Vamos mal en competitividad, en el índice de transparencia, en crecimiento, en libertad económica, en productividad, en expectativas de inversión.
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Domingo, 08 de marzo 2026
Vamos mal en competitividad, en el índice de transparencia, en crecimiento, en libertad económica, en productividad, en expectativas de inversión.
EL CATO
Ciertamente, el lugar de la economía mexicana dentro del mapamundi económico se
encuentra en mejor ubicación que, digamos, países como Venezuela o Argentina.
Pero las comparaciones son odiosas, y, a la vez, tramposas. El hecho es que, a
pesar de todo, el desempeño económico de nuestro país se ha caracterizado por
niveles muy por debajo de su potencial de alto crecimiento. Esta circunstancia,
junto con la expectativa que no se podrá desatorar la agenda de reformas
estructurales del proceso político, ha generado una depreciación inevitable de
la paridad del peso frente al dólar. En este sentido, el tipo de cambio ha
funcionado como un espejo económico del clima de inversión. El deterioro de
este, sea en productividad, o en el índice de crecimiento, se ve reflejado en
una baja en la cotización de la denominación del régimen de inversión, o sea,
del peso mexicano. La desconfianza es gradual, pero secular. Sin un cambio en el
rumbo, sin una terapia de choque, esta tendencia hacia la depreciación cambiaria
seguirá dándose, con los altibajos típicos de un sistema de flotación, pero con
una tendencia bien definida en el mediano plazo. Otro espejo económico de los
vacíos en materia de crecimiento que existen en la economía mexicana es el
crecimiento de la actividad informal. El Reporte Anual del Banco de México da
una sentencia dramática sobre este fenómeno generalizado: si no tuviésemos
economía informal, el país estaría al borde de una catástrofe social. Es la
válvula de escape por excelencia que permite seguir como estamos, a pesar de
todo, a pesar de los problemas capitales que enfrentan los retos económicos del
crecimiento. La informalidad, como fenómeno socioeconómico, va mucho más allá
del llamado “mercado negro.” El crecimiento ahora proyectado de la población
económicamente activa está convirtiendo al famoso bono demográfico en una bomba
en potencia. Dado el entorno de mediocridad (baja en competitividad, baja en
productividad laboral, estancamiento en el nivel de crecimiento), el excedente
laboral crece mucho más allá de la capacidad de nuestra economía formal para
ofrecer las plazas correspondientes. Este se exporta, ya sea al norte de la
frontera, o hacia las rutas paralelas de la informalidad. Una consecuencia es
que el crecimiento generado dentro del sector informal se da en una forma
paralela, no registrada, con intercambios comerciales y mercados financieros
espontáneos, pero sumamente primitivos, y con un esquema de tributación
paralelo, lleno de incentivos perversos. El resultado en la economía real es que
aun con los beneficios de la estabilidad, persiste la situación de nuestro país
como una economía rica en potencia, pero con un gravísimo problema de pobreza.
Vivir en la informalidad no es la solución, es un mecanismo de escape que
condena al ciudadano informal al subdesarrollo permanente, a vivir en el
inmediato plazo. Estos, pues, son dos espejos negativos de nuestro actual
régimen de inversión. El crecimiento la informalidad, y la depreciación del tipo
de cambio, son dos lados de una misma moneda económica, devaluada, desgastada, y
estancada.
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