Política

Guerra de Irak: EEUU debe obviar la doctrina Carter

Seguridad

 


Según los principios de la Doctrina Bush, la administración Bush tiene uno, y solamente un objetivo legítimo a buscar en Irak: tiene que hacer que Irak sea una fuente mucho menos probable de terror catastrófico contra Estados Unidos de lo que lo era antes de invadirlo, y tiene que orientarse hacia crear un gobierno que también sea una futura fuente mucho menos catastrófica de tal terror.


 


La fase inicial de la guerra de Irak se dirigió en gran medida a lograr este objetivo. Pero recientemente comienza a parecer como si nuestra presencia en Irak pudiera estar minando inadvertidamente este objetivo primordial — no a pesar de nuestras mejores intenciones, no obstante, sino a causa de ellas. O, por expresar mis temores del modo más brutal, temo que la administración pueda estar explorando una política que llamaré neo-Carterismo, en honor al presidente que representó mejor un credo gratuito de la eficacia de las buenas intenciones.


 


El neo-Carterismo es la insistencia inocente de que la construcción de una nación no tiene que dirigirse simplemente a la democracia a largo plazo, sino que tiene que tener lugar democráticamente desde el mismo principio; con la creencia adjunta de que cualquier estabilidad que se logre mediante medios no democráticos es ilegítima y debería ser combatida con uñas y dientes. El neo-Carterismo, en suma, se salta el hecho de que todas las sociedades sin excepción, incluyendo la nuestra, han exigido históricamente un hombre fuerte para dar ese primer paso crítico de la anarquía a la estabilidad. Cuando intentas construir una sociedad de cero, es imposible hacerlo sin los servicios de tal individuo — pero, ¿quién cuenta como hombre fuerte?


 


En primer lugar, un hombre fuerte no significa necesariamente brutalmente autoritario: tanto Washington como Jefferson, según la definición, serían hombres fuertes a causa de su habilidad para hacer que enormes segmentos de la población les obedezcan con fe, incluso cuando los hombres que obedecen nunca han tenido un encuentro cara a cara con ellos. Un hombre fuerte, en este sentido, es simplemente el hombre al que el resto de la sociedad está dispuesta a obedecer, y no simplemente el hombre al que, a través del texto de la constitución de la sociedad, se supone que han de obedecer.


 


En segundo lugar, un hombre fuerte, al tiempo que está dispuesto a tener en cuenta las ideas de otras personas, también tiene que reconocer cuando ha terminado el tiempo del debate y la discusión. Es el hombre que, al margen de su título o su posición en una tabla, se sienta donde acaba el debate y está dispuesto a tomar las decisiones difíciles y duras que llegan a la persona que se sienta allí, decisiones que no son fáciles, y lo que es peor, decisiones imposibles entre lo peor y lo aún peor que eso.


 


En tercer lugar, un hombre fuerte no sólo tiene que estar preparado para dar tales órdenes, sino que la gente a la que las da también tiene que estar preparada para obedecerle, y hacerlo sin un momento de reflexión, tan automáticamente como el impulso que viaja en nuestro cerebro a través del sistema nervioso para levantar nuestro brazo izquierdo.


 


Pero en cuarto lugar, y quizá lo más importante, un hombre fuerte tiene que ser capaz no sólo de contar con el apoyo de sus seguidores a la hora de implementar sus órdenes, sino de contar con su disponibilidad a utilizar la fuerza vital y a forzar a que otra gente cumpla también estas órdenes.


 


El paso de la anarquía al orden


A menos que un hombre fuerte pueda forzar a otros a hacer su voluntad, el paso de anarquía a orden nunca podrá tener lugar. Una vez que se da este paso, no obstante, el piloto automático de la legitimidad toma el control. El paso de la anarquía al orden coincide con el establecimiento de “la legitimidad” donde la obediencia se hace posible sin el hombre fuerte. Entonces es posible por primera vez ocultar, y olvidar, la necesidad de la fuerza en la vida civil, tal como ha ocurrido tanto en la sociedad europea como en la americana contemporáneas. Pero primero alguien tiene que dar órdenes que nunca sean cuestionadas o debatidas, sino obedecidas simplemente. Si nosotros, o los franceses, o los ingleses fueran forzados a recrear la ecología civil de nuestro orden político de la nada, según los estándares del Presidente Carter, aún nos estaríamos dando de puñetazos en los clubs.


 


Un hombre fuerte en Irak, de hecho, puede no estar próximo. Después de todo, examínense simplemente las condiciones necesarias para su emersión. Tiene que ser capaz de inspirar la obediencia de bastante población como para crearse una base de poder — y el único modo en que puede hacerse esto es o bien haciendo que mucha gente confíe en ti, o bien haciendo que mucha gente te tenga mucho miedo. Pero si tal hombre llega a emerger, no apoyar su ascenso sería una demencia por nuestra parte, asumiendo que cumpla una prueba crítica.


 


La prueba simple



Nuestro criterio es simple: es aceptable cualquiera que se oponga a la fantasía de la ideología del islam radical, con su aprobación del terror catastrófico, cualquiera que pueda dar lugar a una campaña creíble y vigorosa para eliminar esta patología cultural de su nación. A cualquiera que no lo haga, lo derrocaremos — de una manera u otra. No importa nada más.


 


Nuestro objetivo en Irak no tiene que ser lograr la aprobación moral del Presidente Carter y sus muchos y significativos admiradores, sino sostener a la directiva de Irak inamovible frente a la venenosa fantasía ideológica que circula hoy por gran parte del mundo musulmán. Si no tenemos elección mejor, podemos aguantar a un dictador que explote a su pueblo, o que le niegue sus derechos civiles. Pero no podemos aguantar al más gallito, guiado por la fantasía de la ideología del islam radical.


 


Y, sobre todo, no podemos aguantar una democracia parlamentaria que sea demasiado débil como para luchar contra las fuerzas sin escrúpulos que emergerán en el momento en que las fuerzas americanas ya no estén presentes para combatirlas. Tales fuerzas siempre han emergido donde no hay hombre fuerte para disuadirlas; y emergerán de nuevo en un Irak tranquilo igual que emergieron de cada sociedad tranquila que ha intentado una democracia parlamentaria. Mientras podamos continuar matando guerrillas y terroristas, mientras continúe habiendo unos cuantos hombres dispuestos a utilizar actos sin contemplaciones contra sus opositores parlamentarios, acabarán ganando — y en el Irak de hoy y en el futuro próximo, hay pocas dudas de a qué representarán estos hombres.


 


Si Estados Unidos debe permanecer firme en Irak, que no sea por algo que tiene las probabilidades de éxito de una bola de nieve en el infierno — y la única forma de gobierno que puede funcionar allí ahora mismo y en el futuro próximo es el gobierno de un hombre fuerte. No porque los iraquíes sean subhumanos, sino por ser completamente humanos. Es decir, ellos, como nosotros, son inquietos y quieren imponer su voluntad sobre otros, e intentarán hacerlo hasta que sean forzados a detenerse por una autoridad central con el poder de desbordarles. Si esto suena a un retorno a la vieja estrategia de la Guerra Fría de conceder nuestro apoyo financiero y militar a regímenes autoritarios con tal de que jueguen según nuestras reglas, acertó. Eso es exactamente lo que estoy defendiendo.


 


Lecciones de la Guerra Fría



Una de las paradojas de la Guerra Fría es que, mientras tenía lugar, nadie supo ver la verdadera inteligencia tras la estrategia de respaldar a regímenes autoritarios como Corea del Sur en los años cincuenta o al Shah de Irán en los años sesenta. Esto se debe a que para casi todo el mundo en aquella época, el Comunismo era una parte natural de la vida; un logro sólido, y había llegado para quedarse. De hecho, no se quedó, sino que murió como el hula-hop; y de esta verdad inesperada, descubrimos que no lo podíamos haber logrado de otro modo: aprendimos lo difícil que es reparar una sociedad que ha estado dando tumbos en una total fantasía — la fantasía, en el caso de la URSS, era que el socialismo podía producir una riqueza material y una calidad de vida netamente superiores a lo largo del tiempo que el capitalismo.


 


Llamar Comunismo a una teoría es fallar el tiro por completo. Funcionaba bastante como una fantasía; pero el problema con la fantasía, como he argumentado en otras partes, es que para que la fantasía funcione, tienes que empezar a tomar contacto con la realidad, arreglarla y darle forma para que encaje en las necesidades de tu fantasía; y tal proceso, cuando se lleva a cabo colectivamente década tras década, termina produciendo sociedades que ya no tienen el privilegio de simplemente empezar de cero otra vez, porque la idea, a la sazón, ha desaparecido del horizonte hace mucho. Tiene que empezar de mucho menos que cero — como ilustra la panda en el poder en los escombros de la antigua URSS.


 


El comunismo, en pocas palabras, demostró no ser simplemente una elección del estilo de vida, o una forma divergente de organización económica; era un retroceso colectivo de una cultura entera y la de-civilización de los individuos que tenían que operar en este mundo alucinatorio, teniendo ambas tendencias aún que recuperar décadas para sobreponerse, caso de que se puedan sobreponer alguna vez. No era simplemente que cualquier cosa era mejor que el Comunismo; era que el Comunismo era un callejón sin salida, donde el autoritarismo era una etapa que se desplazaba hacia un estilo de vida más próspero y más libre. Era como la adolescencia — difícil de atravesar, pero encaminada al menos en la dirección adecuada. Considérese la transición de la España de Franco a la democracia liberal moderna, así como el milagro de Corea del Sur, y muchos otros, y se verá esto de un golpe. Su historia previa de mandato autoritario, al final, no impidió la creación de una sociedad estable y libre; el comunismo, si no ha sentenciado tal transición, al menos la ha hecho más difícil de lo que se imaginó cualquiera al principio.


 


Los admiradores progres de Carter humillaban la distinción de Jeanne Kirkpartrick entre regímenes autoritarios y regímenes totalitarios; y durante aquella época, cuando realmente existían ambos regímenes, tenían motivo: dónde se encuentra la diferencia entre ellos no está claro. Después de todo, era fácil señalar los mismos actos de atrocidades cometidos contra individuos específicos en ambos tipos de regímenes, de modo que, igualmente sobrecogidos por la indignación de ambos actos, algunos de nosotros no nos detuvimos ante alguna evidencia exculpatoria en favor de un régimen u otro — aunque muchos otros lo hicieron, como Jeanne Kirkpatrick. Pero ninguno de nosotros creíamos excusa. Remontándonos a la perspectiva que nos permite ver la imagen general, descubrimos que la diferencia fundamental entre estos dos tipos de régimen nos es abrumadora.


 


Los sistemas totalitarios se basaban en la fantasía, y fracasaron; los sistemas autoritarios se basaban en la melancolía de la aceptación de la realidad, y funcionaban — en realidad funcionaban tan bien como para proporcionar su propia liquidación pacífica en diversos casos. Y hoy, esta misma diferencia es respaldada por la venganza. La fantasía ideológica del islam radical que agita actualmente el mundo musulmán es, si se permite que continúe, una fantasía que terminará teniendo el mismo tipo de resultado apocalíptico que todas las restantes ideologías fantásticas que florecieran durante el siglo pasado. Los hombres débiles y divididos no pueden esperar luchar contra ello, sólo pueden los hombres fuertes. No importa lo que hagamos en Irak hoy, antes o después será gobernado por un hombre fuerte. Tenemos que asegurarnos de que es alguien que nos es afín; y no alguien cuya popularidad ha crecido oponiéndose a nosotros y promoviendo las necesidades fantásticas de su pueblo. ¿Es esto garantía de seguridad? Después de todo, ¿no se supone que Saddam Hussein iba a ser exactamente este tipo de hombre fuerte?


 


Ambas cuestiones deberían hacernos pensar; pero en el peor de los casos, indican que existe un riesgo adjunto al caso del autoritarismo en Irak, igual que existe un riesgo adjunto a cada opción iraquí de posguerra que tenemos en nuestras manos. Pero aun así, la labor arriesgada siempre es preferible al descarte imposible — que es lo mejor que tiene para ofrecernos la política del neo-Carterismo en Irak.

Fuente: TechCentralStation

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