Cuando Francis Fukuyama habló de “fin de la historia” pocos lo entendieron, la mayoría porque no lo había leído.
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Domingo, 10 de mayo 2026

Cuando Francis Fukuyama habló de “fin de la historia” pocos lo entendieron, la mayoría porque no lo había leído.
EDITORIAL
Así todo hablaban y lo criticaban despiadadamente. Fukuyama decía simplemente que, luego de la caída del Muro, quedaban dos alternativas para elegir entre modelo de sociedad: el imperio de la ley, la democracia, la soberanía popular y el respeto a los derechos individuales, o recurrir a un gobierno autoritario, que podría ser bien de orientación socialista o basado en un populismo nacionalista.
Su percepción fue muy pertinente y puede decirse que muchas sociedades transitaron ese sendero intentando realizar reformas liberales para luego caer en el populismo más abyecto. Es el caso latinoamericano, con excepciones, donde a Fukuyama le resulta muy curioso que constantemente haya esfuerzos en esos países por redactar nuevas constituciones, como si el espíritu de la ley viniera por añadidura.
A pesar de los años el pensamiento de Fukuyama no ha perdido vigencia y vale releer “Trust. Virtudes sociales y creación de riqueza”, (1995) en el que examinó diversas culturas nacionales para descubrir los elementos que las convierten en más o menos prósperas. Lo mismo sucede con “The Great Disruption” -La gran ruptura-, en el que explora la naturaleza humana y las causas de las rupturas que cíclicamente se producen en la sociedad. Sus conclusiones son que América Latina se encuentra en una encrucijada crucial con desarrollos perturbadores en las políticas de países como Ecuador, Perú y Venezuela que se deben a que las ideas reinantes de la legitimidad obviamente han cambiado muchísimo en la última generación.
El socialismo ha cobrado nuevamente vigencia para muchos a pesar de su fracaso estrepitoso en otras latitudes. Por eso, más que nunca, Fukuyama recomienda construir instituciones políticas y económicas correctas y focalizar el Estado sobre sus funciones apropiadas, sacarlo del negocio de manejar siderúrgicas, y orientarlo hacia los bienes públicos, la protección de los derechos incluyendo el de la propiedad, educación, salud y mantenimiento del estado de derecho que solamente el gobierno y el Estado puede ofrecer. Que este autor haya sido demonizado por decir una verdad tan meridiana es un misterio que se nos escapa.
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