Thomas Joscelyn
En un editorial del New York Times el pasado domingo, los ex miembros del Consejo de Seguridad Nacional Richard Clarke y Steven Simon lamentaban la posibilidad de un ataque militar contra Irán. Advertían, “un conflicto con Irán podría ser incluso más perjudicial para nuestros intereses de lo que lo ha sido la presente lucha en Irak”.
En el centro de sus preocupaciones se encuentra un simple análisis coste-beneficio. Irán no ha apoyado el terrorismo antiamericano desde mediados de los años 90. Pero si son provocados, los mulás podrían desatar su red terrorista, que es “superior a nada que Al Qaeda fuera capaz de hacer nunca sobre el terreno”. En la guerra contra el terrorismo, por tanto, los beneficios potenciales de un ataque militar son bastante reducidos, al tiempo que los costes son prohibitivamente elevados.
Clarke y Simon nos dicen que el último acto de terrorismo antiamericano de Irán llegó en 1996, cuando “la Fuerza Qods, el brazo de acción encubierta de los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica, montaron” el atentado de las Torres Jobar. (Vale la pena notar que aún existen algunas incertidumbres entorno al atentado de las Torres Jobar. Por ejemplo, la Comisión del 11 de Septiembre concluía, “Mientras que las pruebas de implicación iraní son firmes, hay también señales de que al Qaeda también jugó un papel, aunque desconocido a fecha de hoy”. Ocho años después del ataque, por tanto, el gobierno no estaba aún seguro de si fue una operación conjunta Irán-al Qaeda).
Mientras que la administración Clinton descartó un ataque militar contra Irán, Clarke y Simon afirman que la comunidad de Inteligencia norteamericana hizo huir a Irán del juego terrorista. Tras alguna acción encubierta sin especificar, “el terrorismo iraní contra Estados Unidos cesó”.
A priori, esta afirmación es dudosa.
El terrorismo antiamericano ha sido un pilar central de la revolución islámica de Irán durante décadas. Que la Inteligencia norteamericana, con su historial no demasiado estelar en luchar contra el terrorismo durante los años 90, lograse convencer a Irán de dejar de orquestar o colaborar en ataques terroristas contra intereses americanos parece altamente improbable. ¿Cómo podrían tener los mulás una red terrorista “superior” a al Qaeda, preparada para atacar, y no haberla utilizado aún a lo largo de la pasada década? ¿Vamos a creer realmente, como dirían Clarke y Simon, que esta red de operativos terroristas ha estado dormida todo este tiempo?
La naturaleza cuestionable de esta afirmación es obvia cuando uno considera lo que pensaba Richard Clarke en persona hace menos de dos años. En Contra todos los enemigos, Clarke deja claro que Irán era un país “prioritario”, “tan importante como los demás” en la guerra contra el terrorismo post 11 de Septiembre, incluyendo el Afganistán de los Talibanes.
Al tiempo que desprecia las evidencias de los vínculos de Irak con al Qaeda (una afirmación también inconsistente con las declaraciones previas de Clarke y la profusión de pruebas), Clark argumentaba en el 2004:
... al Qaeda utilizó regularmente territorio iraní para tránsito y protección antes del 11 de Septiembre. La rama egipcia de Al Qaeda, la Jihad Islámica, operaba abiertamente en Teherán. No es coincidencia que muchos en el equipo directivo de al Qaeda o Consejo Shura atravesasen la frontera con Irán después de que las fuerzas norteamericanas invadiesen Afganistán.
Además, Clarke explicaba que la amenaza planteada por los programas de armas de destrucción masiva de Irán, acompañada con sus vínculos con el terrorismo, planteaban una amenaza mucho mayor que el Irak de Saddam. Escribía, “Cualquier observador objetivo que examinase las pruebas en el 2002 y 2003 habría dicho que Estados Unidos debería dedicar más tiempo y atención a tratar con las amenazas de seguridad procedentes de Teherán que las procedentes de Bagdad”.
¿Por qué creía Clark que Irán debía ser la prioridad y el Irak de Saddam no? Explicaba: “Existen, por supuesto, pruebas de que Irán proporcionó asilo a al Qaeda antes y después del 11 de Septiembre”.
Incluso la célebre negación inequívoca de Clarke de implicación iraquí con al Qaeda, que presuntamente tuvo lugar el día después del 11 de Septiembre cuando presuntamente respondía las preguntas señaladas del Presidente Bush, incluye el reconocimiento de los vínculos de Irán. Clarke afirma que dijo al Presidente, “… hemos buscado en bastantes ocasiones patrocinio estatal a al Qaeda y no hemos encontrado ningún vínculo real con Irak. Irán juega un papel pequeño, igual que Pakistán, Arabia Saudí y Yemen”.
Así, las opiniones previas de Clarke parecen inconsistentes con su presente afirmación de que Irán dejó de apoyar el terrorismo antiamericano a mediados de los años 90. Lejos de poner fin a su apoyo al terrorismo, parece que Irán ha continuado su asalto terrorista de décadas de duración contra Occidente. El libro de Clarke, Contra todos los enemigos, menciona de pasada algunas de estas pruebas.
Unos cuantos ejemplos adicionales del apoyo iraní a al Qaeda dejan claro que Irán no estaba asustado por el juego del terrorismo antiamericano. La Comisión del 11 de Septiembre informa de que operativos de al Qaeda recibieron formación en explosivos de Irán a comienzos de los años 90. Bin Laden “mostró un interés particular en aprender cómo utilizar camiones bomba como el que había matado a 241 marines norteamericanos en el Líbano en 1983”. Esta primera historia de colaboración no fue la última. Incluso después de 1996, Irán continuaba abriendo sus puertas a al Qaeda. La condena original sin sellar de la administración Clinton en noviembre de 1998 afirma que el grupo de bin Laden se había aliado con Irán y su marioneta terrorista, Hezboláh. La Comisión del 11 de Septiembre hasta dejaba abierta la posibilidad de que Hezboláh hubiera asistido en la ejecución de al Qaeda del plan del 11 de Septiembre.
Esto es una pequeña muestra de las pruebas que vinculan a Irán con al Qaeda. Nada de esto significa que la acción militar contra Irán sea necesariamente el próximo paso más prudente. A este respecto, Clarke y Simon podrían estar en lo cierto. Un ataque contra Irán puede no revertir en los intereses de América, o puede no ser el modo más eficaz de tratar la amenaza iraní. Un examen cuidadoso de los costes y los beneficios de la acción militar debería guiar el camino de América. Pero al despreciar el papel de Irán en las pasadas décadas de terrorismo antiamericano, Clarke y Simon manchan el debate público y no examinan con precisión la amenaza iraní.
Thomas Joscelyn es escritor y economista experto en terrorismo y temas relativos a la seguridad residente en Nueva York









