Europa, Pensamiento y Cultura

“The Economist”: un éxito de papel

Justo cuando se diría imparable el paso de la prensa del papel al soporte digital, “Tne Economist” registra un fuerte crecimiento de su edición impresa, que le da el 94% de sus lectores de pago y el 90% de sus ingresos.


Muchas revistas pierden difusión, pero The Economist crece. Los títulos de solera cifran sus esperanzas en la versión digital. Algunos abandonan el papel, como U.S. News & World Report o Newsweek (durante quince meses: luego lo retomó), y otros nuevos, como Slate, nunca lo han tenido. En cambio, The Economist ha registrado un fuerte aumento de su edición impresa. El semanario británico, que tiene nueva directora, prospera en el nuevo escenario de la prensa con su producto tradicional y sus ideas de siempre.

Es verdad que The Economist sigue la tónica general de descenso en las ventas de ejemplares en kioscos (una notable excepción en Estados Unidos es The New Yorker, que hace dos años empezó a remontar). Pero se resarce de sobra con el aumento de suscripciones, y no principalmente digitales. En diez años (2004-2014), su difusión ha subido un 64%, hasta un millón y medio de lectores que pagan. De ellos, no más de cien mil (el 6%) están abonados solo a la edición digital. La impresa aporta el 90% de los ingresos.
El público sostiene directamente la revista en buena parte. La publicidad da el 29% de lo que factura el grupo (incluidas otras dos publicaciones menores, la bimestral Intelligent Lifey el anuario The World In…). Mucho más, el 50%, procede de suscripciones y venta de ejemplares. Y The Economist no es barato: 6,50 euros el número (Europa continental), 226 euros la suscripción anual a las dos ediciones, 188 euros la digital. (En comparación, las tarifas de Time son, respectivamente, 4,70, 37,80 y 28,30 euros.)
En diez años, la difusión de “The Economist” ha subido un 64%, hasta un millón y medio de lectores que pagan, de los que no más del 6% están abonados solo a la edición digital

Con perspectiva internacional
The Economist nació en 1843 en Londres, y su accionista principal es el grupo británico Pearson, propietario delFinancial Times. Pero hoy sus lectores están, en su mayoría, en Norteamérica: el 51% en Estados Unidos y otro 6% en Canadá En Gran Bretaña, su país de origen, el semanario tiene el 14% de la audiencia, y el 16% en el resto de Europa. En Asia y el Pacífico (10%), se difunde sobre todo en India, Hong Kong, Australia y Singapur. En África y Oriente Medio (2%) y Latinoamérica (1%) se lee poco.
En Europa continental (sin contar Rusia), los mayores contingentes están en los dos países con más habitantes, Alemania y Francia. Pero después de ellos, el orden no responde al tamaño de la población, sino más bien a la riqueza, la proporción de políglotas y la presencia de negocios multinacionales. Así, el tercer país con más lectores de The Economist es Suiza, seguida de Bélgica y los Países Bajos. También tienen muchos, en proporción, los escandinavos.
Dice Zanny Minton Beddoes, directora desde febrero pasado, en declaraciones a Le Monde, que su público son los “curiosos mundiales”, que se distinguen no por la edad o la profesión, sino por “la forma de mirar su entorno”. Se interesan por el mundo entero y buscan una perspectiva más internacional que la de revistas competidoras como Time o Newsweek, de aire claramente norteamericano. De hecho, The Economist no se preocupa de adaptarse a las distintas regiones del planeta. Sus ocho ediciones (Reino Unido, Norteamérica, Unión Europea, África…), todas en inglés, son en realidad la misma, sin más diferencias que la portada y el orden de las secciones (y artículos de la edición británica que no aparecen en las demás).

Liberalismo
Beddoes tiene el reto de mantener el crecimiento experimentado durante el mandato de su predecesor, John Micklethwait (2006-2015), que dejó The Economist para ser director de la agencia Bloomberg News. Ella piensa hacerlo manteniendo las esencias de la revista, en primer lugar su liberalismo, que –dice– “no es ideológico: se funda en un análisis riguroso de los hechos”. Un lector habitual podría matizar que eso se aplica a bastantes enfoques de política económica, educativa o social, pero en otros temas son bien reconocibles los aprioris de The Economist. Su insistencia en que se permita el libre comercio de drogas no tiene en su favor la inexistente experiencia de los beneficios que reporta tal medida. Más bien se funda en la hipótesis de que el mercado eliminará el crimen concomitante al tráfico ilegal y en el convencimiento de que no aumentará la adicción y, en cualquier caso, que es decisión de los adultos consumir o no.
“The Economist” tiene cuatro veces más lectores en Norteamérica que en Gran Bretaña
Pero la fijación ideológica más firme de The Economist está en su sección de Ciencia, donde mantiene un darwinismo universal que pretende explicar todas las cosas humanas, incluidas la elección de cónyuge o la conducta altruista, por la selección natural. En esas páginas, la ventaja adaptativa cumple la función que en las de economía y empresa tiene la busca del mayor beneficio al menor costo. De suerte que quien en una parte de la revista es un agente racional, en otra se mueve por impulso de la evolución biológica.

Mal oído para la religión

The Economist
 a veces sabe navegar contra la corriente, como en su defensa de la inmigración, poco popular hoy, alegando las ventajas que reporta a los países receptores. Pero su liberalismo suele surcar las aguas mansas de lo políticamente correcto en los consabidos temas de familia, natalidad o género. Para la religión, de la que se ocupa poco, tiene mal oído, como tuvo que reconocer siete años después de haber anunciado la muerte de Dios al principio del nuevo milenio. A menudo, la fe está simplemente fuera del alcance de sus antenas: cuando el Papa Francisco anunció el jubileo extraordinario dedicado a la misericordia, lo único que a The Economist se le ocurrió publicar fue un breve artículo sobre previsibles rendimientos económicos de la afluencia de peregrinos a Roma.
En cambio, en otras materias muestra mayores “rigor en el análisis y capacidad de anticipación”, rasgos subrayados por Beddoes entre los distintivos del semanario. No quiere limitarse a contar lo último; aspira a hacerlo comprender más a fondo situándolo en un contexto amplio. The Economist es mucho menos aficionado que la prensa norteamericana a llenar líneas con historias personales que supuestamente muestran un fenómeno general, y se preocupa más de suministrar datos y antecedentes. Explica más que la generalidad de los medios, a costa de que en ocasiones se le escape un cierto didactismo, frecuente en sus editoriales redactados con aires de sabelotodo.
A eso contribuye otra peculiaridad de The Economist: los periodistas no firman. Lo cual no casa con la moda del momento, que prescribe el tono personal y la interacción con los lectores. Pero en The Economist “este anonimato –dice Beddoes– sigue siendo el elemento central de nuestra identidad colectiva”. Los redactores están comprometidos con los valores liberales y los defienden como una sola voz, incluso con una notable unidad de estilo en todas las páginas. La revista no tiene ni quiere otra firma que la suya propia:The Economist dixit.

Este artículo está en Aceprensa

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