Política

Ruanda: Las políticas equivocadas de los organismos internacionales potencian la malaria

Se estima que 800.000 ruandeses murieron durante el genocidio de 1994. Imagine esta masacre incrementada entre un 20-120% y repetida una y otra vez durante años. Ese es el precio de la malaria. Hoy, otros burócratas internacionales prohíben a los empleados de malaria utilizar pesticidas. Y la tasa de mortalidad innecesaria, inconsciente e inexcusable continúa creciendo.

Una investigación del analista Paul Driessen


En febrero, el Presidente Bush se reunió con el verdadero gerente de “Hotel Ruanda”. Más tarde fue a Latvia, a recordar a los millones que fallecieron en guerras, campos de concentración, campos de exterminio y conflictos genocidas durante los últimos 65 años. Mientras tanto, el Congreso norteamericano y los medios dedicaban horas sin fin al trágico problema de una mujer, Terri Schiavo, y Cameron Díaz deliraba acerca de lo “impresionante” que es vivir en la pobreza.


 


Pero inefablemente ausente de todos estos debates está el acceso a armas modernas – insecticidas – que pueden combatir con eficacia una enfermedad que ha matado a más de 50 millones de personas desde 1972.


 


Solamente el año pasado, la malaria envió a más niños africanos a las fosas comunes que ninguna otra enfermedad infecciosa – tres veces la cifra de VIH/SIDA, según la UNICEF. Año tras año, este enemigo silencioso y maligno infecta a 400 millones de personas en África, mata hasta a 2 millones (la mitad de ellos niños), deja a decenas de miles con daños cerebrales permanentes y cuesta a la región 12 millones de dólares en pérdidas económicas de producción. En las naciones latinoamericanas y asiáticas enferma a 100 millones más.


 


Hasta los años 40, la malaria solía ser una enfermedad americana. En el amanecer del siglo XX prosperaba de Nueva York a Florida, de Carolina del Norte a California. Hasta 7 millones de americanos eran golpeados por ella cada año hasta mediados de los años veinte, y en 1936 murieron 3900. Durante siglos, atacó a personas de todas las edades en Inglaterra, Holanda, Italia y en otras partes de Europa. Pero hacia comienzos de los años cincuenta, desapareció, y fue olvidada. ¿Cómo fue posible esto?


 


Se utilizó el DDT, pantallas protectoras y otras medidas para erradicar gradualmente el parásito de la malaria de sus huéspedes humanos e insectívoros. Hoy, fumigamos aún con pesticidas (sobre todo desde aviones) para controlar los mosquitos y el virus del este del Nilo que llevan algunos.


 


Pero aplicamos un rasero muy diferente en lo que se refiere a los países pobres en desarrollo que aún se ven arruinados por la malaria. De hecho, las propias instituciones y aliados defensores de los derechos humanos – la Unión Europea, Organización Mundial de la Salud, el Banco Mundial, la Agencia de Desarrollo Internacional, UNICEF y docenas de grupos medioambientales ideológicos son el frente de batalla de campañas y políticas letales.


 


Ellos evitan que la mayor parte de las naciones afectadas por la malaria utilicen los mismos insecticidas que nos ayudan a estar libres de enfermedades, sanos y prósperos. Por esto, son de todo menos canonizados por la “responsabilidad social corporativa” y el “desarrollo sostenible”.


 


Estas organizaciones no apoyarán, no abogarán, no financiarán ni permitirán el uso de pesticidas en ningún programa contra la malaria. Y en medio de todas sus interminables acusaciones y deliberaciones, los defensores de los derechos humanos nunca mencionan este mortal abuso de los derechos humanos.


 


En febrero, el charge d´affaires de la UE en Uganda alertó de que la exportación de pescado, flores y cereales del país a Europa sería interrumpida si utilizaba el DDT para reducir una epidemia de malaria que mata a hasta 100.000 ugandeses al año.


 


Mientras tanto, Canadá dio a Etiopía 1,5 millones de dólares americanos para una “plan nacional de implementación” para eliminar los agentes contaminadores orgánicos persistentes, incluyendo el DDT. Esta nación africana empobrecida se ve afligida por casi 150.000 muertes por malaria al año (incluidos 95.000 niños) — lo que significa que el valor de este “estímulo” para cumplir la Convención de Estocolmo es de 10 dólares americanos por etíope muerto.


 


El primer ministro Paul Martin pudo haber estado “visiblemente consternado” por los daños del tsunami en Sri Lanka. Pero parece poco preocupado por las políticas que prolongan el sufrimiento y la muerte por enfermedades de fácil prevención, en nombre de tratar temores absurdos de que la fumigación con DDT de chozas africanas pueda perjudicar de alguna manera a los osos polares. Esto es particularmente notorio debido al hecho de que Canadá y Estados Unidos fumigaran con centenares de millones de libras directamente en el medio ambiente a lo largo de un período de 20 años, principalmente para propósitos de gestión agrícola y forestal — sin peligro para los osos polares.


 


USAID insiste en que el DDT “sería considerado” para los programas de control de la malaria, pero solamente si el estudio de impacto medioambiental manifiesta que el DDT es “la única alternativa eficaz”, y que “se podría utilizar con seguridad” bajo los estrictos protocolos de la OMS (que reflejan la exagerada preocupación de todas estas agencias por los pesticidas). USAID dice que no puede apoyar pesticidas que estén prohibidos en Estados Unidos, incluso en áreas epidémicas, y afirma que las redes insecticidas son igual de efectivas que el DDT.


 


Pero los programas de red no han demostrado la eficacia en el control de la malaria que sí ha demostrado la fumigación de chozas con DDT. Sudáfrica redujo su tasa de malaria en un 80 por ciento en sólo 18 meses fumigando las paredes y tejados de chozas tradicionales de fango y paja con pequeñas cantidades de DDT – y después en un 93% en tres años, reforzando esto con nuevas terapias de combinación basadas en la artemisa (ACT). Ningún programa de redes en las camas ha llegado a este nivel.


 


Ecuador ha reducido su tasa de malaria en un 60% utilizando DDT – mientras que Bolivia, que cedió a la presión internacional y prohibió el uso del pesticida, ha visto un incremento en la malaria de un 80% desde 1993.


 


USAID ayuda ahora a los granjeros a incrementar la producción de la planta de artemisa, con el objetivo de producir de 20 a 40 millones de dosis pediátricas de ACT hacia el 2006. Esto es un avance bienvenido. Pero no suficiente.


 


500 millones de personas se infectan de malaria cada año, y una reducción de entre el 80 y el 93% en las tasas de enfermedad y mortalidad es claramente posible. ¿Por qué deben estos países pobres conformarse con menos – y aceptar muchas más muertes innecesarias cada año – cuando no hay motivo ciertamente?


 


Por otra parte, dice el experto en enfermedades infecciosas de la Universidad de Ottawa, el Dr. Amir Attarán, que durante muchos años, USAID no ha gastado “ni un centavo en ningún esfuerzo real, ya fueran pesticidas, redes en las camas, o medicinas”. Increíblemente, gasta alrededor de su presupuesto anual en la malaria de 80 millones de dólares americanos en consultores, en su mayoría basados en Estados Unidos. Sus reuniones, materiales educativos, exhortaciones para utilizar redes de cama y afirmaciones de “progreso” en la guerra contra la malaria han hecho poco por promover mejoras reales.


 


Un informe reciente de la OMS-UNICEF repite este progreso ilusorio. En realidad, según Attarán y otros, desde que se lanzara la campaña “Invertir la malaria” en 1998, las tasas de enfermedad y mortalidad de la malaria en la práctica se han incrementado en casi un 10%. Uno se estremece al pensar qué aspecto debería tener una falta de progresos.


 


Por su parte, la Fundación Bill y Melinda Gates emplea millones anualmente en encontrar una vacuna contra la malaria – al tiempo que rechaza considerar apoyar el uso de pesticidas. Expertos como el profesor Roberts dudan de que se desarrolle una vacuna práctica durante la próxima década o más, porque el parásito de la malaria muta constantemente. Pero incluso asumiendo que la investigación tenga éxito en última instancia, como todos esperamos – y asumiento que los 2 billones de personas en el mundo que corren el riesgo de contraer la enfermedad sean inmunizadas con el tiempo – la pregunta más fundamental es: ¿Cuántos millones incontables morirán innecesariamente mientras tanto?


 


Muchos ecologistas y agencias radicales de ayuda detestan los pesticidas – especialmente el DDT, el más barato, más eficaz y más duradero de los actualmente disponibles. Argumentan que el DDT puede permanecer en el sustrato durante años, perjudicar a aves y peces, causar cáncer de estómago en los cocodrilos, contaminar las cadenas alimentarias, se ha detectado en la producción de cáncer de mama y causa abortos prematuros y reflejos lentos en los bebés. Continúan publicitando estas afirmaciones, incluso aunque ningún estudio científico ha demostrado nunca daños a los humanos, la vida salvaje o el medio ambiente derivados de fumigar casas con DDT para el control de la malaria.


 


Por supuesto, todos los productos químicos tienen efectos secundarios, y los riesgos deben ser equilibrados contra ventajas claras. Un tipo importante de producto químico causa anemia y fatiga, incrementa el riesgo de infección, náuseas, diarrea, pérdida de cabello y hasta causa defectos en el feto y problemas de fertilidad. Pero lo usamos de todas maneras – y cualquier activista quimiofóbico que intente que se prohíban estos poderosos productos químicos sería enterrado y ridiculizado por los pacientes de cáncer cuya supervivencia depende de ellos. Con respecto a los efectos del DDT en los bebés, los bebés muertos no tienen ningún reflejo.


 


Si Estados Unidos tuviera tasas de malaria equivalentes a las de África, cada año, 100 millones de americanos serían infectados, nuestros hospitales serían desbordados, y al menos 250.000 personas morirían – la mitad de ellas niños. Exigiríamos acciones inmediatas, con cada pesticida conocido por el hombre, y no toleraríamos que nadie nos dijera que confiáramos en redes en las camas o que esperásemos pacientemente a una vacuna.


 


Si Washington, Nueva York, Bruselas o Ginebra tuvieran la décima parte del problema de Uganda con la malaria, hasta los burócratas de la OMS y USAID – incluso los radicales de Greenpeace — exigirían el DDT, ¡ahora mismo!


 


Se estima que 800.000 ruandeses murieron durante el genocidio de 1994. Imagine esta masacre incrementada entre un 20-120% y repetida una y otra vez durante años. Ese es el precio de la malaria. Hoy, otros burócratas internacionales prohíben a los empleados de malaria utilizar pesticidas. Y la tasa de mortalidad innecesaria, inconsciente e inexcusable continúa creciendo.


 


Es hora de ver esto como lo que es realmente – una atrocidad de proporciones épicas. Sólo la Segunda Guerra Mundial mató a más gente que la malaria desde 1972, cuando el administrador de la EPA William Ruckelshaus hizo caso omiso de los descubrimientos de su propio panel científico, prohibió el DDT en Estados Unidos y comenzó esta tragedia.


 


¡Es hora de decir basta!


 


*Paul Driessen es el autor de Eco-Imperialismo: Poder verde ∙ muerte negra (www.Eco-Imperialism.com


 


Fuente: Institute of Public Policy Analysis, Nigeria

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