Política

Obama y Latinoamérica: depende de nosotros

Para Ángel Soto, América Latina debería construir puentes de acercamiento con Obama, pensar qué le va a ofrecer y cómo lo puede invitar a ser socio en su desarrollo.

Ángel Soto

Se multiplican los artículos y análisis de opinión respecto a qué hará Barack Obama por Latinoamérica y cuál será su política exterior hacia nuestro vecindario. Durante la campaña presidencial le enrostraron al entonces candidato que no hubiera viajado al continente; ahora es de esperar que no se cumpla el dicho de que a “candidato nombrado, candidato quemado”.


Además, existen dudas respecto de quién será el asesor de Obama para América Latina, pues hay quienes miran con preocupación la continuidad de Thomas Shannon al frente de los asuntos regionales. Los más pesimistas recuerdan que siempre hemos sido el patio trasero de Estados Unidos, por lo que nada cambiará.


El tema, así presentado, es el clásico esquema de dependencia latinoamericana que tantos dolores de cabeza nos ha causado, a saber: ¿qué harán ellos por nosotros? Vale decir, con casi doscientos años de vida independiente seguimos sin asumir nuestra madurez y queremos que otros nos guíen. Quizás sea una actitud más cómoda, porque proporciona un culpable en caso de fracaso: “Fueron ellos, no nosotros”.


Esa mirada me parece un error. Podemos pasarnos años esperando, criticando y especulando respecto sobre Estados Unidos sin que algo cambie. ¿Queremos repetir las expectativas frustradas que trajo la Alianza para el Progreso de Kennedy?


La pregunta debiera ser: ¿Qué hace Latinoamérica por ganarse la atención de Estados Unidos? ¿Qué ofrecemos para que la potencia del norte se interese en mirarnos? ¿Qué obligación tiene de venir a ayudarnos? ¿La del hermano mayor?


No nos engañemos, nuestro subcontinente juega un papel bastante marginal en la política exterior norteamericana y no veo razones para que, en este momento, ese eje se cambie radicalmente. Los temas de la agenda siguen siendo los mismos: migraciones, tratados de libre comercio, narcotráfico; mientras que los países que generan atención son: Cuba, Colombia, México, Venezuela y Bolivia.


Históricamente ha existido resentimiento y odiosidad hacia los “gringos” en nuestra región, que muy a menudo huele a envidia patológica que se acaba en cuanto se obtiene la visa, pues ese país sigue siendo el referente y destino más deseado de los latinos, el lugar que ofrece la esperanza de cumplir los sueños que el país propio frustró.


Odiosidad antinorteamericana, por cierto, también alimentada por la retórica populista de quienes se benefician de la existencia de un enemigo externo, y que en el último tiempo vemos expresada en el neopopulismo chavista y en su seguidor más inmediato, el Presidente boliviano, Evo Morales. Episodios como expulsar al embajador de Estados Unidos o citarlo de madrugada para luego hacerlo esperar, como ha pasado en más de una ocasión, parecen signos de mala educación más que demostraciones de fuerza e independencia.


¿Qué hacemos nosotros para ganarnos la confianza de los gringos? ¿Ir en peregrinación a La Habana, como lo hicieron las dos señoras que gobiernan parte del Cono Sur?


Podemos sentarnos a esperar el llamado de Obama, aguardar a leer los papers y escuchar qué nos dirá en la próxima Cumbre de las Américas para a continuación vocear nuestro descontento (porque, evidentemente, quedaremos disconformes). En lugar de eso debiéramos construir puentes de acercamiento, pensar en qué le vamos a ofrecer a Washington y cómo lo invitamos a ser socio en nuestro desarrollo.


Por ahora, el cambio de un eje de la seguridad y enfrentamiento al de la diplomacia, la cooperación democrática y económica podría ser un paso adelante. El resto dependerá sólo de nosotros.

Fuente: Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina (CADAL)

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