Política

Venezuela, de país rico a fracasado

Carlos Ball es Periodista venezolano, director de la agencia de prensa AIPE y académico asociado del Cato Institute, reflexiona sobre la realidad de Venezuela y el futuro de su páís.

Carlos Ball
La medida más certera del éxito de una nación la dan los inmigrantes. Estados
Unidos siempre ha sido un país de inmigrantes. Venezuela lo fue en los años 40 y
50, cuando cientos de miles de europeos emigraron a Venezuela, escapando la
estela de miseria dejada por la Guerra Civil española y la Segunda Guerra
Mundial.

Venezuela les abrió las puertas y los inmigrantes aportaron
considerablemente a la transformación y modernización del país, que en menos de
una generación se convirtió en una nación moderna, optimista, que atraía la
inversión extranjera, donde había amplias fuentes de empleo, con una moneda
sólida (un bolívar valía un gramo de oro) y donde cada nueva generación se
sentía segura de lograr mejorar –con su propio esfuerzo– la posición económica
de su familia.

Eso es historia. El fracaso venezolano se ha profundizado
y propagado bajo el actual gobierno de Hugo Chávez, pero la caída del nivel de
vida comenzó mucho antes y fue la desesperación del electorado, tras un cuarto
de siglo de cada vez peores gobiernos lo que abrió las puertas a la llamada
revolución bolivariana que, en realidad, representa todo aquello contra lo que
Simón Bolívar luchó.

Chávez está dispuesto a hacer todas las trampas y a
cometer todos los atropellos y violaciones de derechos ciudadanos para impedir
el referendo revocatorio de su mandato. Pero otro aspecto de la tragedia
venezolana es que muchos de los líderes de la oposición están identificados con
los partidos políticos y las ideologías socialistas e intervencionistas que
desde los años 60 frenaron el crecimiento económico, promovieron la corrupción,
eliminaron toda transparencia en el manejo del estado, pervirtieron al poder
judicial politizando el nombramiento de los jueces y robaron descaradamente al
pueblo con la emisión de dinero, empobreciendo a todos los venezolanos que no
tenían acceso directo a los corredores del poder, donde se repartían y se siguen
repartiendo privilegios y prebendas.

Venezuela es hoy un país de
emigrantes, donde la gente echa de menos el nivel de vida que tenían sus padres
y abuelos. La reconstrucción del país será difícil, pero si lo están logrando
las naciones ex comunistas del este de Europa hay esperanzas, siempre y cuando
emerjan líderes que rechacen el socialismo y ofrezcan un sistema que garantice
la libertad individual y los derechos de propiedad.

No hay que inventar
la pólvora, sólo copiarse las fórmulas de éxito y rechazar las infames
recomendaciones de las agencias multilaterales como el Fondo Monetario
Internacional, el Banco Mundial, el BID o la Cepal que tanta miseria y atraso
han causado en la región.

Gran parte de la tragedia venezolana se debe a
que la riqueza petrolera le pertenece al estado, es decir, a los políticos. La
concentración del poder político y económico en las mismas manos ha promovido la
corrupción, el gigantismo gubernamental, la no rendición de cuentas de
funcionarios y la utilización de las escuelas y universidades del gobierno para
inculcar el socialismo a las nuevas generaciones. Los resultados están a la
vista.

El primer presidente del período de la reconstrucción tendría que
comenzar privatizando a Petróleos de Venezuela, dándole a cada ciudadano una
acción de la empresa y prometiendo que en la primera asamblea se declarará un
dividendo. Una vez que se construya un muro separando al gobierno de la
economía, se procedería a eliminar todos aquellos ministerios y oficinas
públicas que no tengan que ver con salvaguardar la vida, la libertad y la
propiedad de los venezolanos. Esa es la verdadera función del
gobierno.

Así como el petróleo ha sido una maldición para los venezolanos
desde su nacionalización en 1976, se podría transformar en una bendición por
medio de una ley que convierta a todos los ciudadanos en propietarios
capitalistas de una gran empresa.

El mundo está claramente dividido entre
aquellos que creen en el libre mercado y los que creen en la intervención
gubernamental. Los venezolanos empobrecidos por infames gobiernos han sufrido en
carne propia las miserias del colectivismo intervencionista. Ningún país ha
logrado progresar bajo gobiernos grandes, multitud de regulaciones y altos
impuestos. Lo que Venezuela y toda América Latina necesitan es la fórmula
opuesta: libertad individual, igualdad ante la ley y respeto por los derechos de
propiedad.

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