Pensamiento y Cultura, Política

Hacer que funcione la globalización

Existe en nuestros días un intenso debate sobre los beneficios y perjuicios de la globalización, así como sobre su origen y sobre el concepto mismo. Para algunos, es sinónimo de internacionalización y, por lo tanto, se trata de un fenómeno de larga data. Para otros, en cambio, es un proceso reciente (de los últimos 20 años del siglo XX), que consiste en la capacidad de ciertas actividades de funcionar como unidad en tiempo real a escala planetaria.

Daniel Zovatto
Existe en nuestros días un intenso debate sobre los beneficios y perjuicios de la globalización, así como sobre su origen y sobre el concepto mismo. Para algunos, es sinónimo de internacionalización y, por lo tanto, se trata de un fenómeno de larga data. Para otros, en cambio, es un proceso reciente (de los últimos 20 años del siglo XX), que consiste en la capacidad de ciertas actividades de funcionar como unidad en tiempo real a escala planetaria.

Según el sociólogo catalán Manuel Castells, cuya tesis suscribo, la globalización constituye un fenómeno nuevo basado en un sistema tecnológico de información, telecomunicaciones y transporte, que ha articulado a todo el planeta en una red de flujos en la que convergen funciones y unidades estratégicamente dominantes de todos los ámbitos de la actividad humana. Desde este punto de vista, la globalización representa la transición a una fase totalmente diferente de la historia capitalista, que él llama “la era de la información”, y que ha producido una transformación histórica multidimensional de los sistemas productivo, organizativo, cultural e institucional, sobre la base de una revolución tecnológica que, aunque no suponga la causa, sí resulta el soporte indispensable.

Pero además de este debate sobre el origen y significado de la globalización, existe otro de igual intensidad y complejidad sobre sus ventajas y perjuicios, y acerca de cómo insertarse en ella de manera exitosa. Un análisis mundial de sus efectos demuestra que sus beneficios (potenciales) no se han materializado en numerosas regiones del mundo, incluidos la gran mayoría de los países de América Latina, lo cual ha provocado un malestar progresivo. Sin embargo, como bien apunta Stiglitz, pese a que hay sobrados motivos para la disconformidad —generación de pobreza, desigualdad e inestabilidad—, lo cierto es que, bien manejada, la globalización puede convertirse en una fuerza benigna. Precisamente a este desafío estratégico deben dar respuesta los países, tal como lo acaba de plantear en su último libro: Making Globalization Work (2006).

Este debate, sobre todo sus beneficios y perjuicios, ha cobrado fuerte relevancia durante las últimas semanas tanto en el seno de la reunión anual del Foro de Davos así como en el de su contracara, el Foro Social, reunido este año en Nairobi, bajo el lema “Otro Mundo es Posible”. Por su parte, el Semanario The Economist acaba de dedicarle la portada al tema en uno de sus últimos números, bajo el titulo “Hombre Rico, Hombre Pobre: los ganadores y perdedores de la globalización”, haciendo referencia, precisamente, a las dos caras (como el dios Jano) que tiene precisamente la globalización.

Globalización y desigualdad

La creciente desigualdad, no sólo en los países en desarrollo sino también en los industrializados, es uno de los rasgos distintivos asociados con la globalización. Dos informes de 2005 demuestran los graves niveles de injusticia que aquejan al mundo globalizado de nuestros días: uno del Banco Mundial, “Equidad y desarrollo”, y otro de la ONU, “El dilema de la desigualdad”. El primero muestra que, mientras sólo 0.5% de los niños nacidos en Suecia muere antes de cumplir un año, los índices de Bolivia y Mozambique, respectivamente, son de 7.3 y 15%. Por otro lado, la relación entre el ingreso del 20% más rico de la población de países más desarrollados y el 20% más pobre de los más pobres pasó de 30 a 1 en 1960, a un diferencial de 60 a 1 en 1990, y de 74 a 1 en 1997 (PNUD, 1992 y 1999). Según la ONU, 80% del PIB mundial corresponde a los 1,100 millones de personas del mundo desarrollado. El PIB mundial de los 5,000 millones de habitantes de los países en desarrollo es, en cambio, de 20%. Y, según la revista Forbes, el ingreso de las 500 personas más ricas del mundo es mayor que el de los 416 millones más pobres del mundo (PNUD, 2005).

En efecto, la desigualdad se ha convertido en uno de los problemas más graves de nuestra época, con una tendencia progresiva en los últimos 25 años. Como advierte la ONU —y lo vemos en varias partes del mundo, incluidos Europa y Estados Unidos—: “El fracaso en enfrentar estas desigualdades hará que la justicia social y el mejoramiento de las condiciones de vida para todas las personas sean elusivas y que comunidades, países y regiones permanezcan vulnerables a la inestabilidad social, política y económica”. En sentido similar se pronuncia el BID al señalar: “Los conflictos distributivos que caracterizan a sociedades con altos niveles de desigualdad [como las latinoamericanas] al combinarse con sistemas políticos frágiles, llevan a instituciones públicas y sistemas legales débiles, a políticas ineficientes y a bajos niveles de inversión, particularmente en capital humano”.

Hacer funcionar la globalización

En mi opinión, la globalización es un hecho (nos guste o no) que llegó para quedarse, el cual, per se, no tiene un carácter ni bueno ni malo. El problema, por lo tanto, no es globalización sí o globalización no, sino como nos insertamos inteligente y estratégicamente en ella. Como bien apunta Stiglitz en su última obra arriba citada, la cuestión no es la globalización sino la forma en que se ejerce. La experiencia comparada prueba que, bien manejada, la globalización puede traducirse en hechos positivos. Para los países del sudeste asiático, por ejemplo —que la han adoptado con sus propias reglas y condiciones, y a su propio ritmo—, ha representado un beneficio gigantesco, como lo demuestran los casos de China e India. Pero en gran parte del resto del mundo en desarrollo, incluida América Latina, la globalización no funciona. En estos países la globalización no sólo no ha producido resultados adecuados sino graves perjuicios.

Éste es, precisamente, uno de los retos más importantes y urgentes de América Latina: trazar y poner en marcha una visión estratégica que, por un lado, apunte a un rediseño de la globalización —para hacer realidad su buen potencial— y a una reforma de las instituciones financieras internacionales y, por el otro, permita una inserción exitosa en el proceso.

El objetivo principal de esta estrategia pasa por reducir la pobreza y la desigualdad, sobre todo esta última (sin la cual la primera se vuelve mas difícil de vencer), sobre todo en una región como la nuestra, que posee el triste privilegio de exhibir los peores índices de desigualdad del mundo.

Y para el logro de estos objetivos, el camino a seguir —como bien advierte Stiglitz, y con el cual coincido plenamente— no es el capitalismo salvaje estadounidense, que genera “países ricos con gente pobre”, sino el modelo nórdico, donde tanto el gobierno como el sector privado trabajan de manera conjunta y sinérgica en busca de eficiencia. Bajo el modelo escandinavo “las inversiones en educación e investigación, junto con una red de seguridad social fuerte, pueden conducir a una economía más productiva y competitiva, con más seguridad y mejores estándares de vida para todos. Una red de seguridad sólida y una economía cercana al empleo pleno ofrece un contexto propicio para que todos los protagonistas —trabajadores, inversores y empresarios— se comprometan en correr los riesgos que las nuevas inversiones y firmas requieren”.

La publicación durante 2006 de diversos índices (de Corrupción: Transparencia internacional, de Competitividad: World Economic Forum; de Desarrollo Humano: PNUD; de Democracia: The Economist, para citar sólo unos pocos) ubica sistemáticamente a los países nórdicos en los primeros lugares a la hora de combinar democracia, economía de mercado y desarrollo.

La renovación democrática en América Latina de 11 presidentes (sobre un total de 18) durante los últimos 14 meses (noviembre de 2005 a diciembre de 2006), unida al buen clima económico que atraviesa la región (el mejor de los últimos 25 años) constituye una ventana de oportunidad que, bien aprovechada, puede deparar enormes beneficios no sólo a nivel macroeconómico sino al bolsillo de los ciudadanos y ciudadanas de carne y hueso. Por ello, en mi opinión, los lideres latinoamericanos deben seguir el consejo del historiador británico de la Universidad de Yale, Paul Kennedy, quien acaba de recomendarles “[…] en este escenario de globalización y cambios a nivel mundial […] deben preguntarse qué políticas exitosas pueden copiar de otras naciones de ingresos medios para garantizar a la gente […] un crecimiento económico sostenido con mejoras en el tejido social.

Para Kennedy, nuestra región “tiene la suerte de no estar en Medio Oriente ni en el sudeste asiático, donde las rivalidades se están volviendo cada vez más tensas. Y esta ventaja de seguridad geográfica [le] permite concentrarse en dos o tres cosas: en educación primaria y secundaria, como lo hizo Irlanda 25 años atrás, en infraestructura básica y en atraer al turismo mundial y las inversiones internacionales”. En otras palabras: apostar fuerte “en el capital humano”.

Como señala The Economist (“The World in 2007”), si bien hasta ahora la globalización ha probado su resistencia ello no implica, necesariamente, que seguirá así en el futuro. De ahí la importancia de hacerla funcionar correctamente en beneficio de la mayoría, ya que de lo contrario se volverá difícil mantenerla. La globalización —nos recuerda acertadamente Stiglitz— no es inevitable. En el pasado hubo derrotas y esas derrotas pueden repetirse.

Director Ejecutivo de IDEA para América Latina

Fuente: Nueva Mayoría (Argentina)

// OTROS TEMAS QUE TE PUEDEN INTERESAR

// EN PORTADA

// LO MÁS LEÍDO

// MÁS DEL AUTOR/A

Menú