Política

La Argentina, Brasil y la ONU

Tan equivocado es sostener que la Argentina tiene una posición antibrasileña en relación con la eventual reforma del Consejo de Seguridad de la Organización de Naciones Unidas (ONU) como errado es pensar que Brasil expresa una ambición imperial en ese tema.

Juan Gabriel Tokatlian
 Buenos Aires y Brasilia, tal como sucede con la mayoría de los poderes
intermedios, regionales y grandes, tienen posturas disímiles en esta materia.
Ello es normal.

Después de la terminación de la Guerra Fría, se inició
un amplio debate político, institucional y académico en torno de la ampliación y
democratización del Consejo de Seguridad de la ONU. Al llegar al 50 aniversario
de la organización, en 1995, y en el marco de la fase más optimista posterior a
la Guerra Fría, no se logró un acuerdo sólido en cuanto a la actualización de
ese órgano, vital para la paz y la seguridad internacionales. De aquel momento
en adelante, se sucedieron más propuestas y nuevos informes, pero sin llegar a
un compromiso general de los estados.

En vísperas del 60 aniversario de
la ONU, ha resurgido el tópico de la reforma del Consejo de Seguridad. A pesar
de que la aprobación de esta reforma, en la cumbre mundial de septiembre de
2005, sea altamente improbable, se observan algunos consensos relativos y varios
disensos sustantivos. Por un lado, se entiende que es conveniente el incremento
de sus miembros dado que la última modificación ocurrió en 1963, cuando se
resolvió aumentar el número de miembros no permanentes de seis a diez
(preservando los cinco asientos permanentes que se establecieron en 1945).
Asimismo, parece claro que cualquier modificación no implicará el otorgamiento
del poder de veto a los eventuales nuevos miembros permanentes.

También
es evidente que, luego de varias proposiciones, las dos alternativas hoy
aceptadas son las que sintetizara el secretario general de la ONU, Kofi Annan,
en un reciente informe: a) seis nuevos miembros permanentes y tres nuevos
miembros no permanentes con asientos por dos años y b) nueve miembros no
permanentes, ocho de ellos ocupando asientos por cuatro años y de manera
renovable y uno no renovable por dos años.

De allí en más comienza la
disensión, que se produce en dos planos. Por una parte, los cinco miembros
permanentes tienen proyectos e intereses divergentes. Estados Unidos prefiere
que se den dos asientos permanentes a Japón (lo ha venido promoviendo
activamente) y a Alemania (lo ha manifestado, aunque menos enérgicamente después
de la posición de Berlín en torno de la guerra a Irak) y aceptaría tres asientos
para naciones menos industrializadas o periféricas. Rusia, estratégicamente
extraviada en los últimos tres lustros, no parece proponer fórmulas o candidatos
propios. China ha tratado de mostrarse dispuesto a que se incorporen más
miembros de la periferia, pero sin indicar explícitamente sus predilecciones.
Gran Bretaña y Francia no han querido proponer nombres, en buena medida por las
diferencias existentes en el seno de la Unión Europea.

Por otra parte,
los potenciales candidatos a un nuevo Consejo de Seguridad encuentran, de algún
modo, vetos cruzados. La aspiración de Japón no genera mucho respaldo en el
sudeste de Asia: en particular, China y las dos Coreas rechazan, con bastante
vehemencia, la hipotética llegada de Tokio al Consejo. La candidatura de
Alemania ha sido respondida por la postulación de Italia, quien, junto con
España y Canadá, no respalda un asiento permanente para Berlín. India y
Paquistán se oponen entre sí y tienen sugerencias muy distintas. En Africa, la
ambición de Nigeria de alcanzar una membresía permanente en el Consejo es
resistida por Sudáfrica y Egipto. En Medio Oriente, el grado de pugnacidad,
fragmentación y convulsión ha impedido que, como región, tenga postulantes
decisivos.

En ese contexto, es apenas natural que en América latina se
reproduzcan situaciones semejantes. Resulta claro que Brasil prefiere la primera
fórmula planteada por Kofi Annan y que la Argentina opta por la segunda. En
nuestra área, Brasilia ha sido más eficaz en obtener apoyos tácitos y conquistar
respaldos vocales. En esta última categoría se encuentra, por ejemplo,
Venezuela; paradójico referente de cierta ala progresista afín al gobierno de
Néstor Kirchner, que ha identificado en Caracas un aliado clave para
“contrabalancear” a Brasilia. Probablemente, una mezcla de ignorancia e
impericia explique esta posición de algunos sectores de centroizquierda.


La Argentina está acompañada por México en este tema, aunque Buenos
Aires ha sido mucho más asertiva en la materia. La coincidencia entre ambos en
torno del asunto del Consejo no implica que la Argentina deba redefinir su
proyección regional: América del Sur, más que América latina, debería ser
nuestro principal foco de despliegue tanto por razones prácticas –la gran
disminución de nuestras capacidades materiales, militares y simbólicas– como por
motivos estratégicos la significación de América del Sur para nuestros
principales intereses políticos, comerciales, militares y culturales.

La
posición de Buenos Aires en torno de la reforma del Consejo de Seguridad es
consecuente con su propia tradición y con su actual condición: la Argentina
siempre ha buscado un cierto grado de influencia en el sistema internacional y
ha ido perdiendo atributos de poder en las recientes tres décadas. Nuestra
postura es lógica desde el plano de nuestras aspiraciones y consonante con
nuestra situación actual. Lo equívoco es creer que se trata de una tesis
circunstancial y unilateral de carácter antibrasileño.

Brasil no es
nuestro rival; es nuestra mejor contraparte en el sendero de construir una
cultura de la amistad en el Cono Sur. Debemos fortalecer una sociedad
estratégica madura con acuerdos prioritarios y divergencias francas. En el tema
de la reforma del Consejo de Seguridad de la ONU no coincidimos; en otra amplia
gama de asuntos regionales y mundiales somos socios. De eso se trata, en
últimas, la creación de una asociación bilateral realista y vigorosa.


Fuente: La Nación –
Argentina

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