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YO, El Zar (II parte)

Si bien se comprende la indignación en occidente suscitada por la intervención militar rusa en Georgia, el conflicto era previsible.

Nicholas Aikin

La hostilidad de occidente hacia Putin no es nueva. A su llegada al poder y dado su variopinto historial; hijo de cristiana ortodoxa, ex–agente de la KGB, ex –colaborador del alcalde liberal de San Petersburgo, el hombre era un enigma fuera de sus fronteras. Sin embargo, sus despiadadas campañas bélicas en Chechenia y el posterior asesinato misterioso de la periodista Anna Politkovskaya – que había investigado casos de infracciones de los derechos humanos en la república rebelde – así como el de Alexander Litvinenko, unido a sospechas de corrupción entre sus más allegados, no tardaron en enturbiar su reputación en occidente. En su entrevista con Time, Putin se desentiende del asesinato de Politkovkaya alegando que posiblemente fuera obra de algún enemigo de su administración. Y en lo concerniente a la corrupción  sugiere a secas que “le envíen un comunicado escrito al ministerio de asuntos exteriores” si tienen pruebas concretas al respecto (nombres, sistemas y mecanismos…)


 


Pero, como señala el analista político y ex–reportero del Financial Times Anatol Lieven, la hostilidad real hacia Putin deriva de la errada noción de que Rusia debe transformarse en una democracia de índole occidental  a paso acelerado y de que existe un fuerte movimiento liberal de oposición al mandatario ruso dispuesto a conducir a Rusia en esa dirección. Esta “ilusión” se basa en el éxito de los países ex-comunistas del centro y este de Europa en su proceso de occidentalización. Pero la  comparación es engañosa ya que estos países son pequeños, étnicamente homogéneos y estuvieron expuestos mucho menos tiempo al estalinismo que la Federación rusa. En dichas naciones,  un floreciente nacionalismo y el deseo de librarse del yugo soviético permitieron a sus líderes implementar políticas económicas traumáticas que pese a ser impopulares, los ciudadanos estaban dispuestos a soportar. En Rusia los fallidos intentos de reforma durante los años 90 hacia la economía de mercado,  el declive económico resultante, el caos social y la corrupción galopante dañaron seriamente la imagen que el pueblo tenía de la libre economía y la democracia hasta el punto de que la influencia de los partidos liberales ya estaba en decadencia antes de que Putin alcanzara la presidencia.


 


Por tanto, es posible que Rusia necesite varias décadas para culminar el proceso de cambio hacia la democracia, y que a corto y medio plazo tan solo un gobierno semi-autoritario sea viable. De ser así, si Putin – que pese a su aparente invulnerabilidad podría tener que enfrentarse con algún rival más radical si la coyuntura política, económica y/o social rusa deteriorase seriamente – fuera depuesto, acaso llegara a echársele de menos en occidente.

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