Malos tiempos para los torturadores y genocidas latinoamericanos. ¿Cuánto tiempo llevará cicatrizar las heridas que dejaron los años setenta?
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Miércoles, 18 de febrero 2026

Malos tiempos para los torturadores y genocidas latinoamericanos. ¿Cuánto tiempo llevará cicatrizar las heridas que dejaron los años setenta?
editorial
El Banco de Chile cerró ayer las cuentas de hijos, sobrinos y nietos del ex
dictador, Augusto Pinochet, por el escándalo de los fondos secretos del general
en EE.UU. Aunque no se dieron a conocer los motivos, es probable que el hecho se
produzca a raíz de una investigación del Senado norteamericano que reveló que el
ex dictador tuvo, desde 1994 hasta 2002, entre 4 y 8 millones de dólares en el
Banco Riggs de Washington y en otras sucursales de la misma entidad.
El
otro ex militar en problemas es el argentino Adolfo Scilingo, juzgado en España
por genocidio, tortura y terrorismo durante la dictadura militar que se inició
en 1976 y que acabó en 1983. Scilingo, quien está en huelga de hambre, enfrenta
cargos por arrojar al mar a personas vivas en los denominados “vuelos de la
muerte”.
Estos dos juicios nos hablan a las claras de cómo hay heridas en
América latina que todavía no han cicatrizado. El indicio más evidente de esta
cuestión es que estos dos hombres apenas son meras excusas, simples chivos
expiatorios que serán condenados sólo por una parte ínfima de sus crímenes. No
actuaron solos pero sus cómplices y colaboradores siguen libres. Tampoco son los
derechos humanos los que están en juego: de ser así, los jueces podrían seguir
con Fidel Castro pero sabemos que no será así.
Nuestra época respira un
aire retro, un aire setentista. Una sociedad que se arrepiente de su pasado
-supongamos salvando la distancia la Alemania post nazi- condena los crímenes y
encierra a quienes los cometieron. Da vuelta la hoja y vuelve a empezar. Y lo
hace en un lapso de tiempo prudencial, no casi treinta años después. La justicia
se debe aplicar dentro de un marco temporal razonable. En Argentina y en Chile,
por diferentes razones, no se quiso hacer.
Cuando se pudo hacer, Raúl
Alfonsín se acobardó y firmó las leyes de Obediencia Debida y Punto Final que
causó que todos los autores materiales de los genocidios quedaran libres. En
Chile, Pinochet fue considerado el mal menor en vista de que había una
transición que debía llevarse a cabo. Ahora son sus víctimas quienes los llevan
a los juzgados – a quienes llamaban “subversivos”- los cuales, paradójicamente,
también mataban y secuestraban, aunque ese dato sea obviado por los jueces.
Los setenta fueron años de odio y muerte para los latinoamericanos. Pero
la hora de hacer justicia quizá ya haya pasado. No se puede seguir revisionando
el pasado continuamente. Porque, cuando se quieran acordar,
deberán embalsamarlos para poder verlos dentro de una celda.
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