Esta guerra es justa solo porque es su guerra y el nunca existen “guerras justas”, proclamado desde hondos “convencimientos” ha sido enterrado para cuando sean otros los que convoque las suyas
Las guerras de ahora son o no son según quien las convoque. Ni si quiera depende el tema de argumentos o razones nuevas y bien parece estemos aún en la década de los noventa, cuando empezaron estas modernas no guerras.
Todos los que secundaron políticamente Irak sufren aún la osadía de haber dado apoyo político al país más importante del mundo sin permiso de las humanitarias y solidarias Naciones Unidas. Otra mentira. Las tropas españolas, por ejemplo, fueron comprometidas en labores humanitarias o de reconstrucción y solo fueron al escenario cuando el permiso había sido otorgado. Lo mismo que ahora.
Estamos en la “no” guerra de Libia y las palabras de la poderosa progresía adinerada aplican justificaciones exactas a quienes lo hicieron para la “si” guerra de Irak.
Ahora los del No a la Guerra, llaman tiranos a los que antes abrazaban como amigos y hasta compartían pupitres en internacionales ideológicas. Justifican y apoyan la intervención porque no es para imponer la democracia como quería Bush, sino para salvar vidas humanas. Advierten que eso de conseguir la democracia es cosa solo de los libios. Lamentan que se haya tardado tanto y reclaman una diplomacia más enérgica en el futuro para evitar estas no guerras. Apelan a la comunidad internacional para ser firmes en Yemen o incluso Arabia Saudí pero aquí no recomiendan –de momento- las opciones militares.
Son todos, matices retóricos, vacíos y mentirosos. Hasta eso de la comunidad internacional es mentira y filfa. Esta guerra es justa solo porque es su guerra y el nunca existen “guerras justas”, proclamado desde hondos “convencimientos” ha sido enterrado para cuando sean otros los que convoque las suyas. Ya ni alardean de pragmatismo y olvidaron que las guerras nunca resultan buenas ni convenientes.
Neoconservadores y socialdemócratas han dividido el mundo en dos mitades ideológicas y están empeñados en refundar y permitir democracias a la carta animados por sus afanes totalizadores y excluyentes. En los extremos, los fascistas se frotan las manos ante el caos y los social-marxistas han abrazado el islamismo radical para seguir soñando con derribar el imperio yanqui. Y en el centro un puñado pequeño de liberales estupefactos se ha quedado solo en su defensa de la vieja democracia liberal y de la Paz.
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