Política

Putin ¿Camino al despotismo?

Rusia parece no poder deshacerse de los gobiernos despóticos. A un siglo de la revolución Putin es el
nuevo dictador, y en el S XXI con métodos de
persecución para los que cuestionan su gobierno
mucho más sofisticados.

Pablo López Herrera

La revolución rusa de comienzos del siglo XX
se hizo supuestamente para terminar con
un régimen que se consideraba despótico.
Un siglo y decenas de millones de víctimas
después, surge con claridad y fuerza un nuevo


despotismo, que va tomando forma,
como producto de un liderazgo personalista
y nefasto que utiliza el poder a discreción con el


objetivo de promover un gobierno autocrático e


inmisericorde.

Un siglo de persecuciones ha sofisticado los
métodos La vieja policía del zar, aplicaba los
métodos tradicionales. La Che-Ka, la GPU y
la KGB fueron ampliando y sofisticando los
métodos y el alcance de su actividad, para


“procesar” a quienes consideraban los
enemigos del régimen. Cuando el régimen
comenzó a dar señales de agotamiento,
y la sociedad civil que solamente quiere
manifestar su disidencia y ejercer sus
derechos comienza a molestar, se les
da nueva vida a los internados psiquiátricos,
que “transforman” a quienes luchan


pacíficamente por la libertad  en enfermos


mentales que necesitan internación.

Se pensó que con la caída del muro de Berlín,
se abriría automáticamente un camino que


desembocaría rápidamente en una democracia
libre. Los hechos demuestran que la
“nomenklatura” realizó un cambio de
fachada con una apertura económica al estilo
de la NEP de Lenin, y con cierta libertad de


circulación, salvo para quién se oponga al
presente residuo de dictadura (2).
La continuación y mayor sofisticación en las
formas de dominio, muestran la presencia y la


actividad de una dirigencia dispuesta a no poner
su poder en juego. En un esquema como el
vigente, simplemente no habrá lugar para una democracia


libre, si esta no es ganada por la
fuerza de la opinión pública y por la propia
sociedad rusa.

Entre otros métodos, hay dos particularmente


repugnantes para el mundo civilizado:
la internación en un hospital psiquiátrico a quién
se juzgue desequilibrado, con el amparo de una
ley que impide a la familia exigir la evaluación


alternativa independiente del “enfermo”, y los


violentos que se atribuyen al RUBOP
(Comando Regional de Lucha Contra el Crimen Organizado)


a las órdenes del ministro del interior.

Entre las principales víctimas de estos métodos


figuran Artem Basyrov, de 20 años, que
fue detenido por dos policías de civil y
confinado el 23 de noviembre en un hospital


psiquiátrico, según fuera denunciado por
Alexander Averin, del Partido Nacional
Bolchevique, por supuesto opositor. Su partido
forma parte de la coalición La Otra Rusia, que


organizó las llamadas “Marchas de los Disidentes”
en toda Rusia.

Yury Chervochkin, de 22 años, “implicado” en


la promoción de marchas de disidentes, falleció


de resultas de una presunta golpiza policial
durante una protesta del mes de noviembre
pasado, no sin hacer una postrera llamada


identificando a quienes lo seguían como
integrantes del RUBOP.

El Daily Telegraph informo recientemente que
Andrei Fedorovich fue mantenido en una


clínica durante 43 días el otoño pasado, luego que
sus vecinos, que tenían relaciones poderosas
en la policía de Moscú, lo denunciaron como


loco cuando trataba de tomar posesión de su


departamento.

El mismo diario, informa de un caso


particularmente doloroso referido a Larisa Arap,


detenida en una ciudad ubicada más allá del círculo ártico,
Murmansk, internada en un hospital psiquiátrico
y medicada con los remedios de la “psiquiatría punitiva”


por sus críticas en un artículo periodístico.

Recientemente también fue detenido por
motivos fútiles el ex campeón mundial de
ajedrez Garry Kasparov, reciente autor del
excelente libro “El ajedrez y la vida”, que
dirige un Frente Cívico Unido, y que


seguramente experimenta mas dificultades


en ejercitar sus derechos políticos que en haber


conquistado y mantenido por años su puesto


de campeón.

Salvando todas las distancias, Putin ocupa


estratégicamente el poder en una Rusia post


revolucionaria como lo hizo Napoleón luego
de las cenizas y los muertos de la revolución


francesa. Su discurso es nacionalista.
Tiene un cerebro frío y privilegiado, una ambición
sin límites, el dinero del petróleo y el gas,
y aparenta carecer de escrúpulos.
En su propio país ya lo están sufriendo quienes


luchan por su propia libertad política arriesgando
sus propios cuerpos. No debemos dejarlos solos.
Ya no caben dudas acerca de su ambición
y de su estrategia. Por ahora, solo está
mostrando las uñas.

Gregorio Alexinsky, que fue participe y testigo
de su época como político y diputado de l
a Duma, luego de constatar y describir los
terribles primeros años de la revolución,
publica en 1923 “Del zarismo al comunismo”,
un libro sobre la revolución, sus causas y
efectos. Luego de describir con objetividad
y cierto detalle la destrucción de Rusia, las


hambrunas y la emigración, pronostica sin la
menor duda la desaparición del régimen comunista,


porque un pueblo “al que le produce sufrimientos


inauditos se le pone en contra”. Sabemos lo que pasó.

Predecía Alexinsky que el estado de cosas al que
se había llegado, debía “necesariamente
desarrollar el espíritu conservador”.
Afirmaba (¡1923!) que “en la Rusia del mañana,
las ideas sociales no serán revolucionarias,


y el derecho de propiedad prevalecerá de


la manera  más absoluta. Las concepciones


comunistas y socialistas no gozarán de las


simpatías de la población, a los ojos de la cual


están fuera de consideración, gracias a la experiencia
bolchevique”. “La Rusia del mañana será
un país verdaderamente democrático y


verdaderamente libre, cuyos principales
resortes económicos y sociales serán la
iniciativa privada y la libre competencia en
todas las áreas”. “La Rusia del mañana
protegerá su genio nacional y cultivará


apasionadamente las manifestaciones
más preciosas y más bellas: la ciencia,
el arte, las letras, las fuerzas de defensa,
y tantas cosas dejadas de lado hoy que
constituyen el alma de una nación”.
El papel muestra que aguanta todo lo que
se quiera escribir sobre el, sin quejarse…
Después, vino Stalin y todos conocemos la


continuación de la historia.

Al pueblo ruso le costó cara su revolución.
¿Habrá terminado de pagar por ella?
Los errores de apreciación, así como un
optimismo ciego similar al que mostraba
Alexinsky, pueden volverle a costar caro
a Rusia, a Europa, y al resto del mundo.
Como siempre, todo depende del precio
que estemos dispuestos a pagar los hombres
libres: por nuestros principios y por nuestra libertad. 


Fuente: Fundación Atlas.                                                                                

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