Política

Juan Pablo II: El Papa que vino del Este

“Apenas una década más tarde caería el Muro de Berlín y con ella cual castillo de naipes tan oprobiosos, materialistas e hipócritas regímenes que bajo la égida del poder del pueblo reprimieron, intimidaron y acorralaron a una ciudadanía con el sólo propósito de perpetuarse en el poder”.

Ignacio Enrique Oberto F.
EL CARDENAL VENEZOLANO Rosalio José Castillo Lara, quien ejerció importantes
funciones dentro del Estado Vaticano, acierta al señalar que haría falta un
libro para describir al Papa Juan Pablo II como ser humano.

Sin embargo,
ciertas constantes se dan a través de la vida y de su legado pontificio, uno de
los más ricos y largos _27 años casi_ de la historia del papado: su incansable
peregrinar para globalizar y adaptar al hombre común el mensaje de la Iglesia y
el Cristianismo, a través de un acercamiento físico y espiritual entre todas las
razas y credos de la humanidad; su inquebrantable compromiso con los postulados
más primigenios de la fe cristiana, tal y como lo fue su permanente defensa por
la vida y la dignidad humana, que no en pocas ocasiones irritaron a quienes lo
tildaban de ultraconservador, por sus claras posiciones respecto a las
libertades, el divorcio, el aborto, la eutanasia, la homosexualidad y el control
de la natalidad por métodos artificiales; su profundidad doctrinaria e
intelectual, representada por numerosas reformas, encíclicas, documentos y otros
postulados, que serían difícilmente igualados en variedad, riqueza y
trascendencia en cualquier otro tiempo pasado o futuro; su claridad hacia la
solidaridad y la justicia social, así como la importancia del combate del mal
con el bien; su constante llamada a “no tener miedo y no resignarse”; su
decidido papel en aras de la restitución de las libertades, muy particularmente
en los países que detrás de la cortina de hierro se encontraban asfixiados por
el totalitarismo _de allí su indiscutible papel en la caída y fin del comunismo
de Europa Oriental_ y, finalmente, una jovial y sencilla manera de ser, que lo
conectaba directamente con las juventudes de todo el mundo, en quienes encendió,
una y otra vez, la llama del verdadero sentir cristiano, hicieron de él un
hombre de su tiempo.

AUN CUANDO ya lo advirtió monseñor José Luis
Azuaje, secretario general de la Conferencia Episcopal Venezolana: “No somos los
hombres los que dictamos las pautas dentro de la Iglesia, sino el Espíritu Santo
(…). Yo creo que el Espíritu Santo da en cada época a la persona indicada para
regir la Iglesia”, no deja de ser inquietante e insondable la pregunta sobre
quién sucederá a hombre tan extraordinario y singular como heredero de Pedro en
el trono papal. Para la inmensa mayoría de los cristianos, totalmente
identificados con el legado del Santo Padre, es motivo de reflexión y
preocupación la respuesta a esa pregunta.

LA TRASCENDENTE aseveración de
monseñor Azuaje quizá quede bien ilustrada en el solo hecho de que nadie podía
imaginar que aquel 16 de octubre de 1978 cuando se anunciaba el célebre Habemus
Papam y el mundo descubrió la joven figura venida del Este _58 años de edad_ del
cardenal polaco Karol Wojtyla, comenzaba la cuenta regresiva de la “toda
poderosa” falsa utopía comunista que aplastaba esa sociedad. Apenas una década
más tarde caería el Muro de Berlín y con ella cual castillo de naipes tan
oprobiosos, materialistas e hipócritas regímenes que bajo la égida del poder del
pueblo reprimieron, intimidaron y acorralaron a una ciudadanía con el sólo
propósito de perpetuarse en el poder. De allí que el debate, aunque simplista,
entre si heredará a Juan Pablo II un cardenal “conservador” o uno de lo que
algunos consideran como “liberales” no deje de tener una importancia cardinal
para toda la humanidad, aunque como católicos y cristianos tengamos la
convicción de quien quiera que lo suceda será el idóneo para el momento y las
circunstancias. En lo personal y seguramente desde mi humana pequeñez idealizo
la continuidad de su obra, al menos en lo formal.

En cualquier caso, tal
y como lo asevera el teólogo George Weigel, es menester comprender que el Papa
ha estado predicando a partir de la doctrina moral ya establecida por la Iglesia
Católica y ésta no va a cambiar. Fueron tiempos increíbles, cuando una acerada
espiritualidad tuvo que combinarse con un acertado manejo de los asuntos
políticos y terrenales. Donde el Papa compartió con otros grandes protagonistas
de la historia de la segunda mitad del siglo XX el fin del comunismo, aunque ya
en su juventud había luchado contra el nazismo _otro oprobioso totalitarismo,
así como el acercamiento entre credos religiosos. Hombres como Ronald Reagan,
Lech Walesa, Mijail Gorbachov, Shimon Peres, Dimitrios I (Patriarca Ortodoxo de
Constantinopla) y los millones de feligreses que personalmente conectaron con él
en su incansable peregrinar por el mundo (más de 120 países), estarán siempre e
indeleblemente relacionados con los tiempos y la obra de Juan Pablo II.


SUS ENCICLICAS, cartas apostólicas y documentos, tales como: Redemptor
hominis (sobre la dignidad del hombre); Laborem exercens (sobre el trabajo y el
sindicalismo); Slavorum Apostoli (sobre la libertad religiosa); Dominum et
vivificantem (sobre la defensa de la fe contra el materialismo); Mulieris
dignitaten (carta apostólica sobre la dignidad de la mujer); Centesimus annus
(sobre las cuestiones sociales); Veritatis splendor (sobre la reafirmación de la
posición de la Iglesia en cuestiones morales y éticas); Tertio Millennio
Adveniente (sobre las indicaciones para el Gran Jubileo del año 2000); Evagelium
vitae (sobre la condena del aborto y la eutanasia); Recordémoslo: una reflexión
sobre el Holocausto y su llamado a “no resignarse”, forman desde ya parte de la
historia.

QUE SU PRIMER VIAJE fuera de Italia _enero de 1979_ después de
asumir el papado, se hiciera a Latinoamérica (República Dominicana y México), no
deja de ser visionario: en primer lugar, porque este continente ha venido
quedando fuera del tren de la historia, toda vez que su población se sigue
sumergiendo en la pobreza, como nefasta consecuencia de un caudillismo,
militarismo, estatismo y populismo que ahora, 25 años después, pareciera venir
por los fueros bajo la promesa de una “renovada” utopía izquierdista. En segundo
lugar, porque era en este continente donde se libraba uno de los más feroces
ataques contra la estructura formal y la ortodoxia de la Iglesia, bajo el manto
de la llamada “teología de la liberación”, cuyos orígenes se remontan a Recife,
Brasil.

Tomaría años de trabajo, donde participaron hombres como el
cardenal colombiano Darío Castrillón Hoyos y preclaras visiones ortodoxas de
figuras como Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación de la Fe, para volver
a poner orden ante tanta violencia. Finalmente, la inmensa población católica
del continente, actualmente ha llevado a muchos a considerar como papales a tres
cardenales de la región frente a los pronósticos de cinco italianos y un
africano. Sin embargo, Dios tiene sus maneras y quizá, para sorpresa de todos,
cuando se vuelva a escuchar con regocijo el Habemus Papam tal vez no se trate de
latinoamericano alguno sino una vuelta a la tradición italiana, como señal de
que aún muchas cosas tienen que madurar en este “fantasioso” continente. En
cualquier caso, tal y como reza la versión oficial del Vaticano: “Sólo el
Espíritu Santo sabe quien será el próximo pontífice”.

EN CUANTO A
VENEZUELA, Juan Pablo II la privilegió con dos visitas, durante los gobiernos de
Jaime Lusinchi y Rafael Caldera II. Al margen de las simpatías o antipatías
personales que pudiesen despertar estas figuras políticas, no cabe duda alguna
que el Papa legó a estas tierras amor y un gran espíritu de solidaridad, tan
ausente por cierto en estos tiempos de divisiones, enconos y odios. La sucesión
de Juan Pablo II plantea muchas esperanzas e interrogantes para un pueblo como
el venezolano, literalmente dividido en dos mitades que lamentablemente van
apartándose la una de la otra, sumergida al menos una de ellas en una gran
incertidumbre y duda sobre el sentido de la vida bajo una supuesta utopía que
cada vez la acerca más al abismo de la desesperación. Para todos ellos y ante la
esperanza de una nueva era papal, vayan aquellos célebres llamados del Sumo
Pontífice: “¡No tengan miedo!”… “¡no se resignen!”.

Fuente:
El Universal – Venezuela

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