado el papel de su país en Afganistán, el África subsahariana o en la lucha contra la proliferación nuclear en Corea del Norte e Irán. Sin embargo, la percepción de abandono es mayor respecto a Oriente Medio, donde el conflicto palestino-israelí entra en una fase de prolongado estancamiento y la problemática de toda la región adquiere un cariz indudablemente sectario, de luchas entre el islam suní y el chií, cuya consecuencia es el deterioro de las fronteras nacionales y la multiplicación de la inestabilidad interna.
El interés estratégico de EE.UU. en la región Asia-Pacífico cobra mayor fuerza en el segundo mandato de Obama
La aparición del Estado Islámico (EI) inquieta a los tradicionales aliados de Washington en Oriente Medio, pero aunque la amenaza pueda ser mayor que la de Al Qaeda, los norteamericanos no tienen demasiadas ganas de involucrarse en más conflictos, vistas las experiencias frustrantes de Irak y Afganistán. Implicarse más en la lucha contra el EI, significa distraer fuerzas y energías de Asia-Pacífico, y no cabe duda de que China sabrá llenar cualquier vacío. De ahí que la tentación para la Administración Obama pudiera ser abrir camino a Irán en Siria e Irak, sin querer darse cuenta de que todo esto ahondará el distanciamiento entre EE.UU. y sus aliados de la zona, o lo que es peor, con el mayoritario islam suní.
Libre comercio en el Pacífico

En el giro a Asia, importan mucho más que la superioridad militar –que Washington sigue detentando– los datos del PIB y de los intercambios comerciales.
Palabra clave en el escenario internacional es “crecimiento”, lo que supone reconocer la primacía de lo económico. Política exterior es política económica y política económica es política exterior, tal y como señalaba Kerry en un discurso en el East West Institute de Honolulu el 13 de agosto de 2014. Allí también certificó la existencia de muchas similitudes del momento histórico actual con las diplomacias de los siglos XVIII y XIX, con la presencia de Estados que reafirman orgullosos sus intereses nacionales y aparecen más actores económicos que en otros tiempos. Los intereses de una nación no solo conciernen a diplomáticos o militares sino que también juegan un papel esencial los empresarios y los altos ejecutivos de las compañías, el número de trabajadores en activo así como de estudiantes especializados.
Derechos humanos sin arrogancia
EE.UU. considera Asia-Pacífico como una de las regiones más dinámicas del mundo, y lo prueba su proyecto de área de libre comercio conocido como el Transpacific Partnership (TPP), que supondría que el 40% del PIB mundial esté vinculado a un acuerdo comercial de gran calado. Es una asociación de países de ambas riberas del Pacífico, en la que se combinarían una dimensión económica librecambista y la defensa de la democracia y los derechos humanos. Con el TPP, Washington intenta interpretar el papel de campeón de la democracia, pero esto difícilmente se sostiene con la presencia de países como Singapur, Vietnam y Birmania, que no reúnen las credenciales democráticas, aunque que el pragmatismo norteamericano tiene que aceptarlos en su estrategia de contención hacia China.
Por lo demás, John Kerry, en su citado discurso de Honolulu, subrayó que los países más prósperos son aquellos que respetan los derechos humanos y las libertades fundamentales, poniendo los ejemplos de Tailandia, Indonesia, Australia y Filipinas. No obstante, también dio a entender que su gobierno no pondría un fuerte acento en la defensa de los derechos humanos. Seguirían defendiéndolos “sin arrogancia, pero también sin apología”.
En el giro a Asia, importan mucho más los datos del PIB y de los intercambios comerciales que la superioridad militar
El TPP implicará una gran atracción de capitales con las consiguientes inversiones de unos países en otros. Washington considera que su prosperidad y su seguridad están vinculadas al Asia del Pacífico, algo recalcado por el presidente Obama desde los inicios de su mandato, con su insistencia en que EE.UU. es “una potencia del Pacífico”. Más recientemente, el mandatario norteamericano, en un discurso del 15 de noviembre de 2014 en la universidad de Queensland, se refirió al crecimiento económico sostenible como uno de los objetivos del TPP, que además sería un valioso instrumento para fomentar la cooperación y la integración regional.
Estrategia para contener a China
Pero lo llamativo es que, aunque los norteamericanos lo nieguen, el tratado parece concebido como una estrategia para aislar a China. Esta percepción existe porque no se pueden negar las ambiciones globales del coloso chino, con sus 1.300 millones de habitantes. Lo dicen la mayoría de los analistas, y lo confirma una historia milenaria: China aspira a convertirse en la primera potencia mundial y a desplazar a EE.UU.
Los chinos tienen un acusado sentido del destino, aunque quizás habría que decir de la historia, si bien actúan con gran prudencia. No quieren repetir los errores de las grandes potencias del pasado, como Alemania y Japón, que fracasaron por desafiar el orden internacional existente. Saben muy bien que el poder en el siglo XXI viene dado por el PIB, y no por la fuerza militar. Basta con que China niegue a sus vecinos el acceso a sus mercados para fragilizar sus estructuras políticas, sociales y económicas.
Se puede hallar una contradicción entre el propósito de Washington de aislar a China estableciendo alianzas con sus vecinos y al mismo tiempo exigir su cooperación
La reacción de estos vecinos ha sido forjar alianzas militares con Washington, pero también económicas, porque no otra cosa es el TPP. Según el ex primer ministro de Singapur, Lee Kuan Yew, ya es demasiado tarde para aislar a China, pues debería haberse hecho hace treinta años. Era el mejor momento para incorporar a una serie de países asiáticos a la economía de EE.UU.
Pero probablemente el pulso que Washington mantenía con Moscú en los años finales de la guerra fría y la euforia del “fin de la historia” de los felices 90, impidieron a los estadounidenses ser plenamente conscientes de la ascensión económica de China.
Pese a todo, la principal táctica de China, que es también la de Rusia en Europa, es la del diálogo bilateral con sus vecinos, y no tanto con las organizaciones regionales en que están representados. Sin ir más lejos, la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN) nunca será un bloque político-económico que tenga una sola voz frente a China, pues algunos de sus miembros como Laos y Camboya son muy dependientes de Pekín.
Intereses conjuntos
En un discurso en la Johns Hopkins School, de 31 de octubre de 2014, Kerry defendió una “relación constructiva” entre China y EE.UU. No se trata de coexistir más o menos pacíficamente sino de cooperar. Las discrepancias son evidentes respecto a los derechos humanos y la democracia, pero nadie puede negar los fuertes lazos económicos entre los dos países. Kerry se refirió a 600.000 millones de dólares de intercambios en bienes y servicios al año, y a que las inversiones mutuas implican unos 100.000 millones anuales. Destacó también la constitución en 2013 de un grupo de trabajo conjunto para combatir el cambio climático, algo muy importante porque los dos países suponen casi la mitad de las emisiones de gases de efecto invernadero en el mundo. Esto debería ser también un incentivo para una cooperación en el mercado de las energías renovables.
También hay otros intereses conjuntos en política exterior, como la lucha contra la piratería, los extremistas del EI, la estabilidad en Afganistán tras la retirada de la OTAN… No obstante, el propio Kerry tuvo que reconocer en su discurso que las opiniones públicas de China y EE.UU. ven menos favorablemente a los respectivos países que hace años. En el caso chino influye un nacionalismo ascendente, y en el norteamericano una lógica inquietud por el respeto de los derechos humanos en el gigante asiático. Contra estas percepciones, el secretario de Estado propone un mayor intercambio de estudiantes, lo que ayudaría a un mejor conocimiento mutuo. Quizás Kerry supone que los estudiantes chinos abogarán por las reformas democráticas tras haber comprobado personalmente el modelo sociopolítico norteamericano, pero no necesariamente es así. El propio Xi Jinping estudió en EE.UU. su sistema agrícola en la década de 1980.
Respecto al futuro de las relaciones EE.UU.-China, no caben los planteamientos ideológicos de la guerra fría, de la democracia frente al comunismo, y todo indica que se moverán en una dinámica simultánea de cooperación y rivalidad. Con todo, se puede hallar una contradicción entre el propósito de Washington, no confesado, de aislar a China estableciendo alianzas con sus vecinos, y al mismo tiempo exigir su cooperación. Esto implica, en un acertado análisis de Lee Kuan Yew, enviar a Pekín señales contradictorias. Aislar a China implicaría, según este veterano político, el riesgo de configurar una potencia xenófoba, chovinista y hostil. Sin embargo, la política estadounidense seguirá estando marcada en los próximos años por la ambigüedad de la cooperación y la contención.