España va a sufrir en los próximos meses un profundo proceso de revisión que combinará eternas sesiones de diván parlamentario con mucho pacto opaco y bastante enjuague periférico. Este segundo acto de la función de la rendición preventiva que se anuncia, contará con un reparto variopinto donde oportunistas y demás trileros de lo nacional buscarán acuerdos con el inmaculado Gato de Alicia. Mientras tanto, ya hemos presenciado el primer acto de la rendición preventiva.
Jorge Moragas
España ha sido hasta hace muy poco una referencia internacional de prosperidad,
modernidad y responsabilidad. No es este un mérito atribuible en exclusiva a un
solo partido político ya que en los últimos años que precedieron a la primera
victoria de José María Aznar, España ya era reconocida en el mundo como una
nación rejuvenecida que apuntaba buenas maneras. Sin embargo, fue en los últimos
ocho años cuando nuestro país dio un salto no exento de riesgos para reclamar
con argumentos, resultados y compromisos tangibles un lugar en el exclusivo
grupo de las naciones que nunca llegan tarde a las grandes citas históricas.
Muchos de los españoles que sólo recordamos de Franco la semana de vacaciones
que nos dieron en el colegio, hemos crecido con una conciencia nacional algo
torpe porque nuestro país había llegado tarde a todo y porque la dictadura había
atrofiado la conciencia nacional con su apropiación indebida de todos los
símbolos nacionales. Nos sentíamos europeos pero sufríamos la sensación de que
la historia nos había orillado.
Los americanos y la libertad que
sembraron en Europa pasaron de largo y a nosotros nos tocó nacer y vivir en un
viejo país ineficiente, algo así como España entre dos guerras civiles que diría
Gil de Biedma. A los españoles de mi generación nos tocó vivir esa segunda
guerra civil de las palabras y los rencores que la izquierda gobernante sigue
estirando como un viejo chicle desabrido. Pero España salió adelante. En los
últimos años ese esfuerzo se convirtió en una determinación muy clara para
explicarle al mundo que España renunciaba al carácter efímero de todo país de
moda, es decir, España estaba dispuesta a asumir riesgos y responsabilidades en
el mundo libre. Luego pasaron muchas cosas, errores y aciertos hasta que un once
de marzo nuestro país fue cobardemente atacado. La democracia española fue
violada y el autor del estupro sigue libre, es más, muchos no quieren que
conozcamos el nombre de nuestro enemigo. Esta es la paz perpetua de los
cementerios.
Pero volvamos al tajo inmediato y recordemos que nunca es
aconsejable hacerse trampas en el solitario. La imagen exterior de la España de
hoy es como una de esas putas tristes que dan título a la última y senil entrega
de García Márquez. Pero no nos engañemos, la descapitalización de la política
exterior española actual nos entristece sólo a una minoría del hemiciclo en
donde reside la soberanía popular. La mayoría parlamentaria de izquierdas
cabalga a horcajadas sobre un programa político de borrón y cuenta nueva dictado
por aquellos que ven en la debilidad del gato Zapatero una irrepetible ventana
de oportunidad para constituir un nuevo Estado gaseoso. Y en esa tarea de tabla
rasa que se han encomendado, qué mejor que comenzar por descoser las costuras
que nos daban forma y presencia en el mundo.
Muchas gentes de la
izquierda no son conscientes de esta estrategia de renuncia, y no lo son
seguramente porque albergan la ingenua creencia de que la diplomacia
internacional es sólo un arte de gente bien educada en donde la sonrisa vale
tanto como la inteligencia. Esa visión algo cateta de la política internacional
es la que el actual Gobierno intenta inocular a una sociedad española que desea
la paz, ama la libertad y cree en la democracia. La política exterior es un
campo de batalla en el que los actores ganan cuando defienden sus intereses con
más coraje e inteligencia que el adversario. Ahí fuera no existe el vacío de
poder y pese a la retórica del lenguaje diplomático, ahí fuera no hay amigos
sino aliados e intereses que defender. Los Estados serios no renuncian a sus
intereses por la amistad. Lo siento, pero como dicen los viejos políticos, quien
quiera un amigo que se compre un perro.
Cuando uno cede una posición la
acostumbra a perder para siempre. En el tablero internacional, el precedente
pesa igual que lo hace una carta en la mesa de una partida seria. Se llame esa
carta Estados Unidos, Europa, Sahara, Cuba o Gibraltar. Y cuando se ceden muchas
manos lo que acostumbra a ocurrir es que a uno lo empiezan a reconocer por su
estilo de mal jugador. Y mientras nuestro Gobierno promueve la politización del
sueño con la paz perpetua y la alianza de las civilizaciones, sus aliados
parlamentarios y los nacionalistas que todavía no lo son, se frotan las manos al
comprobar cómo el prestigio de España se diluye como un azucarillo en la taza de
la que sólo beben las naciones poderosas del mundo, las naciones que no dudan
sobre su identidad y su fortaleza. Para esos mercaderes de identidades, esta
renuncia a la posición de España en el mundo es el prólogo ideal para la segunda
rendición preventiva, la nacional.
Que la sociedad española prefiere la
tranquilidad a la crispación nadie lo discute. Pero pensar que ese reclamo de
serenidad pueda convertirse en un salvoconducto para la narcosis colectiva es
confundir la inquietud de una sociedad perpleja ante un agrio debate político
con la voluntad de que desaparezca el mismo debate político. En aras de la
serenidad colectiva y de esa nueva contribución a la historia del pensamiento
político español que es el talante, no podemos dejar que se nos imponga con
calzador una nueva censura que impida el libre contraste de ideas y convierta en
excéntrica nuestra disidencia con la nueva realidad nacional.
A muchos
les gustaría proclamar con nuestra aquiescencia la nueva república multinacional
de lo políticamente correcto porque en esa nueva dictadura de terciopelo, muchos
hombres y mujeres libres seríamos condenados a deambular como radicales en la
periferia del poder de un nuevo estado postmoderno. La generación de los que
nacimos en los sesenta o más tarde y nos situamos en el centro político abierto
a la derecha democrática y liberal, tenemos ahora un deber antipático si
queremos impedir el empobrecimiento intelectual y sentimental de nuestro país.
Podríamos tener la tentación de adaptar nuestras ideas y principios a la
humana necesidad de no sentirnos excluidos de esa nueva mayoría socialista y
nacionalista que dice representar a la España joven. Si nos dejamos envolver por
ese almibarado complejo estaremos practicando la rendición preventiva en nuestra
propia casa. Por eso los hijos de ese baby boom tenemos hoy el deber de utilizar
nuestra imaginación y nuestra fuerza para generar una ilusión y un nuevo campo
magnético en torno a un ideal liberal y a una idea de España que sigue más
vigente que nunca. Por lo menos deberíamos intentarlo, ¿o no?
Jorge
Moragas es Diplomático y Diputado del PP. Fuente: GEES
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