La Asamblea Nacional tiene la opción de dar cuenta de lo que realmente ocurre en Cuba (palizas a los disidentes, vulneración de los derechos de los presos políticos). Las veces anteriores en las que ha sido convocada, ha mirado para otro lado.
Elías Amor
Durante estos días de fin de año, se están celebrando en La Habana las sesiones de trabajo de la Asamblea Nacional, el órgano parlamentario ideado por Fidel Castro para revestir su dictadura política conocida como “revolución”. Es cierto que esta institución nació con una existencia muy limitada y condicionada por los escasos márgenes que le permite la estructura de funcionamiento del régimen político. La elección de sus miembros, los procedimientos internos de trabajo, la representatividad territorial, las cargas de trabajo, nada, absolutamente nada, tiene que ver con el mecanismo de funcionamiento de los parlamentos democráticos occidentales. En el régimen castrista, la separación de poderes que inspira el funcionamiento de los sistemas libres, simplemente no existe, así que a la Asamblea Nacional no le podemos pedir más.
Sin embargo, sí que podemos realizar una reflexión sobre lo que significa que casi un millar de personas se encuentren escuchando pacíficamente los informes, las memorias y los proyectos de los responsables de la Administración para validar con su voto el ejercicio del año anterior. Más aburrimiento, imposible. Más ineficacia, difícil de identificar en otros países y sistemas políticos.
Pienso, sinceramente, que a estos “representantes” del pueblo cubano se les debe suponer una mínima preparación intelectual, y algún conocimiento de la realidad social en la que desarrollan sus vidas de forma cotidiana. Por eso, parece lamentable, y ciertamente sólo comprensible en las coordenadas políticas del régimen cubano, que ninguno de ellos pregunte abiertamente sobre el estado en que se encuentran los centenares de presos políticos que existen en las prisiones del castrismo. Aunque sólo sea por razones humanitarias y de solidaridad, qué menos que solicitar alguna información que permita saber qué está sucediendo con sus compatriotas que malviven en cárceles y son represaliados por el mero hecho de defender ideas alternativas. Si desconocen esta situación, es que no están realizando bien su trabajo. Si la ocultan, están pagando un lamentable precio político.
Por eso, no consigo comprender cómo los representantes de esta Asamblea Nacional, con su comportamiento, dan la espalda a la sociedad de la que forman parte, y cierran los ojos ante las palizas y agresiones cotidianas que sufren los disidentes, el absoluto desprecio hacia los derechos y libertades por parte de la policía y seguridad del estado, la opresión, la delación y la vigilancia permanente de los CDRs, y la ausencia de un marco abierto y responsable para el ejercicio de las actividades políticas en la Isla, donde hasta una biblioteca independiente es considerada enemigo de la revolución. Este comportamiento es incomprensible, y no admite discusión alguna. Lo han venido realizando en los últimos años, cada vez que han sido convocados a este período de sesiones de la Asamblea y se han vuelto a sus lugares de origen sin abrir la boca, aceptando todo lo que se les dice, y sin rechistar.
La Asamblea Nacional tiene una oportunidad de oro para romper con ese silencio sordo. Me consta que en sus filas, y sobre todo, tras la renovación generacional emprendida el año anterior, han aparecido dirigentes próximos a los problemas del pueblo que, de buen seguro, saben de los desasosiegos creados por la dualidad monetaria, por la escasez de bienes de consumo en los mercados, por la incapacidad para explotar con eficiencia la tierra abandonada al marabú, por las deficiencias en los sistemas retributivos que no saben cómo ponerlos en funcionamiento, por la preocupación por las alzas de precios y, sobre todo, por la incertidumbre hacia el futuro que tiene la amplia mayoría de la sociedad cubana con los planes de hoy y mañana de Raúl Castro.
La Asamblea Nacional debería dar respuesta a estas cuestiones y no servir de mera correa de transmisión del poder omnímodo de los hermanos Castro. Si el sucesor entendiera lo que significa el cambio ya habría empezado a mover fichas, pero las expectativas abiertas se han quedado tan sólo en eso, mientras que la población ya no sabe qué hacer. Los representantes de la Asamblea Nacional deben quitarse la careta del doble lenguaje, preguntar y demandar información, exigir responsabilidades a los burócratas ineficientes que todavía creen que una economía planificada puede funcionar de forma eficaz, y asumir el liderazgo de los cambios que necesita la sociedad cubana para salir del atraso y la miseria. Ya sé que este papel es difícil de ejecutar por un órgano creado a imagen y semejanza del máximo poder de la Isla, pero por algún sitio hay que empezar, y antes que confiar en el ejército como agente del cambio, prefiero soñar con el papel dinamizador de un parlamento que sueñe a ser democrático y libre. Ahora hay una oportunidad en La Habana. Luego será tarde.
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