“No hay pretexto de que el Congreso no lo dejó actuar porque el Presidente tiene pocos contrapesos institucionales en esta materia. Fox perdió la oportunidad de adecuar los intereses y principios de la relación de México con otras naciones. En cambio, toleró la politiquería y caprichos personales que le hicieron gran daño a un país que todavía no encuentra el lugar que quiere ocupar en un mundo cada vez más competitivo y globalizado.”
Relaciones Internacionales
EL gobierno de Fox ha fallado en política exterior. Y aquí no hay pretexto de
que el Congreso no lo dejó actuar porque el Presidente tiene pocos contrapesos
institucionales en esta materia. Fox perdió la oportunidad de adecuar los
intereses y principios de la relación de México con otras naciones. En cambio,
toleró la politiquería y caprichos personales que le hicieron gran daño a un
país que todavía no encuentra el lugar que quiere ocupar en un mundo cada vez
más competitivo y globalizado.
Comparativamente con otras áreas del
quehacer presidencial, el Ejecutivo federal tiene pocos contrapesos
institucionales en el manejo de la política exterior. El Senado revisa lo que
hace y aprueba los tratados internacionales y las convenciones diplomáticas que
propone. De esta forma, el Presidente tiene más grados de libertad en el manejo
de las relaciones internacionales que, por ejemplo, en las políticas energética,
laboral o fiscal.
Si bien el artículo 89 de la Constitución le otorga al
jefe del Ejecutivo la facultad de dirigir las relaciones internacionales del
país, también le manda que lo haga bajo ciertos principios normativos: “La
autodeterminación de los pueblos; la no intervención; la solución pacífica de
controversias; la proscripción de la amenaza o el uso de fuerza en las
relaciones internacionales; la igualdad jurídica de los estados; la cooperación
internacional para el desarrollo y la lucha por la paz y la seguridad
internacionales”. Así, el Presidente goza de libertad en materia de política
exterior pero debe emprenderla bajo preceptos que absurdamente tienen rango
constitucional. Como es el caso en otras materias gubernamentales, los
principios deberían estar definidos en leyes secundarias.
Los principios
constitucionales fueron heredados del régimen político pasado y devienen, por un
lado, de la Carta de las Naciones Unidas y, por el otro, de la célebre doctrina
Estrada establecida por el secretario de Relaciones Exteriores de ese apellido
durante el gobierno de Pascual Ortiz Rubio (1930-1932). La doctrina establece,
en pocas palabras, que México debe abstenerse de juzgar lo que ocurre
políticamente en otras naciones, ya que esto implicaría una intromisión en su
soberanía.
Los principios definidos por Genaro Estrada tenían mucho
sentido para el México posrevolucionario, inmerso en un mundo desequilibrado a
punto de irse a otra guerra mundial. Para los gobiernos priístas posteriores, la
doctrina fue muy funcional. Por un lado, justificó por qué México no se
involucraba en problemas internacionales y, por el otro, protegía a un régimen
autoritario, sobre todo en el asunto de los derechos humanos. Los mexicanos
prometían no meterse en asuntos internos de otras naciones mientras que éstas
hicieran lo mismo con ellos. En la práctica, sin embargo, la política exterior
fue siempre más pragmática que dogmática, como debe ser. El problema es que hoy
no tenemos ni lo uno ni lo otro en la definición de cómo debe insertarse México
en el concierto o desconcierto de las naciones.
Siete décadas después de
la doctrina Estrada, el “gobierno del cambio” ha fracasado en dar un nuevo rumbo
a la política exterior. Hoy, no hay brújula. Hoy, no hay una definición clara,
contundente y coherente de cuál debe ser la política internacional de México en
un mundo unipolar. Hoy, las decisiones internacionales parecen tomarse más con
base en grillas y caprichos personales que por claros intereses nacionales o
principios doctrinales, sean viejos o nuevos.
Sobran los ejemplos de la
incompetencia gubernamental en política exterior. Se abrieron y cerraron
misiones diplomáticas en el extranjero al arbitrio discrecional de altos
funcionarios del gobierno. Otro: la política de México en el Consejo de
Seguridad de la ONU se distinguió por una pelea casi callejera del canciller
Jorge Castañeda con el embajador Adolfo Aguilar Zinser. Una más: la búsqueda de
presidir la OEA fue más por un antojo del canciller Luis Ernesto Derbez que por
una decisión estratégica bien pensada para avanzar los intereses de México en el
hemisferio. Y todo esto fue tolerado por el presidente Fox.
Este
gobierno ha tenido una política exterior pobre y reactiva en la que errores y
vacíos han eclipsado aciertos. El Presidente ha fracaso en establecer cuáles son
los intereses nacionales que México está persiguiendo en el mundo; tampoco ha
reflexionado sobre la conveniencia de sostener o reformar los principios que
manda la Constitución. Los mexicanos no podemos esperar más mientras el mundo
sigue moviéndose. Tenemos que preguntarnos y responder qué tipo de relación
queremos con otras naciones, particularmente con la superpotencia mundial que,
para bien o para mal, es nuestro vecino del norte.
Las preguntas son
muchas. ¿Cuál es la definición de soberanía nacional en estas épocas? ¿Cómo
podemos defenderla y a la vez integrarnos más para aprovechar nuestra vecindad
con EU? ¿Qué podemos negociar con ellos ahora que están obsesionados por su
seguridad? ¿Cómo debemos comportarnos como país democrático que somos? ¿Debemos
mantener la neutralidad pregonada por Estrada frente a ciertas dictaduras, como
la cubana, que no respetan los derechos humanos? ¿Qué costos estamos dispuestos
a asumir en estos enfrentamientos? ¿De verdad nos convienen?
Este
sexenio parece perdido en materia de política exterior. Espero que los próximos
candidatos presidenciales sí replanteen este tema. Quizá no sea muy atractivo
para la opinión pública, pero ya no queda mucho margen para seguir a la deriva.
No podemos retrasar más la definición de qué lugar queremos ocupar los mexicanos
en el mundo.
Fuente: El Universal – México
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