LIBRE COMERCIO
La UE y los EE.UU. forman la mayor área económica del mundo, a gran
distancia de las restantes. A pesar de todo lo que se habla del NAFTA, de la
“irrupción de China”, del “Siglo del Pacífico” (en referencia al pasado siglo) y
del “despegue de grandes economías emergentes” en el escenario económico
mundial, los intercambios comerciales,
inversores y financieros entre ambos lados del Atlántico norte dejan muy atrás
en orden de magnitud a los que se registran entre la economía transatlántica
(entendiendo por tal la integrada por la UE y los EE.UU.) y otras zonas comerciales del resto del
mundo o los intercambios que se producen entre esas otras
economías.
Más aún,
en contra de lo que generalmente se piensa, la economía transatlántica ha
crecido de forma robusta en tamaño y profundidad desde el final de
la Guerra
Fría y sigue creciendo intensamente en la actualidad, a pesar
de divergencias políticas y disputas comerciales.
La
mayor parte de las inversiones directas de los EE.UU. en el exterior se efectúa
precisamente en la UE, y viceversa. Cerca del 70% del capital extranjero
invertido en los EE.UU. procede de la UE. Los principales destinos de la
inversión directa extranjera de estas dos grandes áreas económicas no son, por
tanto, países emergentes de bajos salarios. Un ejemplo: en 2003, la inversión
directa de los EE.UU. en Irlanda fue más de dos veces y media la efectuada en
China.
Los datos, rigurosa y detalladamente publicados por los profesores Hamilton y
Quinlan en
fechas recientes, son elocuentes, y echan por tierra ciertas ideas sin
fundamento.
- La economía
transatlántica genera cerca de 2,5 billones de dólares anuales en transacciones
comerciales y da trabajo a 12 millones de personas, en empleos derivados de las
inversiones directas cruzadas.
- Contra lo que a veces
se cree, el comercio bilateral en su sentido tradicional representa solamente el
20% de la economía transatlántica.
- Aunque frecuentemente
ocupen los titulares de prensa, solamente el 1-2% de la economía transatlántica
está afectada por disputas comerciales.
- El núcleo de la
economía transatlántica se encuentra en la inversión directa extranjera, no en
el comercio.
- Las ventas efectuadas
a través de las filiales extranjeras (filiales estadounidenses en la UE y
filiales europeas en los EE.UU.) son la espina dorsal de la economía
transatlántica. En 2001, las transacciones comerciales intra-empresariales de
las compañías con domicilio en cada uno de los lados del Atlántico se elevaron a
2,8 billones de dólares, cinco veces el importe del comercio total
bilateral.
- También contra lo que
a veces se piensa, la mayor parte de las inversiones directas de los EE.UU. en
el exterior se efectúa precisamente en la UE, y viceversa. Dentro de la UE, el
Reino Unido es el principal receptor de inversión directa procedente de los
EE.UU.
- Los principales
destinos de la inversión directa extranjera de estas dos grandes áreas
económicas no son, por tanto, países emergentes de bajos salarios. Un ejemplo:
en 2003, la inversión directa de los EE.UU. en Irlanda fue más de dos veces y
media la efectuada en China.
- El 60% de los 5,8
billones de dólares del capital invertido en el exterior por los EE.UU. hasta
2001 está en la UE.
Otro ejemplo: el volumen de capital estadounidense invertido en
el Reino Unido es superior en un 50% al total de capital estadounidense
invertido en Asia.
- La UE es un
suministrador de capital esencial para los EE.UU.: cerca del 70% del capital
extranjero invertido en los EE.UU. procede de la UE.
- En 2001, las empresas
estadounidenses proporcionaban empleo directo a 3,2 millones de trabajadores en
la UE, mientras que las filiales europeas daban empleo directo a 4,2 millones de
trabajadores en los EE.UU.
- El 60% del gasto en
I+D que efectúan las empresas estadounidenses en el exterior se lleva a cabo en
la UE.
- Las economías de
servicios de la UE y los EE.UU. están íntimamente conectadas en los sectores de
banca e inversión, telecomunicaciones, seguros, publicidad y tecnologías de la
información, entre otros.
A pesar de las divergencias
transatlánticas sobre el conflicto de Iraq, en 2003 las empresas americanas
inyectaron 87.000 millones de dólares en inversiones directas en la UE, un 65%
de la inversión directa extranjera de los EE.UU. de ese año y un 30% más que en
2002. Al mismo tiempo, 2003 fue un año récord de actividad para las filiales de
empresas europeas en los EE.UU., y las empresas europeas invirtieron ese año
36.900 millones de dólares en territorio estadounidense, un 40% más que en
2002.
En resumen, la UE y los EE.UU. están hoy más interconectados y son más
interdependientes en el plano económico que nunca. También constatamos que la economía ha estado por encima de
la política. La
UE y los EE.UU. son, por tanto, “Socios en la Prosperidad”,
según reza el título del reciente libro de Hamilton y
Quinlan.
Con todo,
la economía transatlántica no ha alcanzado aún todo su potencial. La
persistencia de barreras y obstáculos a los intercambios comerciales y a las
inversiones entre la UE y los Estados Unidos no permite alcanzar todo el
bienestar que se derivaría de la existencia de comercio (en su sentido más
amplio posible) e inversión plenamente libres entre ambas áreas económicas. Ese
es el primer gran objetivo de la iniciativa del Área Económica Transatlántica
(AET), a través del desarrollo de uno de sus dos ejes: la “Agenda
Económica Transatlántica“.
El
segundo gran objetivo consiste en el impulso conjunto, por parte de los países
de la zona transatlántica, de las instituciones multilaterales que trabajan por
el libre comercio mundial y por el desarrollo de los países menos adelantados. A
su consecución debería estar consagrada la “Agenda de Cooperación
Económica Multilateral“, el segundo eje de profundización de la
AET.
El Área
Económica Transatlántica debe
construirse a partir de los profundos vínculos económicos transatlánticos
existentes. Por ello, la Agenda Económica
Transatlántica se basa en dos grandes líneas de cooperación
entre la UE y los EE.UU.:
1.
Acciones complementarias de la plena libertad comercial
GATT-OMC.
El
objetivo final de la plena libertad de
intercambios comerciales transatlánticos exige, en primer lugar, la eliminación
completa de las barreras tradicionales al comercio en el mundo entero,
perseguida por la OMC y objeto de negociación en la Ronda de Doha.
Más
trascendentes en una zona como la AET, en la que los aranceles son mínimos,
resultan las barreras no tradicionales
al comercio. Un objetivo del AET es su completa eliminación.
Debe aclararse que el AET no aspira a constituir un
“área de libre comercio” en su configuración legal GATT-Organización Mundial del
Comercio (en las condiciones detalladas por el Art. XXIV del GATT), pues comulga
plenamente con el espíritu de dicho tratado: el juego de las reglas del libre
mercado y de la libertad de intercambios. Pero sí es posible profundizar las relaciones
comerciales transatlánticas, por ejemplo, con la renuncia al uso de las cláusulas
“anti-dumping” en el comercio mutuo. Dado que se trata de
un mecanismo utilizado con demasiada frecuencia para encubrir políticas
proteccionistas, la política “anti-dumping” frente a terceros países debe
asimismo ser objeto de revisión conjunta.
2.
La profundización de las relaciones
económicas no comerciales.
Siendo conscientes de que el núcleo
de la economía transatlántica se encuentra en la inversión, el AET aspira a
eliminar obstáculos a la inversión directa extranjera mutua y a facilitar la
actividad de las empresas multinacionales en ambos lados del Atlántico, así como
a remover barreras a la prestación de servicios y multiplicar las oportunidades
de acceso al empleo tanto en territorio estadounidense como europeo.
Las
barreras técnicas y las impuestas por la regulación son los principales
obstáculos en el camino de la ampliación y profundización de las relaciones
económicas entre ambos lados del Atlántico Norte.
El AET propugna la eliminación completa de las
barreras impuestas por la regulación a la prestación de determinados servicios,
como las que tienen su origen en las titulaciones profesionales en sectores
regulados. El reconocimiento mutuo
de las cualificaciones profesionales supondría un adelanto muy notable hacia esa
meta.
Además de los asuntos que están
dentro de la agenda de negociación de Doha, existen determinados campos en los
que cabe avanzar sustancialmente.
Entre ellos se encuentra la eliminación de barreras
técnicas derivadas de la existencia de diferentes estándares. Los estándares de
telefonía móvil, de la energía eléctrica, de sintonizadores de TV y otros
dispositivos electrónicos, de emisiones procedentes de los vehículos a motor o
las tallas de las prendas de vestir son sólo algunos ejemplos. El
establecimiento de estándares conjuntos, o el mutuo reconocimiento de estándares
y su compatibilidad por los oportunos “interfaces”, permitiría no sólo relanzar
el comercio sino también facilitar su uso en el resto del mundo, con economías
de escala y de red evidentes.
Las
barreras legales son asimismo importantes. Existe mucho camino que recorrer en
materia de reconocimiento mutuo de
decisiones judiciales y de decisiones de organismos reguladores y de autoridades
de competencia, principio que
propugna el AET.
Estos
mismos organismos de regulación y de defensa de la competencia se convierten,
además, en ocasiones, en potentes barreras de entrada a la inversión extranjera.
El AET propugna eliminar los mecanismos que se convierten en barreras
proteccionistas encubiertas.
Es
posible también avanzar en el establecimiento de reglas contables comunes
mínimas, y que la aplicación de las reglas internacionales de contabilidad
permita vislumbrar progresos en el futuro.
Algo
similar podría decirse en el terreno de la supervisión financiera y en las reglas
de “buen gobierno” de las empresas.
El AET consideraría contraproducente la
posible instrumentación de acuerdos mutuos de coordinación o intervención
cambiaria o en materia de política monetaria. Tampoco serían aconsejables
acuerdos mutuos de coordinación o armonización fiscal. Todas estas políticas
deben seguir siendo instrumentadas de forma autónoma a ambos lados del Atlántico
por sus respectivas autoridades, porque fomentan la competencia y limitan la
excesiva intervención pública.
3.
El AET, un espacio de prosperidad abierto al resto del
mundo.
El AET
tendría como principio esencial ser un área abierta al resto del
mundo.
Terceros países podrían aspirar a integrarse en el futuro en el AET adquiriendo
el compromiso de cumplir los principios en los que se basa.
El
AET no debe aspirar solamente a eliminar todos los obstáculos al libre comercio
y las inversiones entre la UE y los EE.UU. Las dos potencias económicas del planeta
pueden y deben impulsar de forma conjunta la Agenda de Cooperación Económica
Multilateral.
Esta
Agenda quiere hacer avanzar el libre comercio en todo el planeta además de hacer
posible que las ganancias de bienestar que genera el comercio internacional
beneficien con la máxima intensidad a los países menos adelantados, así como
relanzar de forma conjunta las iniciativas multilaterales de financiación de los
países menos adelantados y de ayuda al desarrollo, en especial, de los más
pobres.
Para ello
resulta hoy imprescindible que la UE y los EE.UU. impulsen conjuntamente la
actividad de las instituciones multilaterales que trabajan por el libre comercio
mundial (esencialmente, la OMC) y por el desarrollo de los países menos
adelantados (entre ellas, los bancos multilaterales de desarrollo, tanto el
grupo del Banco Mundial como los bancos regionales), al mismo tiempo que
fomentan una economía mundial libre abriendo sus mercados. Una cuestión a vigilar es que las liberalizaciones en el marco de la
OMC no dañen a los países más pobres del mundo, que pierden un acceso
privilegiado a EE.UU. y a la Unión Europea.
Ese
objetivo es imprescindible para dos bloques que aspiran a continuar siendo cada
vez mejores “Socios en la Prosperidad” pero que al mismo tiempo apuestan por el
desarrollo económico y social del resto del mundo y la lucha contra la pobreza,
y que rechazan por tanto convertirse en “fortalezas de prosperidad”.
La
Agenda de Cooperación Económica Multilateral comprende cuatro
líneas:
1.
El impulso conjunto de la liberalización
del comercio mundial en el marco de la OMC.
A corto
plazo, esto implica que la UE y los EE.UU. den un impulso conjunto definitivo y
global a las negociaciones de la Ronda Doha.
2.
El compromiso conjunto de contribuir a integrar de forma plena a las economías
emergentes en el comercio globalizado.
Esto
exige, además de un esfuerzo conjunto y adicional al realizado hasta el presente
en las negociaciones de la
Ronda Doha, un delicado ejercicio de equilibrios y de medidas
compensadoras por parte de la UE y los EE.UU. a los países en desarrollo que
mantienen reglas privilegiadas de acceso a sus respectivos
mercados.
Las concesiones en el capítulo
agrario, tanto por parte de la UE como de los EE.UU., tanto en lo que se refiere
a la reducción de la protección frente a las importaciones como a la eliminación
de las subvenciones a la exportación, resultan esenciales para hacer realidad
tanto este objetivo como el anterior.
3. El
esfuerzo conjunto en la aplicación del programa de Monterrey y de ayuda al
desarrollo de los países más pobres del planeta.
Los acuerdos de Monterrey sientan las
bases de un marco de financiación creciente y creíble de los países en
desarrollo. La UE y los EE.UU. deben impulsar conjuntamente la ejecución de
dichos acuerdos.
Asimismo, la erradicación de la
pobreza, con especial atención a los países más azotados por este mal endémico
del continente africano, debe recibir un impulso preferente de forma conjunta
por parte de la UE y los EE.UU.
4.
El apoyo al establecimiento de un marco
multilateral de protección de la inversión directa extranjera en los países en
desarrollo y los países menos adelantados.
El comercio mundial es cada vez más
complejo y los flujos comerciales tradicionales ceden paulatinamente terreno al
empuje de la inversión.
La aportación de capital a los países en desarrollo y a los
países menos adelantados va en la buena dirección. Sin embargo, las inversiones
requieren seguridad. Los acuerdos bilaterales representan un paso adelante, pero
no son suficientes. Por ello, es
conveniente una regulación protectora de las inversiones en un marco
multilateral, algo que requiere el apoyo conjunto de la UE y los EE.UU. en
el foro multilateral que se considere más conveniente.