Política

Hacia la normalización de las relaciones entre España y Marruecos

Todos los gobiernos desde la transición han venido declarando puntualmente que la relación con Marruecos es prioritaria para la política exterior española. Pero más allá de esta declaración retórica, el fluir de estas relaciones bilaterales se ha mostrado bien accidentado en los últimos años.

Laura Feliú
No basta con decir que España desea unas relaciones privilegiadas con Marruecos,
sino que deben concretarse sus contenidos y, más aún, establecer qué papel se
desea que desempeñe Marruecos en la propia política española. Mohamed VI así lo
expresaba en plena crisis bilateral en el 2002 cuando declaraba: “Esperamos que
España precise el tipo de relaciones que piensa establecer con Marruecos”.


Es cierto que en los años de gobierno socialista se supo sentar las
bases de una política exterior más consolidada con respecto a Marruecos, con una
institucionalización de las relaciones que se hizo visible tanto en el aumento
de las inversiones, los créditos, la cooperación, o la política cultural a
través de los Institutos Cervantes. Pero ello no ha impedido que las relaciones
con Marruecos hayan seguido siendo de las más conflictivas de las relaciones
“privilegiadas” de España, para alcanzar con el gobierno del PP sus cotas más
inusitadas; y que tanto por parte marroquí como española se llevaran a cabo
acciones inéditas en cuanto a su virulencia.

El colchón de intereses
creado por los gobiernos socialistas se pensó que sería capaz por si mismo de
frenar la conflictividad cíclica que ha aquejado tradicionalmente las relaciones
bilaterales. Pero esto no ha sido así. ¿Dónde deben buscarse las razones de este
fracaso? ¿Es posible que un cambio de gobierno pueda desbaratar el trabajo hecho
durante mucho tiempo? ¿Hay que concluir que la política hacia Marruecos no está
realmente asentada, ni consolidada, como lo han hecho algunos analistas? A mi
entender, la explicación a los altibajos de los últimos tiempos no debe buscarse
de forma prioritaria en el contenido de esta política, sino más bien en otros
sitios. El problema no deriva tanto de si los mecanismos para fortalecer las
relaciones bilaterales están suficientemente desarrollados. Seguramente, y es de
prever que así lo haga el nuevo gobierno socialista, se pueden y deben mejorar
estos mecanismos y trabajar para establecer el “partenariado estratégico” que
José Luis Rodríguez Zapatero anunciaba en su visita a Marruecos el pasado 24 de
abril.

Pero, tal y como se pudo comprobar durante la crisis de
2001-2002, las relaciones comerciales no se vieron por ejemplo especialmente
afectadas por la crisis, mostrando que se han sentado ya las bases para un
intercambio económico fluido; y en otros campos se recuperó con rapidez la
“normalidad”. La conflictividad cíclica de las relaciones bilaterales es
fomentada por una serie de factores de larga y compleja solución.

A
continuación desarrollo brevemente tres de los factores que a mi entender
subyacen bajo este desencuentro hispano-marroquí (independientemente de los
objetivos políticos de los gobernantes de los dos Estados durante la crisis y de
las modalidades de las técnicas utilizadas para su resolución), para
posteriormente permitirme apuntar algunas reflexiones sobre las políticas a
desarrollar en el futuro.

Una primera problemática tiene que ver con la
concepción sobre qué es Marruecos y qué representa para España. La crisis
bilateral va más allá de los humores de un gobierno, de un partido, o del
personalismo de una figura. La crisis mostró que un sector político y
socialmente bien instalado no cree en la importancia crucial de Marruecos para
España. Este sector percibe a Marruecos como un país subdesarrollado,
dependiente de España y del exterior, y de ello infiere que España no puede
verse afectada por lo que pase en un país de esa índole. La idea es que, pase lo
que pase, “Es Marruecos quien tiene más que perder”. De esta manera, el
presidente Aznar comentaba, poco después de desencadenarse la crisis con
Marruecos, que si bien este país es importante para España, “más importante es
aún España para el Reino de Marruecos”. Una opinión más extendida de lo que
dejan entrever las declaraciones oficiales.

Muchos factores históricos
influyen sin duda en esta visión, que se ha visto reforzada por la creciente
economización de la política exterior experimentada en los últimos años, y que
incluso parecía apuntar hacia una reestructuración de las prioridades en el
Magreb durante el gobierno del Partido Popular. La construcción de una relación
de privilegio no sólo depende de la intensidad de unas relaciones o de otorgar
un espacio determinado a Marruecos en muchos ámbitos, sino que implica también
un cambio más profundo en la concepción del “otro” y de donde está situado uno
mismo.

Una segunda problemática es la imbricación creciente entre
política interna y política exterior, que tiene implicaciones especialmente
importantes para las relaciones con Marruecos. Marruecos fue (aunque ya casi lo
hemos olvidado), es, y seguramente lo será cada vez más, percibido en España
como un “asunto” interno. Esto plantea una serie de desafíos que fueron muy
evidentes en la etapa popular. La vinculación interior – exterior se ha visto
por ejemplo en las diversas campañas electorales en las que la cuestión
migratoria ha pasado a ser un tema importante en los programas.

En esta
cuestión Marruecos asume un papel de pantalla sobre la que se proyecta una
imagen de la inmigración que se convierte en la más visible de las migraciones
gracias a las pateras y a la mediatización permanente del fenómeno; al mismo
tiempo que se expande una imagen de esta emigración como la menos asimilable y
amable, imagen reforzada por algunas declaraciones oficiales y sobre todo
debates públicos en los que intervienen conocidos intelectuales. Los atentados
del 11 de marzo, cuya autoría debe atribuirse casi exclusivamente a militantes
marroquíes, suponen un aumento dramático de esta vinculación entre política
interna y exterior.

La lucha contra el terrorismo en el interior de
España implicará una mayor cooperación con Marruecos en el ámbito policial (y
ésta afectará seguramente a otros ámbitos de las relaciones bilaterales), pero
se convierte además en un asunto que debe tratarse no sólo con las autoridades
marroquíes, sino también con la sociedad española.

Este es un extracto
de la nota publicada originalmente por FRIDE.
Recomendamos la lectura completa del artículo aquí.

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