Política

Raymond Aron, el pensador liberal que enfrentó a Sartre

Se cumple mañana el centenario de Raymond Aron, politólogo, filósofo y sociólogo francés, cuya obra fue base de estudio y modelo para posteriores generaciones de analistas
y políticos, en especial de aquellos que apostaron por el fortalecimiento de las relaciones trasatlánticas. Pensador liberal, su autoridad intelectual se fundaba en una amplia
cultura sociológica y económica, que le convirtió en un temible adversario
político para los intelectuales de la izquierda francesa.

Centenario del nacimiento del intelectual liberal francés
De origen judío, Raymond Aron nació en París el 14 de marzo de 1905 y murió en la misma ciudad el 17 de octubre de 1983.

Estudió en la Escuela Normal Superior, donde compartió aulas y planes de estudio con personalidades tan relevantes como Jean Paul Sartre y Paul Nizan. En 1930 consiguió una plaza en Colonia (Alemania), donde descubrió las teorías sociológicas de Max Weber. Tras presentar su tesis en 1938, titulada “Introducción a la filosofía de la historia”, impartió clases en Burdeos, desde donde se embarcó para continuar con la labor docente e investigadora en Londres. Doctor en Letras por la Universidad de París y por la Academia francesa de Berlín, fue testigo presencial en la capital alemana del ascenso político de Hitler sobre las ruinas de la República de Weimar, circunstancia que influiría decisivamente en su condición de liberal.

Ya en Gran Bretaña, se convirtió en el director de “La Francia Libre”, periódico creado bajo el impulso del General Charles de Gaulle tras la ocupación alemana de Francia durante la II Guerra Mundial, colaborando también en otros diarios como “Combat”, “Le Figaro” y en el semanario “L´ Express”. Regresó a París tras ser liberada la ciudad por los aliados, donde desarrolló la labor docente en la Escuela Nacional de la Administración, y en 1947 comenzó a trabajar como editorialista en el diario “Le Figaro”. Se adhirió al partido “Rassemblement du peuple français” (Reagrupamiento del Pueblo Francés, RPF) en 1948.

Pensador representante de la derecha liberal, su autoridad intelectual se fundaba en una amplia cultura sociológica y económica, que le convirtió en un temible adversario político para los intelectuales de la izquierda francesa, aspecto de su trayectoria que se pone de manifiesto en una polémica con Sartre en el seno del equipo de la revista “Los tiempos modernos” a propósito del papel de la Unión Soviética y de la idea de la izquierda que querían promover. Ocupó la cátedra de sociología en la Sorbona en 1955 y pasó el resto de su vida entre la reflexión política y el ejercicio del periodismo.

A lo largo de su abundante obra escrita se interesó por las relaciones que se establecen entre la estructura social y el régimen político en las sociedades industriales, plasmándolo principalmente en sus “Dieciocho lecciones sobre la sociedad industrial” (1962). Se opuso con rigor a las concepciones seudodemocráticas de los regímenes del Este en “Democracia y Totalitarismo” (1965). En “Las etapas del pensamiento sociológico” (1967) volvió a trazar la evolución de la sociología de Max Weber, que contribuyó a divulgar en Francia y de la que resaltó su aportación, así como la de Alexis de Tocqueville. También reflexionó sobre la bipolaridad, término acuñado por occidente, existente en el mundo durante la Guerra fría en su libro “Pensar la guerra. Clausewitz” (1976). Entre sus obras destacan: “La sociología alemana contemporánea”, “Dieciocho lecciones sobre la sociedad industrial”, “El opio de los intelectuales”, “Essai sur les marxismes imaginaires”, “Paz y guerra entre las naciones”, “La revolution introuvable”, análisis del mes de mayo francés, y “Los últimos años del siglo”.

Una idea de Europa trasatlántica

Su defensa del vínculo trasatlántico surgió a partir de que pensó que tan solo los EE. UU podían oponer una eficaz estrategia de contención ante la guerra no declarada que la URSS había desencadenado en Europa tras el bloqueo de Berlín y la edificación del Telón de Acero. Para Aron, escribe José María Lasalle, “el compromiso norteamericano con las democracias europeas iba más allá de la simple utilidad geoestratégica para entrar en el complejo terreno de las ideas. Como en 1917 y 1941, los EE. UU volvían a ser fieles a sus convicciones de potencia revolucionaria y progresista, salvaguardando así la civilización europea de la amenaza que suponían las divisiones soviéticas desplegadas en el centro de Europa. Si la democracia norteamericana permaneció en el Viejo Continente después de 1945 fue debido a su responsabilidad histórica y no a una vocación imperialista. De hecho, su gesto con Europa logró paliar la ruina material y la desolación moral de un continente que -sin mediar responsabilidad norteamericana en ello- se había pegado dos tiros en la sien en menos de cincuenta años”.

Continúa este autor explicando que a los ojos de Aron, “la reanimación histórica de la agonizante Europa pasaba por su unidad, pero apoyándose lealmente en la fortaleza de su poderoso aliado atlántico. Conectada a la estrategia global de éste en la defensa de los valores occidentales, Europa podía desempeñar su rol y contribuir con su esfuerzo a la victoria de la libertad. Para ello, el vínculo trasatlántico debía ser plenamente operativo y desplegar una pedagogía de ida y vuelta: que los europeos aceptaran la buena fe de la mentalidad estratégica norteamericana y que los EE. UU se pusieran psicológicamente en el lugar de aquéllos e «hicieran eventualmente concesiones a fin de tomar en consideración el estado de ánimo de sus aliados».”

Su visión del marxismo

Raymond Aron es el hombre que desafió, combatió y criticó a la idea más poderosa de su tiempo: el marxismo. Ningún en intelectual de la Francia de la posguerra luchó en solitario contra la vulgata marxista como lo hizo Aron desde las aulas de Sorbonne. Más de cuarenta libros publicados testifican su legado intelectual propio de la gloria y el prestigio de la estirpe liberal.

El marxismo fue una obsesión para Aron. La mayoría de sus libros hablan del autor de El Capital, y, a decir verdad, le hacen justicia. Porque Aron no fue anti-marxista sino que fue un apasionado lector de Marx que se ocupó en varias ocasiones de separar la vulgata que promovían sus herederos –desde Lenin hasta Sarte- de lo que realmente dijo Marx en sus obras.

“El marxismo es por esencia una dialéctica según la cual milagrosamente, necesidad y valor, ciencia y acción, concuerdan. … La contribución decisiva a la teoría de las clases es el descubrimiento de que las clases sociales están vinculadas a cierta fase histórica, que la lucha de clases conduce a la revolución proletaria y que más allá de ésta advendrá la sociedad sin clases”, escribió en La lucha de clases, del año 1966.

No puede decirse que Aron haya sido un liberal de pies a cabeza. Su liberalismo era de un corte muy particular en el cual se daban citas diversas y hasta contradictorias propuestas. Defendía a la democracia frente a los embates revolucionarios que postulaban los marxistas leninistas pero a la hora de elegir su régimen económico mostraba un acentuado desdén hacia la economía de mercado y sugería políticas keynesianas con un alto grado de intervencionismo económico. “En lo que a mi me toca, keynesiano con alguna inclinación al liberalismo”, escribió en el prólogo de su obra más famosa, “El Opio de los Intelectuales”.

Aron pensaba que el liberalismo político no iba de la mano del liberalismo económico y que las posturas de Hayek y Rueff eran irreconciliables con el apogeo del Estado de Bienestar, sistema que según él no debía ser desmantelado sino promovido.

Tampoco creía como von Mises en el rol del empresario dentro de la sociedad. Quizá producto de su desmesurada formación intelectual vio a los empresarios con cierto recelo y aconsejaba, al igual que a los políticos, tenerlos a raya: “Lo que me sorprende, cuando tengo ocasión de hablar con dirigentes públicos o de grandes empresas, es hasta qué punto carecen de ideas políticas fijas (deploro que no se parezcan más a la idea de que ellos se forman los marxistas). ¡Cuánto más fácil serían las cosas si los que detentan el poder económico supieran claramente la política que quieren! De hecho, la mayoría de ellos desea que el gobierno les asegure un clima tranquilo en el cual sólo tuvieran que ocuparse en hacer marchar los negocios o, cuando son propietarios privados obtener beneficios y desarrollar su propia empresa”.

Lúcidamente también alertó sobre la comodidad del ciudadano burgués de posguerra que se refugia en las dádivas del Estado para eludir responsabilidades: “Los ciudadanos no obedecerán jamás al Estado como a la macana del agente, porque piden más al Estado, y éste, en caso de necesidad, no vacila en exigirles el sacrificio supremo. La confusión entre poder temporal y poder espiritual es la muerte de la libertad. La hostilidad entre estos dos poderes, erigida en principio, es la muerte del Estado”. ( «Alain y la política». Publicado Hommage à Alain». Septiembre de 1952.)

En su época le tocó enfrentar a Jean Paul Sartre, su compañero de banco en la Escuela Nacional Superior, y vivieron batallas ideológicas, el apoyando al liberalismo europeo y su acercamiento hacia los EEUU y Sarte apoyando a Mao y Stalin. En Aron, la defensa de la democracia se convirtió en algo más que un desafío personal: “La virtud de la democracia, el principio de la democracia según Mostesquieu, no es la virtud, sino la conciencia del compromiso… La democracia es una realidad humana, por lo tanto, imperfecta. Es también una realidad irracional. La única manera –o la única utopía- de racionalidad sería tomar a los mejores y decirles: “Gobernad en interés de todos”. Desgraciadamente, nunca se ha encontrado el medio de saber quiénes son los mejores y cuál es el interés de todos. Todos los regímenes políticos son soluciones imperfectas y si se quiere irracionales de un problema que no comporta solución racional”.

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