Política

Europa y América: ¿Dos modelos o dos expresiones de un mismo modelo?

Las diferencias entre el individualismo norteamericano y las actitudes prevalecientes en Europa brillantemente observadas por Alexis de Tocqueville, parecen mantenerse en nuestros días.


Existe en los norteamericanos blancos un especial orgullo étnico. Esa curiosa
emoción suele ser poderosa entre los que descienden de los irlandeses o los
italianos, inmigrantes del siglo XIX, y entre los anglo-holandeses que, junto a
los alemanes, echaron las bases de las trece colonias originales en los siglos
XVII y XVIII.

Al contrario de lo que sucede en América Latina donde se
percibe una permanente ambigüedad sobre la propia identidad―, la mayor parte de
los norteamericanos blancos no tiene duda alguna sobre su nítida filiación
europea. Si no fuera “políticamente incorrecto”, esos estadounidenses podrían
denominarse “euroamericanos”, de la misma manera que la minoría negra ha dado en
llamarse “afroamericana”.

No obstante esa orgullosa identificación, los
norteamericanos blancos, a lo largo de su historia construyeron un negativo
estereotipo de Europa basado en el rechazo a las decadentes monarquías del Viejo
Mundo, a la ociosa actitud que le atribuían a la clase aristocrática, y a las
caóticas y corruptas naciones latinas católicas colocadas bajo la pecadora
autoridad papal.

En cierta forma, los norteamericanos se percibían como
los progresistas embajadores de una modernidad sin ataduras, moralmente
superiores, mientras veían a sus ancestros como los representantes de un pasado
que habían logrado superar. Al contrario de los latinoamericanos, ellos no
negaban a Europa: ellos eran la Europa que triunfaba porque habían construido
unas relaciones de poder que no estaban basadas en las arbitrariedades de la
clase dirigente, sino en las reglas escritas de una constitución justa concebida
por y para los ciudadanos.

En consecuencia, los “padres fundadores” ―la
generación de Washington, Jefferson, Madison y Hamilton―, muy influidos por las
ideas de Locke, construyeron, una república cuyo principal objetivo era
preservar los derechos de los individuos frente a los atropellos del Estado. Y,
aunque en los papeles fundacionales se proclamaba que todos las personas eran
iguales y, por lo tanto, tenían los mismos derechos ―por lo menos las
clasificadas como blancas―, el propósito no era propiciar una igualitaria
distribución de la riqueza, sino crear las condiciones para que cada individuo
pudiera dedicarse a la búsqueda de la felicidad personal de acuerdo con sus
particulares valores e intereses.

Por otra parte, era frecuente que la
noción de éxito o fracaso se dedujera del desempeño económico personal, algo
predecible en una sociedad que había hecho un culto del trabajo y el comercio,
muy en línea con la vertiente teológica calvinista, y muy en contra de la
tradición católica, siempre crítica y desconfiada ante la posesión y disfrute de
bienes materiales. Con el tiempo, esa actitud y esos valores en Estados Unidos
cristalizaron en una calificación denigratoria de quien no triunfaba en el
terreno económico: el loser.

El loser, el perdedor, el fracasado, era
quien no lograba triunfar. Nótese que no se buscan paliativos ni chivos
expiatorios: el individuo podía y debía buscar su felicidad, palabra casi
siempre sinónima de prosperidad. Si no la encontraba, esa era su particular
responsabilidad, de nadie más, y ni siquiera le era dable excederse en sus
lamentaciones, porque la autocompasión, el self-pity, tampoco era un
comportamiento apreciado por la sociedad norteamericana. Por el contrario, lo
que despertaba la admiración era el self-made man, la persona que con su propio
esfuerzo se abría paso hasta la cúpula.

En Europa y en América Latina
esa ética del trabajo y de la responsabilidad individual que prevalecía entre
los norteamericanos, a su vez fue dando paso a la creación de un estereotipo en
el que se mezclaban la admiración por los logros materiales con cierto desprecio
por la forma de alcanzarlos. De acuerdo con esa imagen popular, los
estadounidenses eran prácticos y creativos, pero también eran simplones,
groseramente materialistas y poco dados a cultivar las cosas del espíritu. Donde
primero se reflejaron esos prejuicios fue en Ariel, un ensayo del uruguayo José
Enrique Rodó que pronto se convirtió en el primer bestseller continental de la
literatura latinoamericana y en el primer discurso antiamericano coherente que
tuvo la izquierda en esa zona del mundo. La derecha totalitaria europea, sin
embargo, llegó a conclusiones parecidas a las de la izquierda sobre la
naturaleza de los norteamericanos. Se le debe a Adolfo Hitler el siguiente
juicio sobre Estados Unidos: “No veo mucho futuro para los americanos. Es un
país decadente y tienen problemas raciales y problemas de falta de equidad
social. Mis sentimientos en contra del americanismo son de desprecio y de una
profunda repugnancia. Cómo nadie puede esperar que un Estado como ése permanezca
cohesionado. Un país en el que todo está fundamentado en el dólar”.
Individualismo y sociedad Las diferencias entre el individualismo norteamericano
y las actitudes prevalecientes en Europa en el siglo XIX, brillantemente
observadas por Alexis de Tocqueville, parecen mantenerse en nuestros días. De
acuerdo con un estudio de The Pew Global Attitudes Project, citado por Armando
González en The Miami Herald de junio 27 de este año, cuando se les pregunta a
personas de Estados Unidos y Europa occidental si “el éxito en la vida depende
en gran medida de fuerzas ajenas a nuestro control”, sólo el 32 por ciento de
los estadounidenses está de acuerdo, lo que quiere decir que dos tercios de los
norteamericanos continúan rechazando las interferencias del Estado y prefieren
desarrollar sus actividades y solucionar sus conflictos en el ámbito privado.
Pero cuando los europeos evalúan esa misma frase las reacciones son diferentes.
El 48 por ciento de los británicos, el 54 de los franceses, el 66 de los
italianos y el 68 de los alemanes depositan el logro del éxito personal en
factores ajenos a ellos mismos. Pero hay más: cuando la encuesta se propone
establecer la prioridad de la libertad individual o de la justicia social
garantizada por el Estado en la tabla de valores de norteamericanos y europeos,
vuelve a manifestarse la diferencia: para el 58 por ciento de los
estadounidenses es más importante la libertad individual sin interferencias,
pero sólo concuerdan con ellos el 39 por ciento de los alemanes, el 36 de los
franceses, el 33 de los británicos y el 24 de los italianos. Como señala
González en el citado artículo, no es de extrañar que esas divergencias se
manifiesten en política exterior. El individualismo norteamericano acaba por
expresarse colectivamente en una clara tendencia al unilateralismo, al tiempo
que los europeos encuentran más aceptables las actuaciones conjuntas y
consensuadas. Mientras Estados Unidos no parece dispuesto a aceptar la
legitimidad de los tribunales penales internacionales, los europeos se pliegan a
ellos sin dificultades. Las consecuencias económicas de las diferencias Es
totalmente lógico que estas diferencias culturales entre europeos y
norteamericanos tengan también una clara expresión económica. Una sociedad como
la estadounidense, que valora más la libertad individual que la seguridad
garantizada por el Estado, pondrá menos énfasis en imponer leyes o reglas que
dificulten el despido de los trabajadores, y esperará una mayor cuota de
participación de la sociedad civil en la creación o administración de los
servicios sanitarios. Más aún, esa sociedad, fundada en la desconfianza en la
labor colectiva del Estado, pero persuadida de las virtudes de la empresa
privada y del empuje individual, tenía que conectar muy bien con Ronald Reagan,
cuando a principios de la década de los ochenta llegó a la presidencia
asegurando que “el gobierno no constituía la solución sino el problema”,
diagnóstico que se traduciría en menos impuestos, privatizaciones de actividades
que antes se realizaban en el sector público, y una drástica disminución de las
regulaciones, con el objeto de entregarle a la sociedad civil casi todo el
protagonismo en la creación de riquezas, y a las fuerzas del mercado la función
de asignar esas riquezas con la mayor libertad posible. Las recetas de Reagan,
objetivamente, fueron eficaces. En poco tiempo Estados Unidos consiguió remontar
la crisis de los años setenta, cuando la inflación alcanzó el veinte por ciento
y el desempleo se acercó al diez. Se crearon millones de puestos de trabajo,
aumentó la recaudación fiscal como resultado del crecimiento económico, y la
productividad del país se disparó de forma prodigiosa. Tras Reagan, George Bush
padre y Bill Clinton no se apartaron sustancialmente del reaganismo, y los
resultados siguieron siendo espectaculares. Hoy Estados Unidos exhibe el per
cápita más alto entre las grandes naciones, la mayor productividad y el menor
índice de desempleo. En Europa, en cambio, el crecimiento y el desarrollo no
tuvieron un desempeño tan brillante, salvo en países como Inglaterra o Irlanda
que se alejaron parcialmente del viejo modelo estatista y, con matices, se
acercaron al modo norteamericano de conducir su economía. En cualquier caso, en
todas las naciones desarrolladas de Europa se hizo evidente la necesidad de
reducir el peso y las funciones del Estado, incluidos los países escandinavos en
los que el llamado Estado de Bienestar había alcanzado el más alto nivel de
éxito y aceptación. En general, las naciones que hicieron ciertas reformas en
dirección del modelo norteamericano, como Holanda y Dinamarca, mejoraron su
desempeño económico. Europa contra Estados Unidos Nada de esto, naturalmente, ha
ocurrido sin consecuencias. El relativo dinamismo económico norteamericano,
contrastado con el más lento desarrollo de los europeos, ha provocado un
apasionado debate un tanto absurdo, casi siempre dominado por los prejuicios
ideológicos y por las viejas caracterizaciones subjetivas: en Estados Unidos,
supuestamente, reina un mercado ruin y sin corazón que excluye a los marginados,
mientras en Europa prevalece una cálida e inclusiva preocupación por el ser
humano. O sea, la versión moderna del Calibán y el Ariel descritos por Rodó a
principios del siglo XX. Lo lamentable de esta dicotomía es que parte de un
falso antagonismo. Enfrentar a Estados Unidos y Europa carece de sentido.
Estados Unidos y Europa forman parte de un mismo espacio cultural y económico
que hunde sus raíces en el mismo origen helénico y judeocristiano. Es cierto que
existen matices entre la Vieja Europa y la Europa trasatlántica, pero eso
también es cierto dentro de la propia Europa, donde seguramente Inglaterra,
Irlanda y Holanda se acercan más a la visión norteamericana que a la de España e
Italia, dos de los países más dominados por la tradición estatista, pese a no
ser en ellos donde el Estado de Bienestar ha dado sus mejores frutos. Incluso
más: dentro de muchas de las naciones europeas la manera en que se articulan los
valores con relación al individuo y al Estado no es uniforme. Posiblemente, la
distancia que en estos temas separa a los italianos del norte de los del sur es
mayor que la que los separa de las percepciones de los norteamericanos.
¿Adversarios o aliados? A estas diferencias, numerosos europeos agregan una
errónea concepción hostil en el terreno de la competencia económica. Son quienes
piensan que el ALCA ―ese mercado común que Estados Unidos con gran dificultad
intenta forjar en aquel hemisferio― es una operación antieuropea, o los que
conciben el euro como un instrumento de lucha contra el dólar. La verdad es que
Europa se beneficiaría claramente de la existencia al otro lado del Atlántico de
un gran mercado que abarcara desde Canadá hasta Argentina. ¿Cómo puede
perjudicarle a un fabricante de automóviles italiano o a un banquero español la
existencia de un mercado abierto en el que sea posible instalar una planta o una
sucursal en Buenos Aires y operar hasta Ottawa? ¿No ha sido evidente que los
empresarios norteamericanos, en general, perciben a la Unión Europea y al euro
como una manera más sencilla, segura, económica, eficiente y práctica de
realizar transacciones comerciales y financieras? En un mundo globalizado, a
todos nos conviene el triunfo del otro y nos perjudica su fracaso. ¿Quién se
beneficia del estancamiento económico de Japón? ¿Qué sucede en Europa cuando la
economía norteamericana entra en una fase recesiva o viceversa? Tampoco parece
perjudicial que existan diferencias entre los quehaceres público y privado de
Estados Unidos y Europa. Esa diversidad, esa sana e indirecta competencia, es
muy conveniente para mejorar el desempeño económico privado y las políticas
públicas a ambos lados del Atlántico. Probablemente Estados Unidos tiene mucho
que aprender del sistema sanitario danés o francés, o de las técnicas
pedagógicas finlandesas, de la misma manera que en la segunda mitad del siglo
XIX copiaron la organización de las universidades alemanes con bastante
provecho. Por su parte, Europa se puede beneficiar del ejemplo fiscal
norteamericano o de sus menores regulaciones comerciales, como ha hecho Irlanda,
cuya economía es la de mayor crecimiento de la Unión Europea por su apertura al
mercado, sus normas de contratación, su libertad de comercio y su baja tasa de
impuestos. Una parte importante del éxito del espacio cultural occidental es,
precisamente, la variedad. Tenemos la tendencia a pensar que el colapso del
modelo comunista se debió a la competencia con Occidente en todos los campos,
incluida la incosteable industria bélica, pero nos olvidamos de que la mayor
debilidad del llamado socialismo real provenía de la pobreza de un sistema único
de producir y de una fuente también exclusiva de dictar políticas públicas
encharcadas en los sofismas de la burocracia del Partido Comunista. No hay nada
equivocado o perverso en que los norteamericanos maticen sus quehaceres públicos
y privados de acuerdo con los valores prevalecientes en esa sociedad, mientras
los europeos ensayan modos parcialmente diferentes de organizar la convivencia y
la producción de bienes y servicios. Lo verdaderamente importante es mantener
los canales de comunicación abiertos para que la experiencia vaya perfeccionando
a nuestras sociedades a ambos lados del Atlántico. Es así, a veces imitando los
mejores ejemplos, a veces innovando sobre experiencias anteriores, como
Occidente se fue convirtiendo en el espacio cultural más exitoso de que se tiene
memoria. No es inteligente ni sensato cuando políticos como Chirac acuden a
Brasil y demagógicamente invocan las mutuas raíces latinas para tratar de
enfrentar a los brasileros con los norteamericanos anglosajones, como si los
brasileros no pudieran tener las más estrechas relaciones comerciales con ambos
como, por ejemplo, han hecho los chilenos, quienes sabiamente han firmado
convenios con unos y otros, convencidos de que no hay que escoger entre Europa y
Estados Unidos, sino vincularse firmemente con los dos y con Japón y otros
exitosos pueblos asiáticos. Hay que huir como del demonio de esa visión
adversaria entre Estados Unidos y Europa que algunos cultivan. Si el mundo tiene
hoy una esperanza real de encaminarse colectivamente hacia la democracia y la
prosperidad, es porque desde hace 60 años, desde el término de la Segunda
Guerra, existe una clara alianza entre casi todas las naciones de Occidente.
Poner en peligro esos nexos es el peor servicio que se puede prestar a la
humanidad, y muy especialmente a sus segmentos más pobres y atrasados.

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