Oriente Próximo, Política

Tarek Aziz, el final triste de muchos errores

El orden en Oriente Medio garantizado por Estados Unidos ha quedado destruido. Las guerras civiles están desangrando Siria, Libia e Iraq.


La muerte de Tarek Aziz, ex viceprimer ministro de Iraq, mano derecha de Saddam Hussein durante 20 años, ministro de Asuntos Exteriores, cristiano y diplomático, condenado a muerte, me evoca las desgracias que ha vivido su país desde que la coalición internacional decidió invadir el país, derribar al dictador y promover la instauración de una democracia tutelada. Sin una sola prueba, sin casus belli, en nombre de la civilización.

Había coincidido con Tarek Aziz en Bagdad, en reuniones en Ginebra, en la ONU en Nueva York. Era hombre silencioso, sombrío, observador. No se adivinaba un pensamiento detrás de su bigote clásico de Oriente. Sus viajes por Europa para evitar la invasión fueron vanos. Bush, Blair, Aznar y Barroso se hacían fotos triunfalistas en las Azores. Cuanto mal puede hacer el bien, escribía Tzvetan Todorov en aquellos días.

Han transcurrido doce años desde aquel mes de marzo de 2003. Estados Unidos era el país imprescindible, el que hacía y deshacía en el mundo, el que daba las órdenes para atacar. Los Blair, Aznar y aliados eran simples compañeros de viaje.

Washington ha controlado Oriente Medio desde que británicos y franceses admitieron no tener musculatura para dominar aquellas fronteras creadas al final de la Gran Guerra. La creación del estado de Israel en 1948 fue consecuencia de un acuerdo de las Naciones Unidas. El mundo y particularmente Europa tenían que encontrar una solución, un territorio, en el que los judíos perseguidos por la historia y por las barbaridades del nazismo pudieran encontrar un lugar de paz y prosperidad.

Israel no es el único problema en la región. El problema es cómo se pueden gobernar los árabes y cómo se pueden tolerar las distintas facciones. El orden en Oriente Medio garantizado por Estados Unidos ha quedado destruido. Las guerras civiles están desangrando Siria, Libia e Iraq. Unos jihadistas sin escrúpulos y violentos han creado el Estado Islámico que quieren convertir en un califato de grandes dimensiones geográficas. Borran fronteras y asesinan a los que no son como ellos.

Los aviones militares saudíes bombardean a rebeldes chiítas en Yemen. El odio cosecha muertes en todas partes y todos los días. En Libia hay dos facciones que se disputan el poder por la fuerza. Iraq está hecho trizas. Unos seis millones de desplazados buscan refugio en la zona o en Europa. En Washington se ha llegado a la conclusión que la paz no puede venir de fuera. Se avecinan luchas sangrientas durante una generación.

Tarek Aziz no era un ángel. Estaba al lado y servía a un dictador sangriento. El régimen de Saddam Hussein era una mala solución. No era solución. Pero lo que ha venido después ha sido peor. Primero entran los ejércitos de la civilización. Destruyen y dividen. No resuelven nada. A los diez años se van. Derrotados e incapaces de facilitar la convivencia. Decenas de miles de cristianos han sido perseguidos o expulsados. Las peleas entre las facciones internas son constantes. Los kurdos reclaman su personalidad propia.

Estados Unidos y Europa han fracasado en Oriente Medio. Se han ido. Pero tendrán que volver porque todo lo que ocurra allí nos afectará a todos muy directamente.

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