Política

¿Qué pasa con la derecha argentina?

Hoy por hoy en Argentina, ya nada es lo que parece. Tampoco lo que debiera ser. Desentrañar qué ocurre con esa suerte de corriente ideológica denominada “derecha”, se torna complejo.

Gabriela Pousa
A medida que se avanza, el laberinto se complica y ninguna salida es inocente.
La pregunta deviene en eco. La respuesta se inmiscuye entre silencios. Si bien,
en materia de ideas, las etiquetas nunca son dables de confianza ni garantizan
un cien por ciento de certeza, parece imposible deshacerse de ellas.

A
pesar de la amplia gama de grises, que van del blanco al negro, los matices sólo
admiten ser comprendidos en tanto se los asocie según similitudes y
coincidencias. Desde luego, habrá también, tonos discordantes, encaminados por
trayectos lindantes, abriendo paso a nuevos modismos o
convencionalismos.

Pese al consejo de Ortega y Gasset, que consideraba
una hemiplejía moral adherir a rotulados cuando se invocan concepciones
políticas, la derecha y la izquierda nunca pudieron independizarse de las
cuestiones inherentes a la ideología. Debiera rescatarse, sin embargo, el
carácter parcial de ambas, para eludir fanatismos que ciegan, y tener en cuenta
el grado de vigencia que mantienen, en un hábitat donde el cambio es permanente.
Claro que, en definitiva, cuando lo que está en juego son las ideas, lo único
trascendente es el contenido y no la etiqueta…

Las ideologías políticas
contemporáneas surgen de las principales reacciones adoptadas ante la Revolución
Francesa. Así, nos encontramos con los reaccionarios a ella, pretendiendo
restaurar el viejo orden del Antiguo Régimen. Quizá, pueda mencionarse a Joseph
de Maestre como principal referente. Otro grupo, estaba constituido por aquellos
que asumieron radicalmente los principios y valores de la Revolución hasta las
últimas consecuencias. De ellos puede decirse que proceden la democracia radical
y las ideologías de la izquierda. Su representante más exiguo fue Marx.


Por último, está aquella fuerza compuesta por quienes ensayaron lo más
difícil, o tal vez lo que se revelara como prudente y fértil: la búsqueda de un
punto de conciliación y armonía entre las dos posiciones en principio
inconciliables. De allí, surge de algún modo, la monarquía constitucional y la
democracia liberal. No podemos dejar de considerar a Alexis de Tocqueville como
un representante diestro.

Lo que hoy se conoce como la derecha y la
izquierda no proceden inexpugnablemente, de las dos actitudes mencionadas. Han
ido desarrollando características intrínsecas, y de algún modo, es posible
admitir que en ocasiones se fundamentan y se adhieren respectivamente a esa
suerte de democracia liberal y de radicalismo democrático. En rigor, una
enaltece la libertad mientras la otra prioriza, un extraño concepto de igualdad.
Con el tiempo, a veces, se han confundido algunos lineamientos, de allí que se
hayan desdibujado en ocasiones sus perfiles, aún cuando no es factible aseverar
que han desaparecido. Sino veamos nuestro escenario en plena mitad del 2004…


A un año de la asunción de Néstor Kirchner al poder, gran parte de la
clase media argentina no se siente satisfecha. Y es que el actual mandatario ha
dejado al descubierto, su adhesión por una política embebida de bohemia
setentista, con serpenteantes bifurcaciones hacia un seudo progresismo. Mucho
maquillaje y una convocatoria reñida de reminiscencias caracterizan a una
izquierda, perdida en la noche de los tiempos, tras la caída del Muro y la
desintegración de la Unión Soviética.

Algunos miembros del Justicialismo
aseguran que, el desmesurado énfasis ideológico que el Presidente propugna,
sorprendió incluso a su hacedor, Eduardo Duhalde. Sin embargo, es el mismo grupo
social el que rechaza de cuajo, la posibilidad de ubicar al ex jefe de Estado
dentro de los postulados básicos de la derecha. Es más, hay quienes no comulgan
con la doctrina peronista -ni con sus peculiares derivaciones-, que ni siquiera
consideran al duhaldismo como una corriente capaz de sustentarse en una amalgama
de ideas. En ese caso, habría que admitir que el mismo, responde a una unidad de
intereses o a la persecución de fines que van más allá de la
ideología.

La falta de definición y el hecho de que no surja un adjetivo
capaz de aportar un haz de luz sobre qué pasa hoy con la derecha, y por qué este
resurgimiento de la izquierda, convierte al escenario en un tablero de ajedrez
donde las piezas que no son blancas, inexorablemente, han de ser negras. En
materia política, el Boca –River se convierte en esa contienda: derecha vs.
izquierda. ¿No es acaso la simplificación una característica intrínseca de la
idiosincrasia argentina? Al tratar de encontrar esa derecha para poder
explicarla en estas líneas pasé de un lado al otro de la cancha, como si fuese
arquero de dos equipos al mismo tiempo. Posiblemente, de ello deba deducir que
la respuesta se dará en una definición por penales.

Quienes están
embanderados bajo la premisa derechista, tienen en claro que, la movida
montonera y la “autocrítica” demagógica de quienes se autodenominaron “jóvenes
idealistas” en los ´70, constituyen la izquierda. Logramos así, una primera
definición por la negativa, pero definición al fin…

En esa derecha,
también hay quienes -desde una oposición férrea al gobierno-, admiten simpatizar
con las ideas que movilizaron la gestión menemista en la década del ´90, aún
cuando enfaticen la falta de transparencia y critiquen el excesivo gasto público
que entonces, se hiciera. Pero también están allí, quienes rechazan toda
iniciativa adoptada por el ex presidente, Carlos Menem. La convivencia se
resiente, pero es dable admitir que se ha ido conformando de manera tal que en
su seno están los seguidores del libre mercado, adeptos al sistema capitalista,
y aquellos que priorizan y enaltecen la defensa de la Patria y la soberanía, más
allá del régimen económico, o incluso oponiéndose a ciertas coordenadas
liberales aplicadas a la economía. Está visto que la diáspora social existe y se
ha tornado común, escuchar hablar de la derecha y de la izquierda como si se
tratara de los dos andamiajes donde sustentar una causa
política.

Planteado ese escenario como base del quehacer político, la
izquierda ha podido ser identificada, sin una estructura fuerte, pero con un
temple capaz de respaldarla en el corto-mediano plazo. Ahora bien, ¿existe en la
derecha, una unidad de criterio capaz de erigirla como alternativa? ¿Por qué no
logra estructurarse de una buena vez?… Analicemos dónde está el
problema.

UN MÉDICO A LA DERECHA POR FAVOR

Sin duda, la
izquierda, ha sabido establecer un discurso capaz de despertar el interés de una
buena parte de la ciudadanía. Mientras, la derecha, mantuvo un silencio
demasiado largo. Luego, en vez de ubicarse en un espacio donde hubiera savia con
qué nutrirse, se dispersó en búsqueda de nuevos espacios. En ese trance,
confundió el adversario y compitió con sus pares.

El otro inconveniente
lo encuentra a la hora de armar un programa alternativo que englobe las ideas de
todo el espectro inconforme con el estilo “k”. Si parte de la derecha se empeña
en reforzar su tinte nacionalista y ciertos cánones rígidos de vida, mientras la
parte restante se encapricha en los postulados del libre mercado, y en la
consigna pétrea de la autonomía individual sin contemplaciones lógicas, no será
factible que emerja del subsuelo, con una opción sin contradicciones y
concreta.

No es válido escoger enunciados tendientes a pormenorizar
detalles, en detrimento de unificar lealtades. Es cierto que la izquierda, por
más entusiasmo que siembre a través de la reivindicación de mitos arcaicos y
obsoletos en el mundo civilizado, no puede proyectarse más allá. Carece
básicamente de la posibilidad de mantenerse en tiempo y espacio. Néstor
Kirchner, justamente representa esa añoranza, razón por la cuál, uno de los
principales problemas de la Argentina, hoy es la distancia que la va alejando de
los países desarrollados.

El populismo, inmerso en el seno del Gobierno
busca atender a los “veteranos” de una guerra que ellos mismos han propulsado, a
los marginales, a los transgresores que sólo encuentran, paradigmas en el
pasado, etc. Esa recreación sin calidad, de un escenario viejo y en desuso
responde a un idealismo cuyos costos son altos. ¿Cómo mantener la euforia
después de 30 años? Kirchner encontró la fórmula: había que resucitar al Che
Guevara, abrazarse con Fidel y asirse de todo ese carisma del que él carece
esencialmente y, finalmente, incorporar a los “imberbes y estúpidos” a su núcleo
cercano.

En ese sentido, la izquierda sigue apelando a discursos
románticos e idealismos mágicos que seducen. Por el contrario, la derecha pierde
prensa al enfatizar la realidad, lo cotidiano que suele ser menos grato. No
puede reinventar pasados sino que debe adaptar la concepción económica, a este
“aquí y ahora”. Su oratoria deja en evidencia que los sueños, sueños son, y que
Cenicienta, a las 12 de la noche, vuelve a ser la pobre sirvienta maltrecha y no
la glamorosa joven que encantara en el palacio… ¿Cómo hacer para que el Príncipe
adopte este libreto, si le están vendiendo otro, donde en el final, “son felices
y comen perdices”? Lo grave es que está adquiriéndose un producto con fecha de
vencimiento, y falso en lo que atañe a su contenido intrínseco. En síntesis: no
se trata de un argumento veraz sino de un cuento.

Esta es una de las
principales causas por la cuál la derecha se halla un tanto devaluada. Ha
generado una suerte de microclima donde refugiarse pero no es ese, el modo como
se revierte el panorama. La queja dentro de un hábitat prefijo no genera
alternativa política. En ese epicentro derechista, puede decirse que convergen
conservadores y liberales. “Mezcla rara de penúltimo linyera y primer polizón en
un viaje a Venus”….

Una postura firme ante la administración de justicia
y un compartido énfasis en elevar la calidad de vida. Pese a los matices
religiosos que priman, no hay determinismos forzados, ni búsqueda de estructuras
arcaicas u obsoletas. Desde esta perspectiva, la izquierda es quién peca de
antigua. La derecha en cambio, admitiendo la globalización de fines del siglo
XX, no se queda en arcaísmos ni en paradigmas que no encastrar ni suman piezas a
la hora de completar el rompecabezas. Desde ya que la derecha no convoca masas,
pero es capaz de estructura políticas precisas, programas fácticos, y no sólo
ilusorios enunciados. En este aspecto, cabe aducir que, mientras la derecha se
afianza en los posibles, la izquierda se deshace en los probables…

Sin
embargo, el hecho de que hoy no pueda surgir una alternativa de la otra vereda
no deviene únicamente del aspecto comunicacional. En su núcleo interno hay
grietas, deudas a saldar para poder articularse luego sin escisiones, en una
sola identidad. La competencia debe entenderla en el marco de un proyecto
económico y no en el seno de su liderazgo. A simple vista puede observarse la
orfandad de ese conglomerado de gente cuya finalidad es pugnar por un país,
donde el orden, se erija como prioridad, sin discutir eufemismos tales como
“mano dura” o “garantismo”. Mientras se cuestiona quién puede erigirse como
referente de ese espectro ideológico, la izquierda avanza al compás de las
farsas, los circos, los espejos de colores, y los amalgamas…

Sin
liderazgo, el primer emergente social producto de una situación límite – tal el
caso de Juan Carlos Blumberg – que se atreva a cuestionar el modelo trasnochado
y permisivo será el blanco de las campañas más soeces no por ser quién es, sino
para demostrar que no hay espacio para liderazgos nuevos. Se aniquila de plano
la posibilidad de una nueva camada política. Decididamente: no hay espacio. A su
vez, si sólo se mantiene la queja y no se hace ver la acción concreta, el
“progresismo” demagógico seguirá expandiéndose.

Es menester que aquellos
que se embarcaron en la prédica liberal, como aquellos otros embanderados con la
proclama nacionalista empiecen a tejer parámetros en común, en vez de enfatizar
sus diferencias intrínsecas. De nada sirve que, en la superficie todo parezca
unificarse, si las raíces dejan ver dispersiones ambiguas y entramados
concomitantes. En ese aspecto, es menester decidirse a favor del mañana y no
quedarse en la obsecuencia del pasado. De lo contrario, no debe asombrar que de
golpe, la derecha se sorprenda a sí misma, al contemplar a Elisa Carrió como
único el referente político de la oposición. Menos mal que las contradicciones y
las denuncias sin pruebas, dejan a la titular del ARI, afuera.

Desde
luego que proclamarse derechista, no es fácil en Argentina. Todavía subsiste ese
resabio oscuro y esa pintura falseada de los años de “dictadura” (valgan las
comillas) También es cierto, que el escenario internacional, no coopera a un
resurgimiento llano. Todo cuánto surge discordante y nefasto es endilgado, por
la bohemia trasnochada, a las fuerzas de tiranos maquillados con la rúbrica de
la derecha.

La guerra en Irak, la anarquía de Haití, el hambre mundial
resultan slogan para una campaña de la misma izquierda tendiente a catapultar
toda idea opuesta. El conocido truco de la “herencia recibida” ha sido base de
una estrategia comunicacional favorable a la entronización socialista.
Aprovechan que esté más fresca la sangre que derramaron los americanos en
Afganistán, que la que fuera un mar en la Rusia de Stalin.

¿UN PROBLEMA
DE MARKETING?

Es entendible que la derecha hoy no venda. Lo que no es
dable admitir es que se quede en reyertas internas. En un mundo que trata de
dejar de lado un pasado caracterizado por guerras, nazismo, desidia política,
prohibiciones absurdas y extremos muy marcados, la derecha no resulta seductora.
¿Cómo venderse estando en contra del deterioro moral, la limitación de las
relaciones sexuales, la destrucción de la familia como eje de la sociedad, la
manipulación genética, etc.? Ser de derecha no es fácil. Demanda compromiso y
acción constante.

En síntesis, la derecha es exigente consigo misma,
defiende el esfuerzo personal, el profesionalismo, la libre empresa y un Estado
mínimo…Sus proclamas liberales están llenas de “prohibiciones” que limitan la
imaginación, pero no se gobierna imaginariamente sino con la razón. Cuidado.


Por otra parte es dable escuchar que quienes la defienden, suelen estar
detrás de la letra. No se trata de cobardía, se trata de la concepción
ideológica en sí misma. Esta busca, ante todo, una división de tareas -como
concibiera Adam Smith- para mayor beneficio e intercambio, y optimizar el grado
de especialización. Pretender que sea el analista de coyuntura política, el
sociólogo o el escritor quién salga a ejercer la política representando a la
derecha no es serio. Eso, solamente cooperaría a instaurar una competencia
absurda, a cercenar capacidades y a confundir las reglas. Es el análisis y no la
acción política, la función inherente al analista.

Es vana la crítica
tendiente a desautorizar a los pocos periodistas o escritores, aduciendo que se
mueren con las ideas en la letra. Al contrario, es a partir de la letra, en todo
caso, de donde las ideas fluyen y deben ser capturadas por quienes se han
versado en convertirlas en hechos. Hay que observar cómo la izquierda hace un
culto de la división del trabajo: unos producen bienes, y otros, ideología;
unos, cosas concretas, y otros, demagogia. Pero ésta lleva luego a la
destrucción, sus exigencias son tremendamente costosas. La alimentación de los
sueños es carísima… No comprender esa necesaria coordinación de tareas, le causó
a la derecha, la principal pérdida de credibilidad sumiéndola en una crisis a
nivel mundial. No es el teórico quien debe llevar adelante la práctica. En la
división del trabajo, en la comunión de las partes se llega al todo.

La
izquierda, lo sabe y por eso tiende a dividir generando la ignominia de siempre:
civiles versus militares; lo nacional por sobre lo extranjero; unitarios contra
federales, policías transportados a delincuentes; partidos políticos escindidos,
ricos a costa de pobres, etc. Así, fue valiéndose de las flaquezas del
adversario. Sabe que es dividiendo como coarta la posibilidad de que le ganen de
mano.

En estas condiciones, no necesita siquiera, mucha habilidad para
comunicar su estrategia sino que le basta con su maquinaria ideológica y algún
tema polémico a realzar, por ejemplo: los derechos humanos a los que le
expropiaron el contenido para utilizarlos a conveniencia.

Con éstos han
enarbolado una política sin más esencia y le han servido para ocupar el eje del
poder aún cuando enferma de sí misma, empiece a mostrar con miedos y
conspiraciones su escaso margen de supervivencia… /

GABRIELA POUSA


(*) Licenciada en Comunicación Social/Periodismo (Universidad del
Salvador) Master en Economía y Ciencias Políticas (ESEADE) Estudios en
Sociología del Poder (Oxford) Autora del libro “La Opinión Pública: el nuevo
Factor de Poder”. Se desempeña como Analista Política independiente.

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