“Se ven como redentores sociales. Adoctrinan y reclutan afanosamente a la generación siguiente de Gramscianos e izquierdistas y de odiadores Churchilianos del sueño americano, para salvar al mundo del resto de nosotros. Esta es la misión verdadera que les guía.”
Educación
La historia que estoy a punto de relatar tuvo lugar en mi visita al campus en
Honolulu de la Universidad de Hawai la semana pasada. Es completamente
indicativa del comportamiento aprofesional, desafortunado e inaceptable de
muchos profesores de nuestros campus universitarios, en este caso un presidente
del Departamento de Ciencias Políticas del campus de la UH-Manoa, un hombre
llamado Jonathan Goldberg Hiller. El estudiante que me invitó a la universidad a
nombre de los College Republicans — le llamaré Jamie — es un licenciado en
ciencias políticas. En anticipación a mi visita, Jamie había preguntado al
profesor Hiller si su departamento sería uno de los patrocinadores de mi charla
y si el departamento celebraría una recepción para mí. El profesor Hiller dijo
sí a ambas solicitudes.
Una razón y (como se hizo obvio a mi llegada) el
único motivo por el que el profesor Hiller consintió a la primera petición fue
porque Ward Churchill había impartido una conferencia en la universidad semanas
antes. De hecho, el único motivo por el que la propia universidad dispuso en
secreto honorarios modestos para mi discurso fue propiciar el golpe. La agenda
era demostrar lo “diversa” y “justa” que era. De hecho, hubo una diferencia
sustancial en la respuesta de la universidad a Ward Churchill y a mí mismo, y no
sólo en el tamaño de la muchedumbre, que estaba enormemente a su favor. Antes de
que Churchill llegara, los profesores de ciencias políticas y de otros
departamentos compitieron entre sí por el honor de presentarle, y asistieron en
masa, y animaron a los estudiantes a hacer lo mismo. No aparecieron profesores
en mi conferencia. En su lugar había unos 40 manifestantes que trajeron
pancartas que rezaban, “No libertad de expresión para los fascistas” y lemas
similares. Tuve problemas hasta para persuadir al jefe de seguridad de mantener
el orden, para que pudiera seguir mi conferencia sin manifestaciones en el hall.
De hecho, estaba resignado a tener que pasar hasta el comienzo de mi conferencia
cuando un vicepresidente de la universidad apareció repentinamente y dio a la
seguridad las órdenes de salida apropiadas. (Estoy seguro de que tengo que
agradecer a Ward Churchill esto también).
Mi conferencia, que tuvo lugar
a última hora de la tarde, fue razonablemente bien. No hubo pasteles y aunque
hubo algunos abucheos y una pared [forrada] de pósteres hostiles frente a mi
desde la parte posterior de la audiencia, hablé durante una hora y no hubo
interrupciones. Incluso me entregaron una guirnalda [hawaiana].
La
recepción en el Departamento de Ciencias Políticas había sido programada por la
tarde más temprano. A la hora elegida, Jamie, que es un joven bien educado, me
llevó a la oficina exterior del Departamento de Ciencias Políticas. Lo primero
que noté fue que la puerta de la oficina del presidente estaba decorada con un
gran póster anti Guerra de Irak. He hecho una campaña personal contra tales
declaraciones políticas en despachos de profesores. Los estudiantes van a esos
despachos a que les aconsejen. Tales declaraciones partisanas generan una pared
entre el profesor y el/la estudiante a la que es su deber profesional ayudar. No
sirven para otro propósito que no sea liberar la bilis de estos individuos
apoltronados que aparentemente están tan frustrados como para ser incapaces de
mantener una autodisciplina nimia en presencia de una audiencia estudiantil
cautiva que – incluso si discrepa de las afirmaciones — no tiene otra opción
que sufrirlas. Pregunté a Jamie, que es un veterano y cuyo padre sirvió a este
país en el ejército, si había ido a clase con el profesor Hiller. Cuando dijo
que no, le preguntó por qué. Él señaló al cartel.
Cuando vamos a la
consulta de nuestros médicos no esperamos ver carteles en las puertas de sus
consultas haciendo declaraciones políticas atacando la guerra de Irak o atacando
a los que se oponen a ella. Eso se debe a que los médicos son profesionales y
han jurando tratar a todos sus pacientes sin importar su orientación política.
¿Por qué no podemos esperar la misma profesionalidad y decencia de nuestros
profesores?.
Mientras me encontraba en la oficina exterior con Jamie,
observé que un hombre me miraba nervioso. Su expresión era conflictiva, como si
tuviera una obligación que no deseara cumplir en absoluto. Supe inmediatamente
que era el presidente del departamento, el profesor Hiller. Debo hacer un
paréntesis en este punto para explicar que, aunque yo mismo soy una figura
partisana y no un profesor — y por lo tanto no tengo ninguna obligación para
con los estudiantes a mi cargo que pueden discrepar con mi política — cuando
invito a progresistas o a izquierdistas a los actos que organizo, tengo especial
cuidado en darles la bienvenida y protegerlos de ataque. A veces, un conservador
de entre mi audiencia no podrá contener su nerviosismo en presencia de un
oponente político y dejará ver esa hostilidad. En esos casos, salgo de mi línea
para amonestar a tales individuos, defender a mis invitados y hacerles sentir
confortablemente.
No dejé que el profesor Hiller sufriera mucho con su
dilema, sino que fui directo hacia él, le sonreí razonablemente y dije, “soy
David Horowitz”, y estaba a punto de darle la mano cuando replicó, “yo soy uno
de los progresistas de su lista”. A lo que se refería era a mi lista “McCarthy”.
La izquierda estaba perpleja al principio con tener que oponerse a una campaña a
favor de la libertad académica, pero se ha recuperado para ponerse su manto
acostumbrado de victimismo y afirmar que el intento de defender a los
estudiantes del hostigamiento político es en realidad una caza de brujas contra
sus opiniones políticas. No muy inteligente pero eficaz no obstante.
Por
supuesto la Academic Bill of Rights comienza con una defensa de su derecho [a
tener] sus opiniones políticas, pero los hechos no son ningún obstáculo cuando
eres el estamento educativo y los medios están acostumbrados a ser tu caja de
resonancia. La verdadera lista negra en esta universidad y en otras es
instituida por el claustro. Sólo hay un profesor conservador en el departamento
del profesor Hiller, por supuesto, y era él [el propio profesor Hillel] quien me
acusaba. (Por no mencionar el panfleto universitario que me atacaba como un
demonio de la derecha).
El profesor Hiller es por supuesto nada menos
que un progresista, como él afirmó. En la página web de su claustro, se jacta de
que su inspiración es Antonio Gramsci, un comunista italiano que adoraba y
servía a Joseph Stalin, uno de los mayores asesinos de masas de la historia de
la humanidad, un hecho que no me molesté en mencionar.
Pero mi tono
cambió inmediatamente en respuesta al insulto del profesor. Dije, “bien, puesto
que usted ha dictado sentencia, ¿cómo es que pone propaganda política en la
puerta de su despacho, a donde los estudiantes acuden [en busca de] consejo?.
¿Qué pensaría usted si yo fuera profesor de este departamento y montara un
póster en la puerta de mi despacho llamando traidores a los manifestantes
pacifistas?”.
“Usted no es profesor de mi departamento”, dijo irritado.
“Por supuesto que no”, contesté, “y no podría serlo, puesto que los progresistas
como usted han instituido una lista negra contra conservadores como yo”. Ese fue
el final de nuestra conversación.
Jamie y yo salimos de la oficina
exterior y caminamos cerca de 10 metros hasta donde el Departamento de Ciencias
Políticas había reservado la sala donde los profesores se iban a reunir conmigo.
En la pared exterior de la sala y a la izquierda de la entrada había un póster,
con una imagen mía al lado de Joseph McCarthy. Muy sutil. Y da que pensar que
Hiller no lo quitara.
Casi no necesito añadir que el único profesor que
apareció en la recepción era el único conservador del departamento, con quien ya
me había reunido y al que ya conocía, y que como mujer y como minoría, se había
caído del panorama de contratación conservador.
Este incidente me
deprimió más de lo que podría hacerlo cualquier tarta o protesta. El insulto,
que había sido planeado cuidadosamente por este presidente y su departamento, no
era contra mi en realidad, dado que recibo insultos cada día y mañana será otro
día — sino contra Jamie y todos los estudiantes conservadores de la Universidad
de Hawai que se quedarían allí cuando me hubiera ido, y que pasan cuatro años
como ciudadanos de segunda en su propio centro.
Intento figurarme qué
tipo de profesor hace nada menos que esto a sus estudiantes. ¿Quién podría ser
tan petulante, tan deficiente de tolerancia humana, como para inflingir tal
herida a un joven que ha acudido a él para aprender, y por un triunfo tan
trivial (si se le pudiera llamar así)?.
De esto es de lo que va en
realidad mi campaña por la libertad académica. Va sobre profesores abusones, de
autoestima tan patética como para perpetrar a diario una guerra contra
estudiantes 20, 30 o 40 años más jóvenes y sobre los que tienen un inmenso poder
institucional. Para comportarse así, tienen que abandonar todo principio ético
que pretenda legislarlos como profesores (y que de hecho se escribe en sus
manuales de claustro y es ignorado). Pero por supuesto hacen esto por un
propósito más alto: Se ven como redentores sociales. Adoctrinan y reclutan
afanosamente a la generación siguiente de Gramscianos e izquierdistas y de
odiadores Churchilianos del sueño americano, para salvar al mundo del resto de
nosotros. Esta es la misión verdadera que les guía, no la satisfacción
académica. Es el motivo por el que el nivel intelectual de las humanidades en
las universidades americanas se encuentra en su punto más bajo, y por lo que el
ambiente académico nunca ha sido menos libre.
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