Política

La estabilidad de Marruecos bajo el reinado de Mohamed VI

el nuevo soberano mostrará muy pronto la escasa voluntad por emprender una transformación seria del sistema político marroquí. Los cambios realizados no han servido sino para perpetuar una preponderancia del Majzén en el centro del sistema, es decir, para que todo permaneciera inmutable.

Marcos Pérez González
Una buena forma de juzgar a un Estado en el ámbito internacional puede
realizarse a través de su contribución a determinados objetivos, en especial
aquellos que pueden ser beneficiosos para otro Estado o grupo de países. La
visión, excesivamente generalizada en Europa y en España, en torno al papel
clave que juega Marruecos en el mantenimiento de una cierta estabilidad en el
Mediterráneo como aliado fiable así como el rol de puente en la comprensión y
entendimiento entre Occidente y Oriente ha impedido la elaboración de análisis
algo más profundos que den cuenta de la verdadera naturaleza política del
régimen marroquí así como alguna de sus acciones exteriores.

La imagen
recreada del reino magrebí se desenvuelve entre una suerte de ensoñación y
confusión permanente debido entre otros aspectos al sesgo introducido
deliberadamente en los estudios realizados. Así, se parte de premisas más
deseadas que reales como la necesidad de sostener y apoyar a una monarquía
corrupta y dictatorial por ser fiable, estable, moderna y garante de un proceso
de democratización inexistente. Ello conlleva a su vez la velada aceptación de
situaciones que en otra parte del planeta serían simplemente inadmisibles como
por ejemplo la violación del Derecho Internacional o algún tipo de exigencias
políticas o comerciales poco razonables.

El reinado de Mohamed VI se
iniciaba con la esperanza de ver algún cambio de tendencia política en aras a la
consecución de un verdadero proceso de transición a la Democracia en el país
norteafricano. Ello suponía un esfuerzo considerable en varias direcciones, no
sólo política sino también económica y social. Sin embargo, las primeras
iniciativas del monarca quedaron muy pronto supeditadas a los intereses
particulares de una monarquía que no está dispuesta a ofrecer a la sociedad
marroquí una posible transformación que la relegue a un segundo plano. Por si
ello no fuera suficiente, los hechos acaecidos han mostrado la poca fiabilidad
de un monarca que no ha dudado en utilizar la agresión como recurso político
además de ser generador de una inestabilidad creciente en el extremo occidental
del Mediterráneo.

Así pues, la verdadera cuestión planteada podría
concretarse en torno al antagonismo existente entre dos opciones de entender la
acción tanto interior como exterior del país magrebí. En éste sentido, la
primera opción considera la estabilidad del régimen como algo que debe ser
salvaguardado, dando por hecho que cualquier acontecimiento que ponga en
cuestión la política del Majzén sería un potencial desestabilizador para el
régimen y en consecuencia bastante pernicioso para la seguridad europea y
mediterránea. La premisa de partida de éste argumento es bastante clara,
considerando que lo más estable en la actualidad es el sostenimiento del Majzén,
con el Rey al frente como principal actor político. La segunda opción, aquí
defendida a través del análisis de varios hechos, da cuenta de una realidad algo
tozuda, a saber, la consideración del Majzén como pieza clave explicativa y
generadora de inestabilidad en el sistema.

En éste segundo caso, no hace
falta teorizar en exceso para comprender que la monarquía marroquí se habría
convertido en la fuerza instigadora de la creciente inestabilidad detectada en
la zona, Marruecos en particular, incluyendo al Magreb como zona regional más
relevante. El papel asignado a Marruecos como generador de conflictos estaría
supeditado ahora a la existencia de una serie de hechos que, originados en el
interior del país, ponen en entredicho las bondades de un régimen autocrático,
ensalzadas a menudo desde el mundo político y académico europeo por considerar
que son adecuadas para la defensa de sus intereses en la región.

En éste
sentido, el caso de España llegaría a ser casi enfermizo en la medida en que la
política exterior española con relación a Marruecos parte de unas premisas
discutibles o simplemente pueriles. La escasa definición de los intereses del
país ibérico en la zona, la ausencia de objetivos claros, la existencia de una
serie de complejos anclados en el subconsciente de la sociedad y la clase
política española así como la ausencia de análisis teóricos adecuados a la
realidad estudiada, convierten las relaciones hispano-marroquíes en fuente
permanente de agravios y conflictos.

Ésta realidad explicaría el
sostenimiento tradicional de los sucesivos Gobiernos españoles a una monarquía
corrupta y dictatorial como la marroquí, la indefinición de la postura española
con relación al conflicto del Sahara Occidental, el desarrollo de teorías
absurdas como “el colchón de intereses” para amortiguar los posibles conflictos
entre ambos países, lastrando de éste modo la acción exterior española en la
zona o las más graves políticas de abandono respecto a algunos territorios
norteafricanos, tan sólo remediada en parte tras las cuantiosas inversiones
realizadas bajo los ocho años de Gobierno conservador en España. Y todo ello
como fruto de la mala percepción existente en torno al país magrebí. Bajo el
nuevo reinado de Mohamed VI parece que comienzan a repetirse los mismos errores
de apreciación sin que se halla producido ninguna modificación aparente en las
políticas desplegadas por el soberano en Marruecos. De éste modo, la estabilidad
de Marruecos estaría siendo comprometida por el monarca marroquí y las opciones
de cambio, indefectiblemente bloqueadas por una actitud autocrática que impide
el desarrollo de la Democracia en el país.

El primer ámbito donde
quedaría plasmada la ausencia de una voluntad firme del Majzén en aras a una
democratización de Marruecos sería el comprometido cambio político. Desde que
Mohamed VI accediera al trono, las manifestaciones en favor de una posible
transición política impidieron visualizar las verdaderas intenciones del régimen
en éste campo. De hecho, el nuevo soberano mostrará muy pronto la escasa
voluntad por emprender una transformación seria del sistema político marroquí.
Los cambios realizados no han servido sino para perpetuar una preponderancia del
Majzén en el centro del sistema, es decir, para que todo permaneciera inmutable.
La nueva imagen del monarca, o al menos aquella que quiere transmitir al
exterior, está siendo mediatizada a través de varias iniciativas que no hacen
sino consolidar una posición de la monarquía, un estilo de gobierno y una forma
de gestionar los asuntos públicos excesivamente autoritaria. Ni la celebración
de elecciones, ni los cambios gubernamentales o las reformas legislativas
emprendidas, ni siquiera las actuaciones sociales de todo tipo que tanto gusta
el Rey de monopolizar en favor de su imagen personal están sirviendo de mucho,
dada la escasa voluntad por iniciar una reforma del texto constitucional que
limite los poderes y facultades del monarca.

Sin la necesaria reforma
constitucional, muy difícilmente podrán cumplir los partidos políticos las
funciones que les asigna el liberalismo democrático en su doctrina más extendida
en Occidente. Los dos procesos electorales realizados en Marruecos desde el
ascenso de Mohamed VI al trono han demostrado la debilidad de los propios
partidos políticos para hacer frente al intervencionismo del Majzén así como la
sumisión de éste a los acontecimientos de todo tipo que pueden aflorar en
cualquier momento, condicionando el proceso político marroquí. En éste caso
sería la presencia del islamismo el elemento perturbador en el precario sistema
político. El islamismo en su vertiente violenta volvería a condicionar un año
más tarde, en el 2003, el segundo proceso electoral realizado en el país sin que
haya servido para solucionar el problema real al que deberá hacer frente en los
próximos años una parte de la sociedad marroquí, aunque sea de forma traumática.
El auge islamista podría servir de coartada para explicar la intervención del
Majzén en la transición democrática si no fuera por el hecho de que uno de los
instigadores del mismo ha sido siempre el Palacio. En cualquier caso, el talante
antidemocrático de Mohamed VI se puso de manifiesto antes de las elecciones a
través del nombramiento de nuevos miembros del Gobierno, ejercicio de funciones
del Ejecutivo y suplantación del mismo en numerosas ocasiones.

La
reciente redacción de la Ley de partidos se encamina igualmente hacia una
remodelación del campo político, un nuevo intervencionismo, intolerable en un
régimen democrático al dotar de unas atribuciones extraordinarias al Ministro
del Interior en el proceso de constitución de un nuevo partido político. La
prohibición de partidos de corte étnico, religioso o regionalista imprimirá al
sistema político marroquí unos nuevos contrapesos, en especial si se pretende
reformar la Constitución marroquí con vistas a una cierta descentralización
administrativa, lastrando de éste modo una hipotética autonomía concedida a
ciertos territorios como pudiera ser el Sahara Occidental si finalmente fracasa
el Plan de paz, objetivo perseguido insistentemente por Mohamed VI. La exigencia
a los partidos políticos de ciertos requisitos de funcionamiento interno
terminará por condicionar su desarrollo y estructura, fomentando los procesos de
fusión e integración entre ellos, reduciendo así el atomizado sistema partidista
marroquí, facilitando de éste modo al Majzén la labor de control de los procesos
de formación de Gobiernos así como el de los cuadros de dichos partidos.


Sin duda una apuesta arriesgada en la medida en que el partido islamista
es el más sólido de los existentes en Marruecos en la actualidad, pudiendo ver
de éste modo fortalecida su estructura, circunstancia que revela el interés del
Majzén por integrar en el próximo Gobierno al mal llamado islamismo moderado o
bien aislarlo por completo en el Parlamento e impidiendo que otras formaciones
islamistas como el PDI( Partido de la Democracia y la Independencia ), con tan
sólo dos escaños en el Parlamento o asociaciones con pretensiones políticas como
“Alternativa civilizadora”( Islamismo de izquierdas ) y el “Movimiento por la
Nación” se constituyan en el futuro en nuevas alternativas políticas de corte
islamista. El objetivo es reducir el número de partidos con representación en el
Parlamento, incluyendo también en éste proceso al islamismo. Lo más probable es
que en los próximos comicios electorales se produzca una reducción del campo
político a tan sólo cuatro o cinco partidos con representación parlamentaria.


Sin duda, la Política Exterior ha sido uno de los campos más sensibles a
la intervención del monarca. El excesivo grado de conflictividad adquirido por
la diplomacia marroquí es signo evidente de la inestabilidad política reinante
en el país. Marruecos es inestable y genera inestabilidad a su alrededor. Y ello
depende de quien toma las decisiones en éste ámbito, reservado para el Majzén
desde hace varias décadas. Junto a ello, el país ha demostrado ser muy sensible
a los cambios producidos a su alrededor. Quizás los dos ejemplos palpables de
ésta nueva situación la hayan constituido los atentados terroristas del 11 de
Septiembre de 2001 en Estados Unidos así como la orientación, algo ambiciosa, de
la Política Exterior española en los dos últimos años de Gobierno conservador.
Con relación al primer hecho, Marruecos descubriría la debilidad de su
posicionamiento internacional, dependiente en gran medida de la voluntad de
otros Estados, que recurrirán a su apoyo según determinadas condiciones e
intereses.

Así, a Marruecos no le quedará más camino que volverse hacia
su ámbito natural de actuación, el mundo islámico, con las dificultades que ello
conlleva, en especial la pérdida del rol mediador en Oriente Medio, la presión
del islamismo en el interior del país, la desconfianza generada a su alrededor,
en concreto en Europa y la sumisión a la diplomacia arabo-islámica, débil y
carente de prestigio en el entorno internacional.

Con relación a España,
el endurecimiento de la posición española en asuntos tan trascendentes como el
futuro del Sahara Occidental, la contundente respuesta frente al incumplimiento
de los acuerdos de inmigración o frente a la agresión practicada desde el reino
alauita contra el país ibérico, consiguieron situar a Marruecos en una posición
de un cierto aislamiento, especialmente visible en el conflicto del Sahara
Occidental. Lamentablemente, la torpe política desplegada por el nuevo Gobierno
socialista en España ha conseguido desbloquear la incomoda situación en la que
se encontraba Marruecos, forzado a una negociación sin condiciones hace tan sólo
unos meses. La intransigencia marroquí en la aplicación del Derecho
Internacional ha llevado a un callejón sin salida al conflicto del Sahara
Occidental, cuyo signo más evidente ha sido la dimisión de James Baker,
demostrando la persistencia en el Majzén del ideal nacionalista, escaso respeto
por la legalidad internacional y nula capacidad negociadora del régimen que,
como última solución, suele recurrir a la fuerza como medio de presión
diplomática para solucionar los diferendos con otros Estados, como ocurrió
durante el año 2002 con relación a España. Que la Política Exterior marroquí
sigue siendo en exceso coyuntural es fácilmente perceptible si se analizan los
apoyos recibidos por su diplomacia desde el exterior. Quizás el más relevante de
todos ellos esté siendo el desplegado desde Estados Unidos con unos objetivos
difíciles de ocultar a la opinión pública marroquí, excesivamente hostil frente
a la Administración norteamericana como recientemente puso de manifiesto la
comentada encuesta del Pew Research Center.

En éste sentido, el punto
débil de la diplomacia marroquí lo constituye el eterno conflicto del Sahara
Occidental. Así, el contencioso ha impreso bajo el reinado de Mohamed VI un
nuevo carácter a las relaciones entre el reino marroquí y Estados Unidos,
fundada esencialmente en la buena relación personal mantenida por el monarca con
George Bush. El lastre que supone para el reino alauita el problema del Sahara
Occidental está permitiendo a Estados Unidos utilizar a Marruecos como pivote en
su nueva política en torno al mundo árabe, encarnada en el proyecto del Gran
Medio Oriente, expansión de la Democracia en la región y la creación a más largo
plazo de un área de libre comercio entre los países del mundo arabo-islámico y
Estados Unidos. Dentro de ésta estrategia puede comprenderse el reciente Acuerdo
de libre comercio firmado entre el reino alauita y Norteamérica, acuerdo muy
protestado en el interior de Marruecos por parte del mundo asociativo,
formaciones políticas diversas y en especial el PJD, partido islamista.


La reciente consideración de Marruecos como socio estratégico de la
Alianza Atlántica y la confirmación de la celebración en dicho país del Forum
sobre el futuro del mundo árabe, no servirían sino para respaldar la política
exterior norteamericana frente al mundo islámico, basado en un apoyo consciente
de la monarquía marroquí a tales propuestas, demostrando la enorme dependencia
de la acción exterior del reino magrebí a las distintas necesidades venidas
desde el otro lado del Atlántico así como una separación nítida entre las
orientaciones y necesidades de la monarquía alauita y el sentir social
mayoritario de la población marroquí, poco proclive a la negociación con Estados
Unidos. De éste modo, cuando el apoyo exterior se debilita la diplomacia
marroquí se tambalea, como quedó de manifiesto tras la agresión perpetrada
contra España en el año 2002 o el intento por enterrar el plan de paz para el
Sahara Occidental aquel mismo año. La pérdida del rol mediador en Oriente Medio
muestra igualmente la dependencia a la que nos referimos pues la crisis
diplomática desatada entre Marruecos e Israel en el año 2000 ha supuesto la
relegación de Marruecos a un segundo plano en la gestión del conflicto
palestino.

Finalmente, la reacción del régimen frente a la movilización
social está siendo manejada con ciertas cautelas. En el momento de acceso al
trono, además de demócrata Mohamed VI intentó aparecer ante la opinión pública
nacional y extranjera como un monarca comprometido con el cambio y la
modernización social de su país. Pasados cuatro años, el balance o la
materialización de tal compromiso deja bastante que desear en algunos campos
como la libertad de prensa, los derechos humanos o la represión de la
contestación social. De hecho, ésta sigue siendo reprimida en la medida en que
perjudica la imagen que pretende transmitir el Majzén de sí mismo, aperturista,
moderna y de talante democrático. La sociedad marroquí había alcanzado un grado
de movilización en las postrimerías del reinado de Hassan II no bien percibido
desde el Majzén. Así, desde el año 1999 se sucederán las manifestaciones más
populosas conocidas hasta ese momento en el reino alauita, en asuntos
considerados trascendentes por la sociedad marroquí como eran el apoyo a la
causa palestina, defensa de los derechos de la mujer o la reislamización de la
sociedad. Ésta variedad reivindicativa no hacía sino demostrar la complejidad
ideológica de la ciudadanía marroquí, signo palpable de la evolución que estaba
sufriendo.

En éste sentido, se pueden vislumbrar dos vías que habrían
canalizado las necesidades de cambio en la sociedad del país magrebí, una
próxima a las ideas occidentales de desarrollo, democracia e igualdad de sexos y
otra, algo más tradicional y retrógrada, encaminada hacia una reislamización del
país y su ciudadanía. Ésta segunda ha adquirido un protagonismo esencial a
través de su estructuración política, asociativa e institucional. Las
movilizaciones consentidas lo serán en aquellos asuntos que no impliquen una
erosión ni de la legitimidad ni de la seguridad en la que se mueve el régimen
autocrático de Mohamed VI. Precisamente el dinamismo de la población marroquí a
través de las protestas realizadas provocarán una serie de reacciones
contradictorias en el Majzén, pues serán toleradas tan sólo aquellas que
supongan un velado apoyo a la institución monárquica y los roles que ésta tiene
asumidos o bien siempre y cuando puedan servir al mismo para legitimarse ante la
sociedad o para conseguir algún rédito político en el ámbito internacional.


Así, las manifestaciones a favor del pueblo palestino serán toleradas,
como lo fueron las recientes protestas contra la guerra de Iraq, en la medida en
que suponen un velado apoyo a la posición marroquí en el conflicto y permiten al
Palacio obtener el beneplácito de la sociedad hacia las decisiones adoptadas.
Otro tipo de manifestaciones serán fomentadas como por ejemplo las relativas a
la lucha contra el terrorismo, en especial tras los atentados de Casablanca y
finalmente otras serán respetadas en la medida en que la alta participación de
colectivos ciudadanos de amplia base social, como puede ser el islamista, hacen
contraproducente una prohibición que pueda generar un conflicto de incalculables
consecuencias. Cuando no se dan éstas circunstancias, el grado de tolerancia
frente a la contestación disminuye, llegando incluso a desencadenarse algún tipo
de represión como ocurrió contra las manifestaciones realizadas por un sector de
los trabajadores de la pesca, parados, defensores de la identidad bereber o
algunos colectivos de artistas, médicos y farmacéuticos contra el acuerdo de
libre comercio firmado entre Marruecos y Estados Unidos.

Pese a ello,
los acontecimientos muestran una represión de los derechos humanos en el país,
muy dependiente aún de las amenazas percibidas por el Majzén contra su seguridad
así como con relación a la preponderancia del mismo en el centro del sistema
político. Así, cuando la amenaza se confirma, la represión se generaliza, como
se puso de manifiesto tras la comisión de los atentados terroristas de
Casablanca o anteriormente, tras las críticas vertidas desde determinados medios
de comunicación contra algunas decisiones tomadas por el monarca, medios de
comunicación muy influyentes en determinados sectores de la sociedad marroquí.
El tiempo juega en contra del Majzén y la presión del entorno internacional más
inmediato a Marruecos va a sumir al país en una incómoda posición, complicada a
tenor del auge islamista detectado. La creación de organismos como el
IER(Instancia para la equidad y la reconciliación) no ayudan demasiado a aclarar
la posición del monarca frente a las exigencias derivadas de un serio compromiso
en el cumplimiento y respeto de los Derechos Humanos, como ha mostrado
recientemente Human Rights Watch en su último informe sobre Marruecos. Sin duda
una buena forma de despistar a la opinión pública tanto nacional como
internacional pues el IER, creado para estudiar los casos de desapariciones
forzadas y detenciones abusivas durante el reinado de Hassan II, está actuando
sin embargo como instrumento útil para escenificar una ruptura de Mohamed VI con
la Dictadura anterior.

De hecho, entre los fines perseguidos se descartó
desde un inicio la persecución y enjuiciamiento de los responsables de tales
delitos, restando eficacia a los trabajos de la comisión de estudio creada. Por
si no fuera suficiente, el informe final del IER deberá se aprobado por el
monarca, lastrando definitivamente las conclusiones del órgano examinador al
quedar en entredicho su independencia. Nada es lo que parece en el reino magrebí
y las últimas actuaciones del monarca aportan escasa luz sobre las reformas
prometidas por el Rey en los sucesivos discursos pronunciados desde que
accediera al trono. Al contrario, han sido bastantes las rectificaciones, muchas
de ellas producidas como consecuencia de la aparición de nuevos elementos en el
precario sistema político marroquí, elementos no lo olvidemos, que han
perturbado y trastocado de alguna manera los objetivos deseados desde el
Palacio, demostrando la inconsistencia del régimen marroquí. De éste modo, la
estabilidad de Marruecos estaría siendo comprometida por Mohamed VI a través de
la política desplegada desde el Majzén en varias direcciones:

Ausencia de
un proceso de democratización interna, de las instituciones de representación y
de gobierno junto a una reforma constitucional que limite los poderes del Rey.
La única reforma planteada es aquella tendente a una hipotética
descentralización administrativa de carácter regional, situación que revela la
inconsistencia del proyecto, condicionado sin duda por las veleidades de la
política marroquí con relación al Sahara Occidental.

Conflictividad
exterior debido al escaso nivel de cumplimiento de la legalidad internacional y
los acuerdos negociados con otros Estados. El caso extremo de cuanto apuntamos
lo constituiría el inacabado proceso descolonizador en torno al Sahara
Occidental aunque habría que adjuntar igualmente otros casos relevantes como la
tensión permanente mantenida frente a España o Argelia.

Dificultad en el
acomodo a los cambios en el entorno internacional, generando soluciones
unilaterales frente a los problemas detectados. La afrenta permanente mantenida
frente a la Unión Africana sería un buen ejemplo aunque no el único. El continuo
bloqueo al que se ve sometida la evolución de una organización regional como la
UMA depende en cierto modo de la intransigencia marroquí en la solución de
determinados diferendos entre los que destaca la intolerable exigencia al resto
de los miembros de un reconocimiento de la soberanía marroquí sobre el Sahara
Occidental.

Represión de los derechos humanos, en concreto cuando la
seguridad del régimen queda en entredicho como ha sucedido tras la violencia
islamista desatada en el país. En cualquier caso no sólo ha sido el colectivo
islamista más radical el reprimido pues habría que adjuntar determinados
colectivos que, no lo olvidemos, plantean una serie de reformas y una visión en
torno al futuro de Marruecos y su sociedad algo alejado de la imagen recreada
por los círculos más tradicionales entre los que se encuentra el Majzén.


Escasa sensibilidad frente al cambio social y las aspiraciones de la
ciudadanía. Las nuevas necesidades no están siendo atendidas adecuadamente en
dominios como la Educación o la Sanidad y en concreto en la participación
política, como muestra la elevada abstención electoral.

Restricciones a
la libertad de expresión y libre circulación de la prensa, garante de la
pluralidad informativa como elemento esencial en un proceso de democratización
de una sociedad, en especial cuando el Majzén siente su legitimidad amenazada,
bien sea la política, la religiosa, social o la histórica.

Ineficacia de
la lucha contra el islamismo, incrementando los medios represivos de los cuerpos
de seguridad del Estado, escasamente fiables. En éste sentido, pese a haber
iniciado una oleada represora contra el islamismo radical, en concreto en su
dimensión más violenta como es el terrorismo, la política religiosa sigue
adoleciendo de los mismos problemas, en concreto la falta de control sobre las
mezquitas, imanes, predicadores y centros clandestinos de enseñanza del Islam.
Todo ello podría ser resumido en la escasa voluntad y nula capacidad de Mohamed
VI para iniciar las reformas políticas, sociales y económicas que hubieran
permitido dotar al sistema de una consistencia de la que carece hoy en día
Marruecos. La consecuencia ha sido la inestabilidad continua que ha
caracterizado al reino alauita desde el acceso al trono del nuevo monarca hasta
el momento presente, inestabilidad propagada a su alrededor. Mohamed VI tenía la
oportunidad de cambiar la evolución autoritaria del régimen. Lamentablemente
asistimos en la actualidad hacia una consolidación del sistema político que en
su día pusiera en práctica Mohamed V y continuara Hassan II. Nos encontraríamos
en definitiva ante una Autocracia relativamente liberalizada y sin opciones de
cambio en los próximos años de reinado del actual monarca.

*Marcos
Pérez González es sociólogo y analista especializado en el Magreb.

Publicado originalmente por GEES

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