Cuesta imaginarse el éxito de una Alianza de Civilizaciones con realidades económicas y sociales tan dispares. Para coincidir en las condiciones básicas de desarrollo y en la importancia de las instituciones no alcanza sólo con los gestos y las fotos.
Editorial
El ministro de Exteriores, Miguel Angel Moratinos, ha abogado porque la Cumbre Mediterránea que comienza hoy acentúe una mayor relación entre Europa y la ribera sur del Mediterráneo, defendida por el denominado Proceso de Barcelona. Moratinos cree que la cita euromediterránea debe ´ratificar el espíritu´ de la Conferencia de Barcelona de 1995, pero ir más allá y ´ofrecer a nuestros socios mediterráneos una perspectiva común, una más intensa asociación del proyecto europeo´.
Esta reunión es todo “un banco de pruebas de la Alianza de Civilizaciones”, como la definió el presidente catalán Pasquall Maragall, y será un intento por escudriñar los alcances reales de la hasta ahora incierta propuesta de la diplomacia del talante que coordina el tándem Zapatero – Moratinos y que se apoya en la idea de que el diálogo es esencial entre culturas, apelando a tolerancia y la comprensión del otro.
En relación a los temas que tratará la Cumbre, la integración económica es primordial. La Política Europea de Vecindad (PEV) y la Asociación Estratégica entre la Unión y la Región Mediterránea y Oriente Medio (Aemon), lanzadas en el 2004, constituyen los últimos instrumentos para intentar lograr el objetivo de crear una vasta zona de libre comercio en el 2010.
A pesar de las buenas intenciones de esta cumbre, habrá ausencias notorias cuyas las deserciones han desmoralizado a sus organizadores. La secretaria de Estado de Estados Unidos, Condoleezza Rice, no asistirá a la Cumbre probablemente en rechazo a los continuos desplantes de la Administración Zapatero a Washington. Aunque en la Moncloa se cansen de decir que las relaciones entre España y EEUU son inmejorables, lo cierto es que España no cuenta para nada en la agenda de la Casa Blanca.
Pero el aislamiento de España se hace sentir en la ausencia de otros participantes de esta cumbre, para quienes se supone que está especialmente diseñada, dado que trata de la cooperación de Europa hacia el sur del Mediterráneo. Hasta último momento no es seguro si acudirán el presidente tunecino, Zin el Abidín Ben Alí, el Rey Abdalá II de Jordania, el líder libio, Muamar el Gadafi, -cuyo país está presente en este foro con estatuto de observador- y están casi descartados el presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abás (Abu Mazen) y el primer ministro israelí, Ariel Sharon.
Diez años después del proceso de Barcelona, y luego de que la UE haya desembolsado casi 9000 millones de euros para alcanzar sus iniciales objetivos, la región euromediterránea – los 25 estados de la Unión más los 10 países mediterráneos asociados (MEDA)- presenta realidades dispares. Los ciudadanos europeos gozan de una renta más de cuatro veces superior a la de sus vecinos del sur: 22.870 euros de media en el caso de la UE, frente a 5.502 euros en el conjunto de países mediterráneos asociados (Argelia, Egipto, Israel, Jordania, Líbano, Libia, Marruecos, Siria, Túnez, Turquía y territorios palestinos).
La Cumbre Euromediterránea, en lugar de felicitarse por la facilidad de diálogo y entendimiento, debe cuestionarse seriamente las razones por las que el crecimiento ha sido en general débil al otro lado del Mediterráneo a lo largo de los últimos dos lustros. Sírvase de ejemplo los datos desalentadores que presentan estos países en materia de empleo. El paro alcanza en Argelia al 27,3% de la población activa, mientras que en los territorios palestinos es del 25,6%. También superan la barrera del 10% Jordania (13,2%), Siria (11,7%), Marruecos (11,6%), Turquía (10,6%) e Israel (10,3%).
Cuesta imaginarse el éxito de una Alianza de Civilizaciones con realidades económicas y sociales tan dispares. Para coincidir en las condiciones básicas de desarrollo y en la importancia de las instituciones no alcanza sólo con los gestos y las fotos. A vista de los hechos transcurridos, hablar de “políticas de consenso”, de “desarrollo compartido” o de “espacio de diálogo” suena a palabrería hueca cuando es menester hace autocrítica y plantear objetivos más sensatos y cercanos a la realidad actual de los participantes.
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