Política

Los primeros 100 días de Ban Ki-moon

Ruth Wedgwood
EL HIJO PREDILECTO de Corea del Sur, el Ministro de Exteriores Ban Ki-moon, pronto habitará el piso 38 de Turtle Bay en calidad de nuevo secretario general de Naciones Unidas.

Es un cambio oportuno. La energía y la innovación pueden renovar una institución que sufre esclerosis administrativa y fractura política.

¿Qué es lo que debería encabezar la agenda de Ban durante sus 100 primeros días?

Primero y principalmente, tiene que enviar un mensaje inequívoco de que continuar como si nada no es el plan. Por tradición, el asistente número 60 y los subsecretarios que gestionan el negocio están obligados a presentar cartas de dimisión el primer día en el cargo de un nuevo secretario general. Pero ordinariamente esperan permanecer en el cargo confortablemente, al igual que los interinos en la serie de la BBC “Yes, Minister”. Ban necesita aprovechar la oportunidad para elegir a su propio equipo de cero y fijar una nueva medida del trabajo de la ONU basada en los resultados. Tiene que dejar al margen a los internos que le reducirán a un cargo político y descarrilarán su dirección.

Ban debería transplantar las expectativas del sector privado en materia de productividad y respuesta frente a una cultura obstinadamente burócrata. El sistema de la ONU ingresa a sus empleados a la edad de 32 y les conserva hasta que se jubilan a los 62. Las costumbres de hacer las cosas en tiempo real, incluyendo deslocalización y competición, no son endémicas. Reclutar a profesionales medios de otros sectores revigorizaría las filas de la ONU.

Ban también necesita consejeros que puedan tomar el pulso con mayor precisión a los estados miembros y a otros componentes importantes. La ONU no se ha adaptado en absoluto a un mundo más democrático, en el que los congresos y parlamentos a los que se pide que financien esta institución crucial también se supone que tienen algo que decir en la supervisión de su labor.

Los reportajes fotográficos positivos no son sustitutos para las reformas. La ONU debería pensar dos veces su culto de cinéfilo a las celebridades. La planta 38 ha reclutado a actores, estrellas del rock y millonarios como enviados y consejeros, pero hay toda una diferencia entre el ruido y las nueces.

Ban también debe insistir en que su nuevo personal abandone el escenario de guerrilla y auto indulgencia política que ha mermado la credibilidad de la ONU en Washington a lo largo de los últimos años. No ayuda a las relaciones Estados Unidos-ONU tener ayudantes veteranos en la ONU que se quejan de los Rottweilers del Congreso o que minimizan el escándalo Petróleo por Alimentos como un simple hábito de político conservador. No ayuda tener a enviados globales vagabundeando ofreciendo opiniones personales acerca de la guerra en el Líbano al tiempo que declinan hacer comentarios sobre el papel de Hezbolá como delegado iraní.

A nivel legislativo, Ban debería aprovechar su período de gracia de 100 días para animar a la Asamblea General a aprobar reformas administrativas cruciales. La ONU necesita de un inspector general independiente y auditores externos implacables. Los que revelan información sobre malas prácticas necesitan un director poderoso. En un momento en el que se pide a la organización que gestione una cifra récord de pacificadores en todo el mundo, el Secretario General tiene que ser capaz de desplazar personal allí donde se le necesita, y de poner fin al exceso de plantilla. No debería haber más ocasiones para comentarios mordaces como el hecho por el presentador radiofónico jamaicano, interrumpiendo el reciente programa acerca del nombramiento de Ban para recordar sus propios límites como empleado de la ONU. ¿Por qué, se preguntaba en voz alta, no había realizado el novato ninguna labor visible?

Los 192 delegados que controlan la Asamblea General necesitan delegar más valor en los países del sur, gastar dinero en programas en lugar de en el personal, gastar en la prevención del sida, la microfinanciación, la iniciativa en los países pobres y la situación de la mujer. Se está pidiendo a los países del Primer Mundo que comprometan el 0,7% de sus PIBs a la asistencia a ultramar como parte de los Objetivos del Milenio para el Desarrollo. (Estados Unidos, aunque el mayor donante de ayuda del mundo, aún aporta menos de 0,2% del PIB sin contar la aportación privada). Esto exige demostrar que el dinero puede emplearse sin empeorar la corrupción en los países en desarrollo. La ONU no puede encabezar una campaña anticorrupción si hay dinero filtrándose de este cascarón y favoritismo en cada compra.

La agenda política de Ban debería centrarse en renovar el proceso de paz de Oriente Medio. Al Qaeda, Hamas, Hezbolá y los regímenes sectarios continúan su Olimpiada de Violencia Internacional. Pero los regímenes árabes tradicionales están asustados por Al Qaeda e Irán. Ban podría ser capaz de ayudarles a hacer causa común con Estados Unidos (y lo que es completamente sorprendente, con Israel) a la hora de hacer frente a los saqueadores. Puede pulir a la fuerza pacificadora de la ONU en el Líbano. Y el régimen de Bashar Assad en Damasco podría ser sacudido de arriba a abajo a finales de este año, cuando el investigador de la ONU informe de quién autorizó el asesinato del ex Primer Ministro libanés Rafik Hariri.

Pero el conflicto palestino israelí proporciona materia abundante a los saqueadores y agita a la calle musulmana en todo el mundo. Ban debería trabajar con Washington y la Liga Árabe con el fin de apoyar las conversaciones de manera discreta entre el rais palestino Mahmoud Abbás y el Primer Ministro israelí Ehud Olmert.

No faltarán otros desafíos: Darfur, el este del Congo, Corea del Norte, Kosovo. Estos problemas pondrán a prueba las energías de Oriente y Occidente, y no pueden ser solucionados por la ONU en solitario. La prueba para un Secretario General es si puede catalizar soluciones o no. Esto es una habilidad que no se impulsa mediante visitas al Lincoln Center o bailes de caridad, sino a través del diálogo más sincero con los líderes mundiales. El interés de Ban en la diplomacia discreta se medirá a través de los resultados, como debería hacerse con todo el trabajo de la ONU.

Ruth Wedgwood es profesora de derecho internacional y diplomacia en la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados de la Universidad Johns Hopkins y colaboradora del proyecto de Anne Bayefsky Eye on the UN.

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