Política

La función de la OTAN en el aporte de seguridad a Medio Oriente

“El éxito futuro de la OTAN lo determinará su capacidad de profundizar y ampliar la cooperación en inteligencia, aplicación de la ley, acción económica, diplomática y humanitaria, especialmente en Oriente Medio”.

Opinión: Chuk Hagel
La amenaza a la OTAN no procede hoy de las grandes potencias, sino de las débiles. El mundo no puede darse el lujo de elegir los retos que encara. El terrorismo, la pobreza, las enfermedades endémicas, la proliferación de armas de destrucción en masa, los estados fracasados y los conflictos prolongados son complejos y están relacionados entre sí. El éxito futuro de la OTAN lo determinará su capacidad de profundizar y ampliar la cooperación en inteligencia, aplicación de la ley, acción económica, diplomática y humanitaria, especialmente en el Gran Medio Oriente.

La durabilidad de la Alianza Atlántica empieza con los valores, intereses y destino que comparten sus miembros. Cuando fue creada, en 1949, europeos y norteamericanos comprendieron el propósito común de la Alianza. No hubo un debate significativa acerca de si la Unión Soviética representaba una amenaza a la seguridad y la paz mundiales. La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se convirtió en la alianza más exitosa de la historia porque apoyó su propósito con poderío y sirvió los intereses de sus miembros. Y al construirse la Alianza, la Alianza ayudó a construir un mundo mejor.

El fin de la Guerra Fría y la reunificación de Alemania plantearon nuevos problemas. Algunos argumentaron que la Unión Europea (UE) no podía ajustarse a la reintegración en Europa de una Alemania unida. Algunos predijeron que la OTAN podría ser víctima de su propio éxito. A falta de la amenaza de la Unión Soviética, el destino de la OTAN era incierto. ¿Cuál era ahora su propósito?

La durabilidad y la visión de la Alianza Atlántica, sin embargo, fueron bien captadas por Henry Kissinger en su libro “Diplomacia”:

Los arquitectos de la Alianza Atlántica deben haber sentido incredulidad si se les hubiera dicho que la victoria en la Guerra Fría plantearía dudas acerca del futuro de su creación. Daban por sentado queel premio de la victoria en la Guerra Fría era una asociación atlántica perdurable. En nombre de ese objetivo, se libraron y ganaron algunas de las batallas políticas decisivas de la Guerra Fría. En el proceso, Estados Unidos se vinculó a Europa a través de instituciones consultivas permanentes y un sistema de comando militar integrado, una estructura de alcance y duración únicos en la historia de las coaliciones.

Durante los periodos de cambio histórico, las alianzas y las instituciones deben adaptarse para seguir siendo vitales y relevantes. Durante la década de los 90, la OTAN inició un proceso de adaptación mientras trataba de definir una nueva función en los asuntos mundiales — incluso una expansión del número de sus miembros, la acogida de nuevos países de Europa Oriental y el establecimiento de una nueva relación con Rusia.

El 11 de septiembre de 2001 puso el propósito de la OTAN en un foco más claro. Hoy día, la mayor amenaza a la Alianza Atlántica, la OTAN y el mundo proviene de grupos y redes terroristas internacionales y el potencial de esos grupos de obtener y usar armas de destrucción en masa. La amenaza a la OTAN no procede hoy de las grandes potencias, sino de las débiles. El terrorismo encuentra refugio en los estados fracasados o decadentes, en los conflictos regionales sin resolver y en la miseria de la pobreza endémica y la desesperación. Ningún estado, inclusive Estados Unidos, aún con su vasto poderío económico y militar, puede enfrentar estos retos por sí solo.

La lucha en la que ahora estamos empeñados es una lucha mundial que no se conforma fácilmente con nuestro concepto de los enfrentamientos o alianzas militares de épocas anteriores. No se trata de una competencia tradicional de ejércitos permanentes que combaten por un territorio. En estos países el progreso se logra, más allá de la fuerza militar, con los derechos humanos, el buen gobierno y la reforma económica, antes de que podamos esperar seguridad y estabilidad duraderas.

El poderío militar seguirá desempeñando un papel vital; sin embargo, el éxito futuro de la OTAN lo determinará la capacidad de sus miembros para profundizar y expandir la cooperación en los terrenos de los servicios de inteligencia, la ejecución de la ley, económicos, diplomáticos y humanitarios.

Adaptarse a este nuevo ambiente estratégico no se conseguirá fácilmente ni a un costo reducido y requerirá una nueva doctrina estratégica en la OTAN. A medida que la alianza se ajusta tanto a un mayor número de sus miembros y un nuevo ambiente estratégico mundial, la OTAN debe ocuparse de los vacíos que aparecen en los gastos y capacidades militares de sus miembros. No pueden seguir aplazándose las decisiones difíciles.

Es esencial que los miembros de la OTAN no permitan dejarse llevar ellos mismos hacia relaciones antagónicas en torno a los desacuerdos. Losa retos y diferencias que siempre existirán entre los miembros deben resolverse dentro (y no fuera) de la OTAN. A la OTAN sólo la pueden socavar sus propias distracciones internas.

El presidente Bush ha presentado un plan para el Gran Medio Oriente que es, potencialmente, histórico en su alcance, y lleva el mensaje de la importancia estratégica de esta región para la política exterior de Estados Unidos. El apoyo de Estados Unidos a la libertad en el Gran Medio Oriente debe ir acompañado de programas operativos de asociación con los pueblos y gobiernos de la región para promover políticas más democráticas y economías más abiertas. La OTAN es esencial para este éxito.

Permítanme sugerir cinco áreas específicas en las que la OTAN puede desempeñar un papel más amplio para llevar seguridad y estabilidad al Gran Medio Oriente: Turquía, Afganistán, el Mediterráneo y el problema israelí-palestino.

Thomas Friedman, el columnista de The New York Times ganador de un premio Pulitzer, ha descrito esta era de la política mundial como un “gozne en torno del cual gira la historia”. Y Turquía pende de ese gozne. El curso de nuestra acción con las sociedades árabes e islámicas debe recalcar el tendido de puentes más bien que la excavación de zanjas, y que la Alianza de la OTAN puede ofrecer ese mecanismo. Mientras Europa y la OTAN han llegado hasta una Alemania unida y los estados del que fue el Pacto de Varsovia, debemos ahora asegurar que aplicamos el mismo enfoque incluyente a Turquía. Turquía ha sido un miembro vital de la OTAN. Su gobierno ha sido una fuerza vigorosa y honesta para el pueblo de Turquía. Merece crédito y reconocimiento por este esfuerzo.

Turquía es también un puente cultural y geográfico al mundo árabe e islámico. Al acercar a Turquía, la Alianza Atlántica tendrá una oportunidad mejor de alentar reformas políticas y económicas continuadas y de mejorar las perspectivas de que se resuelvan las disputas que involucran a ese país. Si fuéramos a empujar fuera a Turquía, pondríamos en peligro nuestro interés en llevar paz y estabilidad a toda la región.

En Afganistán, la Loya Yirga completó recientemente la redacción de una constitución que establece el curso hacia las elecciones este año, y encierra la promesa de una transición democrática y el imperio del derecho. El gobierno del presidente Hamid Karzaid y el pueblo de Afganistán han recorrido un largo camino en los últimos dos años. Pero el trabajo está lejos de completarse en Afganistán. Las fuerzas reconstituidas del Talibán y al Qaida siguen amenazando el progreso frágil que se ha logrado allí.

La OTAN ha asumido el liderato de la Fuerza Internacional de Ayuda a la Seguridad (FIAS), la primera misión de la Alianza más allá de la reagión euroatlántica. Y el secretario general de la OTAN Jaap de Hoop Scheffer ha dicho más de una vez que “Afganistán es la prioridad número uno de la Alianza”.

La meta de la OTAN debería ser la de asumir, finalmente, la responsabilidad de todas las operaciones militares y de reconstrucción en Afganistán, inclusive la Operaciónl Libertad Perdurable. La expansión de la FIAS más allá de Kabul, y los equipos de reconstrucción provincial liderados por la OTAN en todo el país, fortalecerán los esfuerzos para administrar la transición a la estabilidad y la democracia en Afganistán. Es también esencial que los elementos de la OTAN que se le prometieron a Afganistán estén allí, en el terreno y en operaciones.

Tercero, la OTAN necesitará desempeñar un papel significativo en ayudar a llevar seguridad y estabilidad a Iraq. El año pasado la OTAN se comprometió a proveer apoyo a las fuerzas polacas en Iraq. Pero la OTAN debería iniciar discusiones sobre hacerse cargo de las obligaciones del sector polaco en Iraq central o, posiblemente, asumir la responsabilidad de una división en el norte de Iraq.

Llevar seguridad y estabilidad a Iraq es un interés mundial y regional que comparten todos los miembros de la OTAN. Antes de la guerra pudo haber habido muchos desacuerdos acerca de cómo ocuparse mejor del régimen de Saddam Hussein, pero eso lo hemos dejado atrás. La Alianza debe poder manejar los desacuerdos, como lo ha hecho en el pasado. Suez, Vietnam, y el despliegue de misiles nucleares de alcance intermedio en Alemania en 1983 vienen a la memoria. Iraq puede ser visto bajo la misma luz.

Si Iraq se convierte en un estado fracasado, la liberación de Iraq será una oportunidad histórica despilfarrada — para Iraq, para el Gran Medio Oriente y para el mundo. Nuestras políticas e intereses comunes a través del Gran Medio Oriente y el mundo islámico — inclusive la guerra al terrorismo, la solución del conflicto israelí-palestino y la seguridad energética mundial — se verán afectadas directamente por lo que resulte en Iraq.

La esperanza en el futuro de Iraq, sin el pleno apoyo y compromiso de la comunidad mundial, especialmente las Naciones Unidas y la OTAN, durante este crítico periodo de transición, es limitada. Estados Unidos no puede sostener una política de largo plazo en Iraq sin la asociación activa de las Naciones Unidas y la OTAN.

Cuarto, la OTAN debe expandir y profundizar sus asociaciones con los países del Mediterráneo. Ha habido en esta área algunos logros significativos; sin embargo, debemos considerar para esta región una versión modificada del programa de Asociación para la Paz.

En los próximos años el Mediterráneo adquirirá para la OTAN una importancia estratégica aun mayor. Debe ser considerado como una región geopolítica críticamente importante, con su propia dinámica. El terrorismo, el tráfico ilegal de narcóticos y personas y otras amenazas en esta región son preocupaciones de seguridad importantes para Europa y la Alianza Atlántica. El Mediterráneo atrae consigo a Europa, el norte de Africa y el Medio Oriente y se ve, por lo tanto, influido por los acontecimientos políticos en cada una de esas áreas.

Hay un potencial tremendo de cooperación en la seguridad ampliada, especialmente en la recopilación e intercambio de datos de inteligencia, y el desarrollo económico y comercial en Argelia, Tunisia y Marruecos. Estos países dan pasos importantes hacia la reforma política y económica. Necesitan hacer más, pero todos ellos avanzan en la dirección correcta. Este progreso puede ser socavado por la inestabilidad del Africa Occidental y por los grupos radicales islámicos y los terroristas con base en esta región. Estas áreas requieren más atención de la Alianza Atlántica.

Quinto, la OTAN debería comenzar a planear una función a desempeñar en el conflicto israelí-palestino. Creo que, en último término, podría convocarse una misión de mantenimiento de la paz para que ayude a asegurar una paz israelí-palestina. Puede llegar el día en que tropas de la OTAN vigilen el nacimiento de un estado palestino. La OTAN es la única institución con la credibilidad y la capacidad para emprender semejante misión esencial. Todavía no ha llegado el momento de este desenvolvimiento, pero creo que debemos comenzar a llevar en esa dirección nuestros pensamiento, políticas y planificación. La solución del conflicto israelí-palestino no puede separarse de nuestros esfuerzos en Iraq y Afganistán.

Cambiar es difícil, especialmente para las instituciones. Nos fuerza a reexaminar las bases de nuestra identidad, propósitos y políticas. El mundo no puede darse el lujo de escoger los retos que encara. Son complejos y relacionados entre sí — terrorismo, pobreza, enfermedades endémicas, proliferación de armas de destrucción en masa, estados fracasados y conflictos prolongados — y ellos mismos no se prestan a soluciones fáciles. El futuro de la OTAN lo determinará el resultado en el Gran Medio Oriente. Esta es una responsabilidad histórica para todos nosotros, en una región rica en cultura e historia pero, hasta ahora, en desacuerdo con el modernismo. Nuestro enfoque requiere sutileza y visión, al igual que determinación y propósito.

Nunca ha habido una asociación o alianza tan bien situada históricamente o políticamente más capaz de liderar el cambio hacia un mundo más seguro y mejor, que esta institución llamada la OTAN. Uno de los grandes logros de la última mitad del siglo XX fue un remodelamiento del orden mundial, que llevó nuevas libertades y prosperidad a millones de personas que no habían conocido ni la libertad ni la prosperidad. La OTAN ayudó a garantizar mucho de este progreso. Y así ocurrirá en el siglo XXI. La OTAN ha dejado su marca. Sus responsabilidades son claras. Esta es la nobleza de su herencia. Esta es la realidad de su destino.

Senador por el estado de Nebraska y miembro republicano de la Comisión de Relaciones Exteriores y la Comisión Especial para Inteligencia del Senado de Estados Unidos.

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