Política

En Irak, el objetivo es incorporar a la minoría suní y alcanzar el federalismo

El nuevo gobierno iraquí no lucirá como un cuerpo secular, pro occidental como preferiría EE.UU. ni como el régimen teocrático de Irán, aunque la religión jugará un rol importante. Es probable que islamistas chiitas moderados dominen el nuevo gobierno, con influencia clerical.

El panorama político en Irak
En la reconstrucción política del país, como Estado federal, es clave una clara división de los poderes del gobierno central y de las provincias.

El pueblo iraquí votará una nueva Constitución en un referéndum nacional en septiembre de 2005. Las negociaciones entre los grupos étnicos y religiosos serán contenciosas sobre los temas de territorio y devolución de poder, especialmente entre la mayoría chiíta (casi el 60% de la población) y la bien organizada minoría kurda (cerca del 20%).

En un Irak federal, los kurdos tratarán de expandir los límites de su región autónoma, para tratar de incluir Kirkuk, una ciudad estratégica en el centro petrolero del norte del país, que ellos reclaman como su capital histórica. El frágil equilibrio étnico de Kirkuk es un polvorín que podría desencadenar una guerra civil que abarcaría a los vecinos, en especial a Turquía, que ambiciona el petróleo, protege a la minoría turca de la zona y que siempre ha temido a las aspiraciones separatistas kurdas que podrían inflamar a los kurdos de Turquía.

Después de más de una década de una independencia de facto, los kurdos están reticentes a un gobierno central dominado por los chiítas en Bagdad. Pero es probable que los chiítas y kurdos -los más afectados por la represión de Saddam- lleguen a un acuerdo, ya que son ellos los que tienen más que ganar con un Irak democrático y federal.

El concepto de federalismo es esencial. Debe haber una separación clara de poderes entre el gobierno central en Bagdad y las provincias. Esto depende de un arreglo entre ellos y no de la visión de que el ganador se lo lleva todo, un importante desafío para la cultura política de Irak.

Pero el mayor desafío político será involucrar en el proceso a la comunidad sunita (alrededor del 20% de la población). Los sunitas temen un futuro en el que, por primera vez, no dominarán y tendrán status de minoría.

El nuevo gobierno debe reservar escaños suficientes para los sunitas en la nueva asamblea constitucional y entregarles cargos importantes. No obstante, deberá aislar a los más radicales e involucrar a la mayoría moderada.

Sin la participación sunita, no puede haber paz en Irak. La alternativa es la guerra civil, la desintegración y la libanización del país con consecuencias desastrosas para la ciudadanía, para los vecinos de Irak, la estabilidad regional y la seguridad internacional.

El mayor desafío práctico del nuevo gobierno es expandir sus fuerzas de seguridad y mejorar sus capacidades. Se necesitan con desesperación más asesores y entrenadores militares de EE.UU. y de otros estados de la OTAN.

Y el compromiso militar estadounidense sigue siendo esencial. Debe entregar los recursos necesarios para asegurar que Irak salga de la actual turbulencia y agitación. Los líderes del nuevo gobierno deben demostrar unidad, transparencia y responsabilidad que proporcionarán la legitimidad necesaria para convencer a los iraquíes de que el ciclo de violencia se puede romper.

Por su parte, los vecinos de Irak prefieren un gobierno central débil que mantenga un orden interno básico, pero dócil y vulnerable a su influencia, especialmente en las provincias limítrofes, y que dependa de ellos para garantizar la estabilidad. Irán espera más influencia clerical chiita, mientras que Turquía se preocupa por el norte kurdo. Las principales inquietudes de los sauditas están en las actividades extremistas sunitas que cruzan las fronteras y en vigilar de cerca la influencia chiita iraquí sobre su propia e inmanejable población perteneciente a esa tendencia.

Siria sólo dirá que está contribuyendo al esfuerzo estadounidense, aunque vigilará atentamente a sus propios extremistas, que cruzan la frontera. Si los matan en Irak, menos preocupaciones futuras. Si regresan, se registrarán sus identidades en caso de futuros disturbios. Esto porque aún se recuerda la matanza de 1982 de miles de fundamentalistas islámicos a manos del régimen sirio en Hama.

Mientras, los temores de Jordania del impacto interno del fundamentalismo iraquí se unen a las esperanzas de una mayor estabilidad que produzca dividendos económicos.

El nuevo gobierno iraquí no lucirá como un cuerpo secular, pro occidental como preferiría EE.UU. ni como el régimen teocrático de Irán, aunque la religión jugará un rol importante. Es probable que islamistas chiitas moderados dominen el nuevo gobierno, con influencia clerical, en alianza con una presencia kurda políticamente unida y temible.

Hasta ahora, los chiitas moderados han sido responsables en restringir a los elementos más radicales. Los chiitas moderados actualmente toleran la presencia de Estados Unidos y comprenden su importancia para poder impedir el estallido de una guerra civil. Sin embargo, desean ver una reducción significativa de esas tropas y, con el tiempo, un retiro cuando se restaure – si es que sucede- un nivel suficiente de normalidad y estabilidad.

“Sin la participación sunita, no puede haber paz en Irak. La alternativa es la guerra civil, la desintegración y la libanización del país”

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