Política

Rusia y el legado de un profeta

Roberto Salinas habla de la conferencia Una Agenda Global para el Nuevo Siglo: Una Perspectiva Liberal, y de la influencia de Hayek en el avance experimentado en Rusia.

ANÁLISIS
La semana pasada, a raíz de un seminario organizado en esta ciudad por el Cato
Institute, un grupo de destacados protagonistas en política económica se
reunieron con Vladimir Putin, Presidente de la Federación Rusa, en un
intercambio privado que se extendió más allá de las cuatro horas. Entre los
participantes, se encontraban gente como Arnold Harberger, el célebre profesor
de UCLA y padre intelectual de los llamados “Chicago Boys” en América Latina;
José Piñera, el arquitecto intelectual de los sistemas de pensiones
individualizadas; Ruth Richardson, la arquitecta de la gran reforma estructural
de Nueva Zelanda; Daniel Yergin, el profesor de Harvard, autor de la magnífica
obra The Commanding Heights; y Ed Crane, Presidente del Cato Institute en
Washington D.C.

Esta comitiva acompañó a Andrei Illarianov, principal
asesor económico de Putin, para hablar con el mandatario ruso sobre como
acelerar reformas en materia de seguridad social, estabilización, desregulación,
y apertura a la inversión de capital productivo en los sectores estratégicos de
la economía rusa. Estos altos personajes de la reforma estructural moderna
ofrecieron una serie de ponencias magistrales en el magno foro organizado por el
Cato Institute, sobre los ingredientes de una agenda económica para el mundo
global.

A nosotros nos tocó participar con una breve exposición sobre
las transformaciones en México, aunque nuestro enfoque principal fue la
necesidad de un régimen de derechos de propiedad bien definidos, transferibles y
transparentes, como la base del imperio de la ley—y, en consecuencia, el orden
jurídico de una sociedad abierta.

Este tipo de reuniones, hace tan sólo
dos décadas, hubieran sido impensables—más un ejemplo de ciencia ficción, o de
fantasías, que de historia realizable. Los protagonistas mencionados insistieron
que cualquier cambio estructural, ya sea un mandato de estabilidad bajo
autonomía central, o la reforma integral al sistema de pensiones, incluso la
celebrada reforma fiscal rusa (con la tasa impositiva fija de 13%), no rendirán
el fruto deseado sin un clima de estado de derecho, sin un régimen de derechos
de propiedad bien definidos.

El Presidente de la Federación Rusa se tomó
el tiempo necesario para dialogar con grandes protagonistas económicos sobre la
naturaleza de un régimen de derechos de propiedad. Esto es, sin duda, digno de
observar desde una perspectiva histórica. En Rusia, el socialismo murió; y lo
siguen sepultando, al parecer, todos los días.

Este foro, este encuentro
entre pensadores y políticos, estos episodios de liberación histórica, son,
entre muchos otros, los legados reales de un profeta—de un pensador que hace
seis décadas, publicó un tracto revolucionario llamado Camino a la Servidumbre.
Las ideas tienen consecuencias, reales y radicales. El autor de esta célebre
obra, FA Hayek, escribió una dedicatoria contundente: “a los socialistas de
todos los partidos.”

Hoy en día, la tesis del tracto se ha vuelto
sabiduría común—por lo menos en esta región del mundo: la planificación
centralizada es incompatible con libertad individual, y con la prosperidad a
largo plazo. Sin propiedad, y derechos de propiedad, no existen las bases para
desarrollar un intercambio, un mercado; y por lo tanto, la compleja red de
información basado en los precios que permite unir a demandantes y oferentes. En
1989, como decía Edgard Mason, esta noción se pudo comprobar como formidable
dramatismo histórico: solo el socialismo pudo erigir algo tan cruel como el Muro
de Berlín; pero, sólo el mercado pudo distribuir eficientemente todos sus
pedazos alrededor del planeta.

Una sociedad abierta, bajo esta visión, es
producto de lo desconocido, lo no anticipado, lo espontáneo, lo individual. En
1944, sin embargo, el mundo parecía destinado a convertirse en un gigantesco
sistema de planificación central. No fue así—gracias a reformadores como
Richardson, Piñera, Yergin y otros. Pero en el fondo, el responsable final del
cambio, fue Hayek, padrino intelectual de estos protagonistas, profeta de una
idea que cambio al mundo, que derrumbó a la U.R.S.S., la idea de la libertad.

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