Esta sensibilidad hacia las desigualdades (que han estado siempre presentes en la historia humana) se agudiza en las épocas de crisis económica, cuando, al disminuir la riqueza, hay menos que repartir. Quienes tenían una renta media ven reducido su nivel de vida. Y quienes ya tenían poco caen por debajo del umbral de la pobreza, que más que un umbral es un hoyo.
Se explica así que, al menos en Europa, amparándose en esa situación hayan surgido partidos políticos, a la derecha y a la izquierda, que cuestionan la validez del modo actual de vivir la democracia. Se resucitan los antiguos fantasmas del proteccionismo o se cae en la siempre presente tentación del populismo, del que es buen ejemplo, en España, el partido Podemos. A quienes no tienen casi nada se les promete todo y se les dice que, con esa política nueva, se acabarán las desigualdades.
Es la vieja utopía de Marx: “de cada uno según sus capacidades, a cada uno según sus necesidades” (silenciando que, para hacer esto, sin duda un ideal justo y humano, se precisa o una generalizada práctica de la virtud o, en su defecto, un Estado totalitario y controlador de las libertades).
Un tratado de la desigualdad
Para analizar la desigualdad en las democracias actuales compensa seguir de cerca un libro de Pierre Rosanvallon, La sociedad de los iguales (1). Rosanvallon pertenece, como Piketty, a la École de Hautes Études Sociales de París, de la que es director de estudios.
Las democracias actuales, dice, han avanzado en la garantía de las libertades, en la ciudadanía política; pero han retrocedido en la ciudadanía social. Hay una fractura entre las dos. “El aumento de las desigualdades es a la vez indicador y motor de esa fractura. Es la lima sorda que provoca una descomposición silenciosa del vínculo social y, simultáneamente, de la solidaridad”.
La mayor parte del libro es un amplio, detallado y ameno fresco de la historia de las desigualdades en Francia (de la Revolución francesa a hoy); en Estados Unidos (con un estudio interesante sobre cómo, tras su abolición, la esclavitud se perpetuó mediante la segregación) y, con menos extensión, en Gran Bretaña y Alemania. A grandes rasgos el resumen es: las desigualdades no encuentran el mínimo remedio político hasta finales del XIX (las primeras políticas sociales son alemanas, por obra de Bismarck); se acentúan las soluciones en los años veinte del siglo XX (en España, en 1920, gobernando el conservador Eduardo Dato, se implanta por vez primera el seguro social obligatorio); se incrementan en el periodo entre 1945 y los años setenta (es significativa la labor del laborismo con Clement Attlee y de la socialdemocracia en los países nórdicos); pero empiezan a disminuir a partir de los años noventa, hasta hoy mismo.
Siendo este panorama verdadero, hay que decir que, incluso con las rebajas y recortes de los últimos veinticinco años, la situación media es hoy mejor que la de cualquier otra época: sanidad y educación gratuitas, pensiones, prestaciones de desempleo… El dramatismo está en las rentas bajas. Aunque el tópico, verdadero, requiere alguna matización, es cierto que últimamente los ricos se han hecho más ricos o se han quedado igual, pero los pobres se han hecho más pobres. No es una apreciación adscribible a una posición política partidista: la experiencia de las organizaciones de ayuda social, de forma primordial Cáritas, es inequívoca.
El gran cambio de los años noventa
El gran cambio hacia una menor solidaridad se produce en los años noventa. Según Rosanvallon, se debió a tres factores: la crisis de las instituciones de solidaridad, el advenimiento de un nuevo capitalismo y la metamorfosis del individualismo. El detonante fue la crisis económica de mediados de los años noventa (en 1995, la tasa de desempleo en España era del 22,9% y la media europea del 11,2%).
No es posible resumir todo el análisis. Especial importancia tiene el paso desde un individualismo de la universalidad a un individualismo de la singularidad, en el que los seres humanos ya no se ven principalmente como semejantes. La elección individual justificaría todo y, por tanto, no habría fundamento para quejarse de que las ganancias de algunos directivos sean estratosféricas (“en 1990, por ejemplo, en Estados Unidos, los doscientos directores generales de las grandes empresas ganaban 150 veces el salario medio del obrero de producción”). Algo semejante ocurre con las ganancias de las “estrellas” (de algunos deportes, del cine, de la música popular, etc.).
Dando por estable, y como valor, esa singularidad, Rosanvallon propone dos elementos decisivos que deberían inspirar política y actitudes: la reciprocidad y la comunalidad. “La reciprocidad puede ser definida como igualdad de interacción (…) la regla que crea consensos porque se basa en un principio de equilibrio en las relaciones sociales”. Por su parte, “una comunidad se concibe como un grupo de personas unidas por un vínculo de reciprocidad, por un sentimiento de exploración aunada del mundo, por el hecho de compartir un entramado de adversidades y de esperanzas”.
Un cierto pesimismo
La nota más pesimista de este libro está en la introducción: “Una mayoría de personas, a veces muy amplia, tiene la sensación de vivir en una sociedad injusta, sin embargo ese juicio no da lugar a acciones reivindicativas o a decisiones políticas seriamente susceptibles de invertir el curso de los acontecimientos”. O esto: “Se condenan las desigualdades de hecho mientras se reconoce implícitamente como legítimos los mecanismos de la desigualdad que las condicionan. Propongo llamar paradoja de Bossuet a esta situación en la que los hombres se lamentan en general de aquello que aceptan en particular”. (La frase de Bossuet, el gran escritor francés del XVII, es: “Dios se ríe de los hombres que se quejan de las consecuencias y en cambio consienten sus causas”).
El autor no desarrolla, más allá de cuatro pinceladas obiter dicta, un tema de fondo, que explicaría muchas cosas: cuando en una sociedad decae la práctica de la virtud, en toda su amplia gama, el egoísmo ganará siempre la partida al altruismo, el propio beneficio a la solidaridad. Lo que Rosanvallon llama reciprocidad y comunalidad no se mantiene en pie sin la suma de muchos esfuerzos morales singulares, personales.
Atender al excluido
Sean los que sean los cambios en la percepción de la igualdad o la desigualdad social, hay hechos y situaciones a los que hay que dar respuesta, si se tiene un mínimo sentido de humanidad: el caso de las personas discapacitadas –de nacimiento o por accidente o enfermedad sobrevenida–, el de los ancianos sin recursos, el de los niños sin la alimentación o los cuidados necesarios, el de los desempleados de larga duración, el de muchos inmigrantes… También el de quienes, por culpa propia, ha llegado a una situación extrema, como en el caso de las graves adicciones. Cualquier sociedad y, por tanto, el Estado que es su forma jurídica, tiene el deber, nacido de la justicia, de proveer a las necesidades de estas personas desgraciadas. Desde el punto de vista ético es una exigencia inmediata. En la moral cristiana, un deber de caridad y de justicia a la vez.
Es cierto que los recursos, también los del Estado, son limitados, pero siempre es posible recortar en gastos públicos innecesarios, aumentar la presión fiscal a quienes más tienen, fomentar el voluntariado y la ayuda –con control profesional– a organizaciones benéficas sin fines de lucro…
Estos temas no están tratados en el libro de Rosanvallon, más interesado en analizar los cambios en la percepción de la igualdad, pero son esenciales y, en cierto sentido, pre-políticos. Ninguna persona debería dormir tranquila mientras a su alrededor cientos de miles o incluso millones de semejantes carecen de lo indispensable para llevar una vida digna.
Las soluciones populistas, la gratuídad a ultranza, no crean riqueza y, por tanto, a medio plazo, engendran más ruina, además de poner en peligro las libertades. Hay que reconocer la desigualdad que nace del mérito o incluso del azar; la necesaria competencia profesional para ganarse mejor la vida; la responsabilidad personal por los propios actos; la competitividad, indispensable en una economía global… Todo eso ha de fomentarse y, antes que nada, con una continua formación de cada persona. Pero, hecho todo eso, siempre quedará esa geografia de la desgracia, ante la que no se puede ser indiferente.
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(1) Pierre Rosanvallon. La sociedad de los iguales. RBA. Barcelona (2012). 445 págs. 28€. T.o.: La société des égaux. Traducción: María Pons.