Con la publicación de este artículo Diario Exterior rinde homenaje al escritor y disidente cubano Guillermo Cabrera Infante fallecido el lunes. El autor de “Tres tristes tigres”, “Delito por bailar el cha cha cha”, “Mea Cuba” y ganador del premio Cervantes en 1997 escribe en esta nota sobre los intelectuales cubanos y el régimen castrista.
Educación
Dice “Cuba en la mano”: “Aura tiñosa [Cathartes Aura, familia Vulturidas]: Ave
de rapiña, diurna, de aspecto repugnante, plumaje negro, cabeza desprovista de
plumas, con arrugas detrás del cuello y sobre el occipucio, pico rosado
amarillento en la base, ojos de color carmín con un cerco azul alrededor de las
pupilas y pies rosados. Afirma el doctor Gundlach que no ha visto otra ave que
vuele de un modo más perfecto. Cuando busca alimento, el aura vuela en todas
direcciones o en línea recta, describiendo grandes círculos, sin dar aletazos.
Al distinguir el cadáver de un animal, desciende achicando los círculos cada vez
más, y entonces aletea hasta posarse a poca distancia de su inmóvil
presa”.
Pero hay tiñosas políticas. Una muestra temprana de aura tiñosa
fue Roberto Fernández Retamar (a quien Pablo Neruda en sus memorias llamó “el
sargento Retamar”) entrevistado por la televisión de cable americana. Cuando le
preguntaron por mí dijo que yo era un contrarrevolucionario visceral olvidando
que el corazón es también una víscera. Preguntado por qué mis libros estaban
prohibidos en Cuba respondió con un proyecto de aura: “Cuando se muera”,
aseguró, “entonces lo publicaremos”. Las otras auras tiñosas lo imitaron.
Después de todo, todos no hacían más que copiar el método soviético: allá
publicaron a Nabokov y a Stravinsky después de muertos. Antes, mencionarlos
siquiera era una actividad condenada por el Estado. Ernesto Lecuona, el eminente
pianista y compositor cubano, murió en el exilio de Islas Canarias, pero pidió
que no lo enterraran en Cuba bajo Fidel Castro. Está enterrado en Nueva York.
Durante años su música no fue oída en Cuba, hasta que descubrieron que los
derechos de autor de Lecuona daban múltiples beneficios para las arcas cubanas.
Lecuona está todavía enterrado en Nueva York pero su música se toca y se oye y
se silba en Cuba castrista.
El caso de Lydia Cabrera es más singular.
Exiliada temprana (ya estaba establecida en el exilio en 1960) Lydia era una
contraria formidable. Cuando murió se editó en Cuba su obra maestra El monte, un
libro capital de la religión afrocubana y una muestra impecable de antropoesía.
El libro fue impreso y sus ejemplares guardados en el almacén de la imprenta —de
donde desaparecieron de la noche a la mañana. Todos. Se supo que los habían
robado ladrones ocultos pero se podían comprar ejemplares que se vendían a
precio de dólares en los rincones oscuros de La Habana Vieja. El libro era un
tesoro que los practicantes de la santería querían tener. No hubo una segunda
edición.
Labrador Ruiz tenía una lengua afilada que practicaba como un
florete en su esgrima contrarrevolucionaria. Cuando murió en Miami no se
publicaron los hechos de su vida, sino que uno de esos miñones del Ministerio de
Cultura escribió un perfil de Labrador en el exilio que era una obra maestra —de
la mendacidad—. Allí se decía que Labrador y su mujer Cheché vivían en la
penuria más extrema. Sucede que la verdad es contrarrevolucionaria. Labrador y
Cheché vivían en un confortable apartamento pagado por el municipio de Miami y
recibía todos los días una cantina con su comida favorita cocinada por un
restaurante modelo.
Carroña temprana fue la de Jorge Mañach. Ensayista y
un demócrata ejemplar, había llegado en su oposición a Batista a escribirle a
Fidel Castro el discurso que ofreció al tribunal, que lo condenó, y al pueblo de
Cuba. Esa pieza oratoria tenía como nombre una cita directa de Hitler, tomada
del Mein Kampf: “La historia me absolverá”. La misma historia condenó a Mañach a
un exilio temprano. Toda su biblioteca fue confiscada y sus libros hechos
picadillo de papel. Al poco tiempo de morir se podía citar a Mañach como un
ejemplo de intelectual equivocado pero estimable.
Lino Novas Calvo es,
quizás, el más grande cuentista cubano, aunque nacido en Galicia. Durante su
juventud desempeñó los más variados oficios (entre ellos chofer de taxi
habanero) y se hizo comunista y fue un temprano ejemplo de intelectual
comprometido: llegó a ser redactor del diario comunista Hoy. Su exilio fue
también temprano y ejerció en Estados Unidos como profesor en una universidad
americana. Por un tiempo fue silenciado y ninguneado y hecho desaparecer del
panorama literario cubano que una vez prestigió. Cuando murió en Nueva York se
hizo una edición cubana de su novela Pedro Blanco, el negrero y se publicaron
volúmenes con sus cuentos maestros. Hasta se hizo una frase: “Regresa, Lino.
Todo está perdonado”.
El caso de Manuel Moreno Fraginals no es sui
géneris pero sí es ejemplar. Moreno Fraginals estuvo escribiendo por más de 10
años una monografía que sería su opus magnum. Titulada El central era un estudio
total del azúcar desde la plantación o cañaveral hasta el azúcar blanca. El
central tenía una dedicatoria que era un contrasentido: decía “a… Che
Guevara”. Sucede que Guevara fue el enemigo acérrimo del azúcar. Antes había un
lema, “Sin azúcar no hay país”, que declaraba cuánto debía Cuba al azúcar como
producto de exportación. Guevara se dio a la tarea de demostrar que sin azúcar
sí había país y en su empeño destruyó la industria azucarera.
El libro
de Moreno Fraginals, publicado en Cuba cuando el autor residía en la isla, casi
un coffee table book por sus excelentes ilustraciones, fue recibido con elogios
dentro y fuera de Cuba. Pero sucedió que Fraginals decidió exiliarse en Miami y
su libro cayó en un olvido voluntario: no aparecía por ningún lado en Cuba
—hasta que Fraginals murió y su obra maestra fue rescatada del olvido a que la
habían condenado en la isla—. Fue casi un renacer de El central. El autor murió
y con su muerte hizo volver a la vida a su libro.
El caso más reciente y
más extremo fue el de Reinaldo Arenas. Como saben los que han leído su
testamento político o hayan visto su biografía fílmica, Antes que anochezca,
Reinaldo fue un exiliado combativo (y combatido desde Cuba con el silencio) y un
vocero contrarrevolucionario. Tanto que es su testamento político (que la
película omitió) y allí declara culpable de su suicidio no al régimen sino a
Fidel Castro directamente. Antes que anochezca tiene como epílogo una visión de
PM, el corto metraje que hicieron Saba Cabrera, mi hermano, y Orlando Jiménez.
Allí, después de la fiesta de colores que es la película, era una esquela en
blanco y negro, la peliculita siempre una obra maestra. El éxito de Antes que
anochezca, la película, se reflejó en las ventas de las memorias de Arenas y ha
sido vista en todas partes como su testamento y su memoria póstuma.
Ahora
viene la última edición de rescate de Arenas. Hay que recordar que Reinaldo en
Cuba sólo mereció el silencio y la calumnia y la cárcel y que era un enemigo
acérrimo del régimen de Castro y una víctima histórica y, lo que es más
flagrante, literaria también. Pero hay una coda que es un festín para las auras.
Acaba de aparecer en Cuba una entrevista ¡con la madre de Arenas! Esta pobre
señora fue una madre que Reinaldo veneraba. Ahora es una buena revolucionaria
que ha perdido a su hijo que deviene, en sus palabras, un revolucionario
equivocado, a punto de regresar a Cuba, después de fugado y calumniado y odiado
como ninguno. La madre ejemplar ha recibido un premio y Fidel Castro le ha dado
un apartamento en un edificio dedicado a alojar a escritores y artistas del
régimen. A cambio sus palabras hieren la memoria de Arenas de una manera
abominable.
Hay que hacerse, sin embargo, una pregunta, ¿quién de los
poetas y pintores y escritores desaparecidos en el exilio y ausente de la
historia revolucionaria reaparecerá como una carroña digestible? Puedo proponer
varios, el eminente historiador Levi Marrero, muerto en Puerto Rico hace dos
años, el poeta Eugenio Florit, muerto nonagenario en Miami (noticia de último
minuto: ya se prepara en La Habana una antología del poeta que nunca mencionaron
en Cuba vivo) y, ¿por qué no decirlo, para volver a la proposición de Retamar,
yo mismo? La costumbre me hace poner al pie de página un aviso de copyright, que
el régimen comunista no reconoce, y no se salta porque me exalta.
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