Sylvina Walger
El Poder Ejecutivo tiene derecho a designar embajadores políticos aun en desmedro de aquellos que estudiaron para desempeñarse como tales. En el caso de Venezuela, la situación se presta al chacoteo visto que, en los dos últimos años, los embajadores designados ante el dicharachero petromagnate merecumbé son, además de mujeres, fanáticas suyas. La primera enviada del kirchnerismo, Nilda Garré, tuvo un excelente desempeño pero como militante chavista. No se privó de participar en los soliloquios radiales de Chávez, en la marketinera emisión “Aló Presidente” (donde la embajadora saludó siempre con un “Viva Chávez”) con el que el mandatario entretiene (o abomba, según donde retumbe su voz) a sus compatriotas. Tuvo también una destacada actuación en el conflicto bilateral que enfrentó a México con Venezuela tomando abierto partido por Chávez, desliz diplomático denominado “injerencia” en asuntos locales y de consecuencias imprevisibles para las relaciones entre los países.
Transmutada en Ministra de Defensa, Garré puso proa hacia su país de origen y la embajada quedó vacante hasta hace unos días en que se dio a conocer que la reemplazaría Alicia Castro, pionera del chavismo en la Argentina y a la que originariamente, aun antes de que fuera enviada Garré, todos le atribuían el cargo. En aquel momento, un gesto de cordura del presidente Kirchner puso las cosas en su lugar. Cuentan que habría dicho que prefería a alguien que representara al país en Venezuela “y no un representante de Venezuela en la Argentina”. Así fue como relegó a Castro y en su lugar envió a Garré que, como se lee más arriba, le puso al cargo el mismo ímpetu que un periodista de rock siguiendo a Bono.
A Castro -una bella y seductora mujer, dueña de una inflamada retórica nacionalista y antiimperialista que haría palidecer hasta el difunto Ho Chi Min-, cierta miseria intelectual suele enrostrarle que viva en el Kavanagh, a lo que ella siempre responde que es una herencia familiar. Curiosa reacción de una mujer de pocas pulgas, ejercitada en denuncias de impacto (como cuando siendo diputada y para manifestar su desagrado desplegó en la cámara una bandera norteamericana) y de la que uno espera oír “vivo donde se me canta”. Si con sus verdugos de izquierda es paciente, no lo ha sido tanto con sus peinadores. Habitué de una elegante peluquería de Barrio Norte, abandonó el local el día que no la atendieron enseguida porque a una “diputada” no se la hace “esperar”.
Respecto de sus zonas afectivas, a Castro se le ha atribuido hasta una relación sentimental con el picaflor venezolano. Más allá de la veracidad de este tipo de información, lo cierto es que ambos tienen puntos en común. El más emotivo es que los dos provienen de las alturas. Alicia, ex azafata, despuntó a la vida política como representante del gremio de los aeronavegantes. Hugo Chávez Frías, como es de dominio público, integraba en su patria el regimiento de paracaidistas. En este conglomerado de afinidades, el hecho que más juega en contra de su futuro rol como diplomática es el de haber integrado en el año 2004 el equipo de campaña para la reelección de Chávez. Pero el punto más peliagudo reside en la ideología de la propia Castro que, cuando este año renunció a ser candidata, explicó que lo hacía porque no creía más en la democracia representativa. La misma que hoy la envía al terruño de su ídolo. El interrogante entonces es válido: si la Argentina entrara en conflicto con Venezuela, ¿a quién defendería Alicia Castro?.
Por Sylvina Walger.
Fuente: LA NACIÓN http://www.lanacion.com.ar









