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Los multimillonarios tecnológicos

Hay más de ocho mil satélites activos surcando los espacios extraterrestres. La mitad son propiedad de Elon Musk, que ha producido el Starlink, que tiene un millón y medio de usuarios que se conectan desde cincuenta países.

Uno de los eslóganes de Ronald Reagan en la campaña para su reelección en 1984 era algo tan simple como confuso: “No habéis visto nada todavía”. No se refería a la revolución tecnológica que vendría, sino a los cambios sociales y políticos que impulsaría en su segundo mandato. Lo que no sabía aquel presidente tan simple como intuitivo es que se estaba incubando un cambio que transformaría globalmente la forma de trabajar, de aprender, de informarse y de comunicarse. Las consecuencias de la presente revolución tecnológica son muy superiores a las que puso en marcha la invención de la imprenta por Gutenberg hace más de cinco siglos.

En la noche del pasado viernes al sábado, varias personas grabaron un objeto que sobrevolaba el espacio de Catalunya y Baleares. La Fuerza Aérea de Alemania afirmó precipitadamente que el objeto era un satélite Starlink, propiedad del multimillonario de origen sudafricano Elon Musk. A las pocas horas, el jefe del mando aéreo español dijo que se trataba de un meteorito que emitió una estela luminosa al rozar con la atmósfera antes de volver al espacio ­exterior.

El hecho de que la figura de Musk haya entrado en las fantasías del imaginario colectivo no es porque pueda fabricar ovnis y asustar a los terrícolas con apariciones fantasmales en el espacio. El multimillonario, que vive en Texas, es el impulsor de los coches eléctricos Tesla y ha comprado la red X con la que millones de humanos nos comunicamos y nos informamos. El gran negocio no lo hace con el experimento de los coches eléctricos ni con el antiguo Twitter. Lo ha conseguido en el espacio, creando la industria de la conectividad que puede llevar internet por satélite a cualquier parte de la tierra.

Hay más de ocho mil satélites activos surcando los espacios extraterrestres. La mitad son propiedad de Elon Musk, que ha producido el Starlink, que tiene un millón y medio de usuarios que se conectan desde cincuenta países.

Los Starlink han sido decisivos en la guerra de Ucrania hasta que el propio Musk decidió que no suministraría más esa tecnología, porque no quería convertirse en un instrumento de guerra. Biden se puso en contacto con él y ahora facilita esas piezas a Zelenski en cantidades muy menores, a cambio de cobrar el precio que él fija. El secreto de su éxito comercial es que sus satélites pueden aterrizar en la Tierra y volver a despegar. No tiene competencia y los gobiernos de las grandes potencias no pueden alcanzar su ritmo.

La peligrosa novedad es que la seguridad que se puede dominar desde el espacio está al alcance de un ciudadano privado que puede actuar al margen de los estados. Uno de los efectos perversos de los multimillonarios tecnológicos, desde Musk hasta Gates pasando por Bezos y Zuckerberg, es que con sus inmensas fortunas escapan del control de los estados y actúan globalmente sin leyes que les controlen ni fiscalidad que les persiga.

Pueden operar libremente, influir y condicionar elecciones, sin rendir cuentas, mientras los políticos se baten en peleas enardecidas para obtener el poder que está condicionado por personajes que actúan desde las sombras tecnológicas. La política, pero sobre todo el derecho internacional, es urgente que actúe.

Publicado en La Vanguardia el 3 de abril de 2024

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