Los autores analizan la estructura de poder imperante en México en donde destacan que el paradigma dominante es la omnipotencia presidencial y que tiene continuidad con el proyecto nacional que emanó “míticamente” de la Revolución Mexicana
Democracia
El paradigma dominante para explicar el sistema político mexicano ha partido de
la percepción de la omnipotencia presidencial. La señal aparente más importante
es la capacidad de nombrar al sucesor, lo cual, aun cuando hay diferentes
interpretaciones– la más lúcida parece ser la de José López Portillo, cuando
sostuvo que el presidente es el fiel de la balanza– reafirma que frente a la
serie de factores que intervienen en la sucesión del poder presidencial, el jefe
del poder ejecutivo tiene preponderancia, ya que él es quién a final de cuentas
tiene la última palabra, es el gran decisor.
Este paradigma reconoce que
el poder decisorio se basa en la encomienda histórica de asegurar la continuidad
de un proyecto nacional que emanó “míticamente” de la Revolución Mexicana y cuya
viabilidad ha sido garantizada porque da cabida a proyectos divergentes
ideológicamente, que no obstante las diferencias, se acomodan bajo el principio
de la ideología de la Revolución Mexicana. Así parece no haber contradicción
entre la continuidad revolucionaria y ciertos proyectos específicos, que pueden
contraponerse a ideas dominantes en otras épocas y hasta ir en contra de lo que
se pensaría son los fundamentos doctrinarios básicos. Podría ser el caso del
cambio al artículo 27 constitucional o la modificación de las prioridades del
gasto público, donde por ejemplo en el caso de Carlos Salinas, no obstante
quitarle importancia al gasto social, se sostenía que se realizaría la
revolución dentro de la revolución. En los regímenes revolucionarios han tenido
cabida los distintos grupos dominantes dentro del PRI y sus orientaciones
ideológicas, y han convivido con una armonía poco usual en la política.
Aunque no es el propósito de este trabajo analizar el desempeño
histórico del PRI, déjese dicho que una de sus virtudes históricas fue el
contener en su interior proyectos político-ideológicos que se oponían, con lo
cual se funcionalizaba la heterogeneidad y el conflicto se usaba para fortalecer
el sistema político, porque el conflicto se desarrollaba dentro de las
instituciones y su solución se sometía al arbitrio máximo que todos aceptaban:
la voluntad presidencial que velaba por la reproducción del sistema.
Un
elemento adicional en el paradigma es el control. El gobierno ve como una tarea
fundamental el control, para lo cual crea instituciones y dinámicas que
finalmente buscan someter al todo societario a la lógica de reproducción del
sistema, y ésta corre a través del presidencialismo.
No obstante la
preponderancia presidencial, sería un error asumir que el presidente maneja el
sistema político caprichosamente, o bien que lo hace aislado, imponiendo su
voluntad. Hemos encontrado que uno de los soportes del poder presidencial es una
red de poder cuya solidez le ha permitido controlar los procesos fundamentales
de la política.
La red de poder mexicana empieza a consolidarse al
término de la Revolución en base a los principios revolucionarios. Los líderes
de la gesta política empiezan a crear grupos que parten de la experiencia
militar y evolucionan hacia la consolidación de un gobierno y de un proyecto
cuyo propósito es cambiar la fisonomía política nacional y posteriormente
preservar el sistema construido. La fuerte competencia por el poder entre
líderes revolucionarios, destacando los que contaban con ejércitos y tenían
posiciones políticas, evoluciona hasta producir una red relativamente homogénea,
porque había que proteger al poder. Paradójicamente, el punto de inflexión fue
el asesinato político (Obregón), porque a partir de él, se crean instituciones y
se empieza a desarrollar una nueva cultura política. Hacia los cuarenta se
inicia la bifurcación en la red, separándose lo que hemos denominado los
políticos y los financieros, ambos defendiendo funciones sistémicas, mientras
simultáneamente compiten por el poder, aunque siempre en el marco de la red y
bajo los grandes principios/valores que la rigen: lealtad y disciplina. Dentro
de la red se premia; fuera de ésta no hay recompensas. Posiblemente, a la
distancia sería válido decir que, tarde o temprano, la red tendría que romperse
porque la divergencia ideológica terminaría por convertirse en irreconciliable,
aunque es menester preguntarse: ¿qué fue lo que sucedió en la red para que se
desvanecieran los controles que ayudaron a contener a la oposición política que
le dio funcionalidad durante varias décadas?
En 1988 se registra uno de
los desprendimientos más importantes dentro del PRI, que arrancó como una
exigencia por la democratización que incluía la no intervención presidencial en
la nominación del candidato presidencial (lo que era una herejía), aunque en el
fondo representaba la lucha entre dos grupos por el poder, lo cual finalmente
implicó un rompimiento casi definitivo entre las dos subredes. Exigir que el
presidente dejara de intervenir en la nominación del candidato a la presidencia,
como lo hacía la Corriente Democrática del PRI, equivalía a despojarlo de su
capacidad de fiel de la balanza y en consecuencia modificar las pautas de
funcionamiento del sistema político, aspecto para el cual ni el PRI ni la red de
poder estaban preparados, entre otras cosas, porque modificar de golpe las
reglas de funcionamiento –escritas y no escritas– del sistema no puede hacerse
súbitamente, sin enfrentar el riesgo de una fuerte inestabilidad.
Este
rompimiento impactó tanto al PRI como al sistema político en general, pero por
lo que toca al peso sistémico de la red, ésta proveyó al candidato oficial
(financiero) y al de oposición (político) y entre ambos lograron más del 60% de
los votos. El candidato perdedor mantuvo la lealtad sistémica, lo que puede
explicar el rumorado rechazo de Cuauhtémoc Cárdenas a liderar un movimiento
radical de protesta, que no falta quién sugiera llegó a niveles de oferta de
levantamiento armado. Queda una duda sobre el peso de Cárdenas en el sistema
político en general y sobre el impacto de su salida del partido, sobre la
capacidad del PRI de retener el poder. Cuando analizamos los valores In de los
actores políticos, destacaban los bajos valores de Cuauhtémoc Cárdenas y Miguel
Alemán Velasco, que eran muy cercanos a cero. Decidimos excluir a ambos y correr
el programa para ver cómo se distribuían los valores. Para nuestra sorpresa, no
hubo prácticamente ningún cambio en la distribución de valores. Luego, entonces,
si Cárdenas no rompió a la red, lo relevante de su salida del partido fue la
articulación de otra serie de redes, hasta entonces excluidas del poder, dentro
de un mismo proyecto político. Esto, entre otros factores, puede explicar el
cambio en la concentración de poder que se manifestó en la pérdida de la mayoría
absoluta en la cámara de diputados, mientras que el PRI ganaba la presidencia
una vez más. La elección de 1994 nos da un cuadro totalmente nuevo. Los
financieros se han fortalecido en el poder, han excluido a los políticos, se han
modernizado y entrenado políticamente, complejizándose y diferenciándose. La
selección de Luis Donaldo Colosio muestra este cambio; él fue un financiero con
entrenamiento político. En su trayectoria política fue de la Secretaría de
Programación y Presupuesto al Congreso, donde presidió la comisión
correspondiente en la Cámara de Diputados, donde no solamente aprende lo que
implica gobernar y legislar, sino que también se entrena en el difícil arte de
negociar con la oposición. De allí brinca al Senado, coordina la campaña
presidencial de Carlos Salinas y preside el partido, para finalmente regresar al
gabinete presidencial, desde donde alcanza la nominación presidencial.
La
elección del 2000 muestra lo que pareció ser un intento por revivir la vieja
competencia entre financieros y políticos. Francisco Labastida es básicamente un
candidato conservador que representa a los financieros, mientras que Roberto
Madrazo parecería representar a los políticos; sin embargo, los estragos del
neoliberalismo y el largo dominio de los financieros parecen haber hecho lo
suyo: el debilitamiento de la red de los políticos. Las ligas al parecer
estrechas de Madrazo con Salinas y los banqueros, como Carlos Cabal y políticos
como Carlos Hank, sugieren que lo único que lo une a la red de políticos es la
herencia paterna. Aunque, por otro lado, estas conexiones sugieren que la
partición entre ambas redes simplemente ya no existe. Por un lado están las
asociaciones político-económicas de los actores políticos, y por el otro, la
mezcla de intereses cuya orientación fundamental parece ser la preservación de
los cotos de poder, aun al grado de aceptar que el viejo proyecto del
mantenimiento del poder en manos de una sola red ha pasado a la historia. La red
de poder estableció paradigmas de gobernación muy efectivos para el
mantenimiento de la estabilidad política. El sistema político giraba alrededor
del concepto de control y parte de la lógica de las instituciones era controlar
clientelas, grupos sociales y procesos políticos. Se sostenía un sistema de
control garantizando castigos y recompensas, lo que a su vez reforzaba la
disciplina y la lealtad. Desde muy temprano en la época posrevolucionaria, los
políticos mexicanos aprendieron que dentro de la red se podía disentir, porque
allí se conseguían premios y recompensas. Fuera de la red, los políticos se
exponían al ostracismo y la represión.
El establecimiento de una red de
poder cohesionada, que promovía una disciplina férrea, llevó a los políticos a
someterse a decisiones centrales, generando un sistema sin retos internos que
amenazaran el orden establecido. Esto facilitaba tanto la gobernación como la
gobernabilidad.
Extracto del ensayo publicado originalmente por la
web de
Estudios Interdisciplinarios de América Latina y el Caribe
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