Servir a Llamazares, a Frutos, a la ETA, y todos esos tenaces enemigos de la democracia no es bueno para Europa, ni para España ni para los cubanos.
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Viernes, 15 de mayo 2026
Servir a Llamazares, a Frutos, a la ETA, y todos esos tenaces enemigos de la democracia no es bueno para Europa, ni para España ni para los cubanos.
El ex diputado popular Pablo Izquierdo, a propósito de Cuba, ha pedido que
gobierno y oposición adopten unas metas comunes en materia de política exterior.
Eso me parece sensato. Hace unos cuantos años, algo de esto intenté yo mismo con
la generosa colaboración de la senadora Elena Flores y del parlamentario
Guillermo Gortázar. Felipe González, entonces presidente, y José María Aznar
estuvieron de acuerdo.
A principios de los noventa ya González había
perdido toda esperanza de reconducir a su amigo Castro por la senda del sentido
común –el último intento fue la fallida expedición pedagógica de Carlos
Solchaga–, mientras Aznar nunca tuvo la menor duda de que estaba frente a un
empecinado estalinista del que era imposible esperar otra cosa que palo y
calabozo.
Es dentro de esa atmósfera de desilusionado realismo que en
1996, por iniciativa del gobierno de Aznar, y ante unas tropelías cometidas en
La Habana por los castristas contra la representación diplomática española, la
Unión Europea decide hacer un frente común contra la última dictadura comunista
de Occidente y pone en marcha una política de críticas abiertas, coronada por la
simbólica negativa a firmar un acuerdo conjunto de colaboración con el gobierno
de Castro. Al fin y al cabo, en los tratados de la Unión Europea existe una
cláusula democrática concebida, precisamente, para presionar a los regímenes
que, como el cubano, violan los derechos humanos y niegan las libertades. La UE,
sencillamente, estaba siendo coherente con su propia historia y
naturaleza.
Para España resultaba una situación perfecta. Era mucho más
fácil y efectivo actuar colegiadamente que en solitario. Era cierto que en lo
esencial no se había logrado modificar el comportamiento represivo de la
dictadura comunista, pero si existían unos espacios en los que podían respirar
algunos disidentes como Oswaldo Payá, Martha Beatriz Roque, Gustavo Arcos o
Vladimiro Roca, era porque la Unión Europea mostraba su solidaridad alerta y
vigilante. Debilitar esa posición no era políticamente inteligente ni moralmente
justificable.
Zapatero y Moratinos, sin embargo, llegaron a la conclusión
contraria. ¿Por qué? Mi conjetura es que se trata de una torpe concesión a los
comunistas que contribuyen a la mayoría tanto en el parlamento nacional como en
Cataluña. De ahí la primera decisión equivocada: enviar a La Habana a un
diplomático ex miembro del Partido Comunista que, a juzgar por algunos de sus
compañeros de carrera, simpatiza con el gobierno de Castro o, al menos, no le
causa un rechazo moral importante que en esa Isla exista una viejísima tiranía
calcada del modelo soviético. Era como si al Chile de Pinochet hubieran enviado
a un diplomático franquista, con una vida caracterizada por sus convicciones
antidemocráticas, admirador de los militares de mano dura y comprensivo con los
rasgos dictatoriales del general chileno.
A partir de ese desatinado
nombramiento el próximo error resultaba previsible: comenzar una labor de zapa
dentro de la Unión Europea, tratando de eliminar la posición común, bajo el
absurdo pretexto de que no se había logrado modificar el comportamiento de la
tiranía, algo que presumiblemente se conseguiría con un tipo de relación más
cordial que redujera la solidaridad y el contacto con los demócratas de la
oposición.
Afortunadamente, la firmeza de países como Inglaterra,
Holanda o la República Checa impidieron que se llevara a cabo ese
despropósito.Es razonable, en fin, crear, una política de Estado con relación a
Cuba, pero esa estrategia común no puede reflejar otra cosa que el compromiso de
España con los valores, principios e intereses que caracterizan a la propia
nación española. Servir a Llamazares, a Frutos, a la ETA, y todos esos tenaces
enemigos de la democracia que desean la permanencia y el fortalecimiento de la
dictadura comunista, no es bueno para Europa, ni para España ni para los
cubanos. Pese al refrán, no hay que ser sabio para rectificar. Basta con un poco
de sensatez y humildad.
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