Política

Populismo a la europea

Rodríguez Zapatero insiste en defender apasionadamente el “Somos Europa” aunque persiste en su actitud parsimoniosa frente a la atavismo vasco.

editorial
Las principales voces de la política de España han coincidido en pedir el “sí” a la Constitución europea porque, entre otras cosas, este texto beneficiará a la unidad de España. El jefe de la oposición, Mariano Rajoy, lo ha dicho de forma explícita -la Carta Magna impedirá que prosperen “los fines independentistas” del Plan Ibarretxe-, mientras que el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, ha subrayado que “una Europa fuerte y unida es lo mejor para una España unida y fuerte”.

Rodríguez Zapatero pronunció un apasionado alegato pro-europeo ante los diputados que deberán aprobar la convocatoria del referéndum sobre la Constitución Europea y deseó que España dé “ejemplo” a los otros países. “El 20 de febrero, España será el primer país de la Unión que celebre una consulta sobre la Constitución Europea (. . . ) los ojos de toda Europa estarán puestos en España”, afirmó.

Sería mejor que el presidente Zapatero volcara el mismo apasionamiento en defender la Constitución española, que es la que en este momento está más amenazada gracias a la secesión xenófoba del Plan Ibarretxe. El farragoso texto de la Constitución Europea que se desea aprobar en el referéndum de febrero difícilmente pueda servirle de excusa frente al integrismo nacionalista cuando él mismo manifiesta una pasividad alarmante. Actitud, por cierto, que acaba de ser sancionada por el editorial del Wall Street Journal en el que se insiste en la falta de liderazgo de Zapatero y en el peligro que corre Europa con el plan secesionista vasco.

Tampoco es acertada la postura del presidente del Gobierno en dar el “sí” a la Constitución Europea casi a ciegas sin antes someterla a un exhaustivo debate en donde predomine la fuerza de la razón y de los argumentos por sobre las emociones y los sentimientos. Cuando diversas encuestas muestran con sobrada evidencia que los españoles en su mayoría desconocen el contenido de la Carta Magna europea, es mucho más atinado fomentar su lectura y su discusión que recurrir a las pasiones primarias.

Porque, además, ya bastante se hizo en ese sentido al recurrir a una indigerible campaña pseudo-informativa a favor del tratado constitucional. Mediante esa publicidad se le ha pagado con dinero del erario público a viejas glorias del deporte y artistas consumados para que lean las retóricas proclamas de la constitución sin poner siquiera una línea de su contenido en tela de juicio.

Desde sus esbozos más recientes, Europa ha sido fiel a una tradición de continúa investigación, análisis y crítica; dar por aprobada esta Constitución Europea sin atravesarla por la necesidad vital de la discusión y el debate no sólo nos sume en la ignorancia sino que nos aparta, y mucho, de nuestra raigambre europeísta.

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