Siguiendo la huella de Robert Dahl y su concepto de poliarquía, Leonardo Avritzer sostiene que en Latinoamérica la democracia se liga a la formación de un espacio público en el cual los ciudadanos pueden participar como iguales.
Democracia
El libro de Leonardo Avritzer, Democracy and the Public Space in Latin
America, es un libro muy importante, que marcará un hito en los estudios de
la democratización de América Latina. Su autor, profesor de Ciencias Políticas
en la Universidade Federal de Minas Gerais en Brasil, indica que el libro
elabora una alternativa analítica a la teoría elitista de la democracia. Según
esta última, existiría democracia allí donde hubiere un juego político de
competición recurrente por el poder, estructurada a través de
elecciones.
Esta visión, identificada entre otros con Robert Dahl y su
concepto de poliarquía, es ampliamente aceptada en la politología, la sociología
y las relaciones internacionales como una teoría que es suficiente para
caracterizar a un sistema político como democrático. Dicha conceptuación,
centrada en el plano político, es ampliamente aceptada por los estudiosos de
América Latina, comenzando por Guillermo O´Donnell, Juan Linz, Phillip Schmitter
y Alfred Stepan, para nombrar sólo a algunos de los más renombrados, y
terminando por los formadores de opinión pública y la ciudadanía toda.
Los orígenes de tal definición –minimalista, en el sentido de remitirse
al criterio de selección de liderazgo político y elección de gobernantes– se
remontan a las postrimerías de la Primera Guerra Mundial y el período de
entreguerras en Europa, cuando movimientos de masas desarticularon los sistemas
políticos de la primera ola de democracia. Algo similar sucedió en el marco de
la Guerra Fría, cuando la violencia de izquierda y derecha desarticuló a muchos
sistemas políticos democráticos del Tercer Mundo, a través de una ola de
protestas, manifestaciones y participación de masas en la política, unida esta
vez a violencia guerrillera. El legado de dichas experiencias colectivas tuvo su
impacto político en la aceptación de teorías que, como la de Robert Dahl,
identificaron una serie de parámetros mínimos de democracia, lo que Avritzer
llama la teoría elitista de la democracia.
En contraposición a dicha
teoría, el autor sostiene que la experiencia latinoamericana de las últimas
décadas sugiere una visión más amplia, donde la democracia se liga a la
formación de un espacio público en el cual los ciudadanos pueden participar como
iguales y, donde a través de su discusión de proyectos políticos para la
sociedad, guían las decisiones de la esfera política. La teoría democrática
alternativa pone, pues, énfasis en las prácticas que toman cuerpo en la esfera
pública, en la cual tanto gobernantes como ciudadanos comunes se encuentran e
influyen mutuamente. Ello supone ver a la democracia como una serie de prácticas
sociales que buscan ser institucionalizadas, para así adquirir estabilidad y
permanencia.
Mientras que en la primera y segunda ola de democratización
predominaba una contradicción entre movilización e institucionalización,
Avritzer sostiene que en la tercera ola de democracia que estamos viviendo, la
democracia puede consolidarse a través de dicha movilización ciudadana. Sólo
así, dice, se podrán superar los resabios de autoritarismo que permanecen en el
centro de la esfera pública. En efecto, mientras que los movimientos surgidos en
el seno de la sociedad civil pudieron tomar el espacio público en la época de
transición democrática, una vez que los partidos políticos recobraron su
estatura y se posicionaron, movimientos como los de derechos humanos se
retrajeron y las viejas prácticas civiles autoritarias o clientelistas volvieron
a ser ampliamente usadas. Nuevamente se percibieron las tensiones entre
democracia formal y democracia como forma de organización social. Se restableció
el abismo entre principios proclamados y los mecanismos a través de las cuales
tales principios se llevan a la práctica, tal como identificamos con Mario
Sznajder en nuestros estudios sobre el legado de violaciones de derechos
humanos. Se reabrió la posibilidad de que las nuevas ideas y proyectos políticos
se incorporaran sin cambiar de fondo las prácticas, tal como Laurence Whitehead
ha indicado en un reciente ensayo sobre “América Latina como un mausoleo de
modernidades”. O bien, que se siguieran manejando “ideas fuera de lugar,” para
usar la incisa expresión del crítico literario brasileño Roberto
Schwarz.
Según Avritzer, en la actualidad no se puede lograr una
democracia efectiva sino a través de lo que él llama los públicos participativos
(participatory publics). Mediante un análisis de los movimientos de derechos
humanos en Brasil y Argentina, de las asociaciones vecinales en Brasil y México
y de iniciativas de control ciudadano de elecciones en México, Avritzer observa
que sólo algunas de estas iniciativas tuvieron éxito. Entre ellas se destacan
las iniciativas de control de la probidad electoral en México, coordinadas desde
1994 a través de miles de contralores de la Alianza Cívica e incorporadas
institucionalmente desde 1996 a través del Instituto Federal Electoral. En las
elecciones del año 2000 ya participaron en el contralor electoral más de 450.000
individuos. De manera similar, a partir de la reforma electoral de fines de los
80, surge en Brasil una serie de iniciativas de participación ciudadana que
fracasan en muchos casos, pero que en otros tienen éxito, al lograr ubicarse
institucionalmente, transformando así la índole de la democracia como algo
efectivo en el espacio público.
Avritzer analiza una experiencia de ese
tipo en el caso del así llamado orçamento participativo (presupuesto
participativo) adoptado en varias ciudades brasileñas, entre ellas su nativa
ciudad de Belo Horizonte. De acuerdo a dicho sistema, los ciudadanos logran
participar en decisiones relativas a los usos de los presupuestos municipales,
de forma tal que toman parte en las deliberaciones destinadas a identificar
necesidades no satisfechas en la comunidad, establecer prioridades y controlar
la forma en la que las obras son llevadas a cabo. Ambos casos son ejemplos de
prácticas que profundizan el alcance real de la democracia, más allá del juego
político de competencia formal por el poder. El desarrollo de dichas iniciativas
frente al relativo fracaso de otras experiencias demuestra que el punto clave
para lograr cambiar el carácter de la democracia en América Latina deriva de la
capacidad de lograr institucionalizar las prácticas participativas. Prácticas
como la del contralor electoral en México o el presupuesto participativo en
Brasil demuestran que la movilización ciudadana no perjudica o amenaza a la
democracia.
Por el contrario, especialmente al llevarse a cabo en forma
deliberativa, la participación ciudadana parece ser la única vía para
profundizar la democracia, especialmente en sociedades como las
latinoamericanas, donde existen por una parte fuertes presiones participativas
y, por la otra, remanentes de elitismo y desconfianza respecto de la ciudadanía,
especialmente de las clases populares. Vale decir, el autor sugiere transferir
el potencial democrático que existe en iniciativas surgidas a partir de la
sociedad civil hacia la esfera política, a través de mecanismos de participación
y espacios públicos deliberativos. La visión que surge de la experiencia de la
tercera ola de democratización en América Latina sugiere la actualidad de
reivindicar la participación efectiva de los ciudadanos en el quehacer público y
su elaboración en la teoría política. Con ello, debemos reconocer que estamos
aún lejos de comprender cuán factible es lograr la profundización de la
democracia efectiva en distintos ámbitos. Avritzer afirma que parece mucho más
difícil tornar efectiva la institucionalización de mecanismos participativos en
el ámbito de los derechos humanos que en el ámbito de los servicios públicos.
Las democracias no han encontrado aún la forma de combinar seguridad personal y
pública con el respeto a los derechos humanos. Asimismo, las prácticas
deliberativas tienen mayores chances de éxito allí donde se estructuran en
contra de prácticas nocivas que allí donde vienen a sugerir cambios en pro de
prácticas y políticas innovadoras. Este libro tiene gran peso teórico y, al
mismo tiempo, relevancia empírica. Teóricamente, lleva a redefinir la forma en
que pensamos y analizamos la democracia contemporánea, compartiendo lo que John
Dunn ha denominado la ´travesía inconclusa de la democracia´.
En el
nivel empírico, el libro permite comprender por qué vías se puede reforzar la
democracia efectiva y evitar el fortalecimiento de procesos paralelos, como la
re-clientelización de las redes sociales o la marginalización de los movimientos
ecológicos y de derechos humanos, tras el retorno de la democracia en América
Latina y en otras sociedades que atraviesan procesos similares de
transformación.
LEONARDO AVRITZER:Democracy and the Public Space in
Latin America. Princeton: Princeton University Press.
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