Oriente Próximo, Política

¿Es realmente Irán un actor estatal “racional”?

Últimamente se viene produciendo un debate entre los politólogos estadounidenses, centrado en la cuestión de si la República Islámica de Irán es o no un actor racional, y si tiene o no la suficiente autoridad racional en las instituciones entre las que se mueve.

El argumento reza que si se presentaran al régimen iraní unos incentivos poderosos y solventes, los iraníes accederían a detener por completo el enriquecimiento de uranio. Además, si el régimen iraní fuera tratado con respeto y considerado un fuerte factor geopolítico, económico y estratégico por parte de los gobiernos regionales e internacionales, éste abriría conversaciones con Estados Unidos, con Israel y con otros países europeos. En concreto, tendría fuertes relaciones diplomáticas con Estados Unidos, cosa que conduciría finalmente a la apertura de embajadas en Teherán y Washington, así como a la promoción de los derechos humanos y la democracia en Irán. También se aduce que si Irán fuera un acto racional, aun alcanzando la capacidad nuclear y en consecuencia teniendo un arsenal nuclear, seguiría sin amenazar a otros países, según la teoría racional de “la disuasión”.
 
En primer lugar, habrá que definir “raciocinio”. Se definiría como los esfuerzos por parte de un gobierno por seguir sus propios intereses en materia económica, nacional y de seguridad. Sin embargo, según incluso esta definición, no se desprende inmediatamente que el régimen iraní fuera a solucionar sus relaciones con muchos países, Israel y Estados Unidos incluidos, si se le ofrecieran a los clérigos ofertas más atractivas. El principio clave sobre el cual gobierna la República Islámica de Irán es la oposición a los países occidentales, Israel y Estados Unidos en particular, e incluso a algunas potencias de Extremo Oriente. El gancho principal de la Revolución iraní, acuñado por el ayatolá Jomeini (padre fundador del régimen) es “Ni Oriente ni Occidente”. Añade: “Es el principio establecido entre los países y naciones islámicas que, con la ayuda de Alá, se acepta al islam como única ideología de salvación — y no se retractan de este principio ni lo más mínimo”.
 
Por otra parte, en esta era de globalización, si ser un gobierno racional significa proteger los intereses económicos de uno, todos los estados están suscribiendo pues un sistema político moderno. Jomeini dijo: “En nuestra política exterior y nuestra política nacional… hemos sentado nuestro objetivo de la difusión mundial de la influencia del islam… Queremos causar la corrupción de las raíces del sionismo, del capitalismo y del comunismo hasta los confines del mundo entero. Queremos, como Alá todopoderoso, destruir los sistemas que se apoyan sobre estos tres pilares, y promover el orden islámico del Profeta”.
 
La realidad es que la República Islámica de Irán se funda sobre los principios establecidos por el ayatolá Jomeini. Debe su influencia y su legitimidad a la práctica de esos principios, que obligan a poner fin a cualquier relación con Estados Unidos (también conocido en Irán como “el Gran Satán”) y con Israel a cualquier precio. En el momento en que el régimen iraní cambie cualquiera de estos principios fundamentales organizativos, dejará de poder definirse como “la República Islámica de Irán” fundada según los principios y los valores del ayatolá Jomeini. Además, reanudar las relaciones con Israel y Estados Unidos significaría que el régimen iraní deja de poder valerse de la política como viene valiéndose las tres últimas décadas — ostentando el poder a base de aplastar y tachar cualquier disidencia interna al régimen de conspiración norteamericana o israelí. Posicionarse en contra de Israel y de Estados Unidos también ayuda al clero a desviar la atención de la crisis económica en la que se encuentra el país.
 
Por otra parte, en Irán, el programa nuclear viene siendo desde hace tiempo un consenso a lo largo del espectro político iraní, tanto para los moderados como para los ultraortodoxos. Ser potencia nuclear es cuestión de supervivencia para los clérigos en el poder. No soportaron cuatro rondas de sanciones y décadas de aislamiento sólo para acabar renunciando a su programa nuclear. Según su punto de vista, disponer de capacidad nuclear no sólo sustenta sus ambiciones hegemónicas regionales sino que también garantiza su permanencia en el poder.
 
El problema reside en que el régimen iraní se considera un país moderno que respeta las normas y los estándares internacionales desarrollados durante el último siglo por Occidente. Va siendo hora de examinar detenidamente los principios fundamentales y la estructura política del clero del régimen.
 


Majid Rafizadeh preside el International American Council on the Middle East y forma parte de la junta editorial del Harvard International Review.

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