El invierno va a mostrar con más crudeza los pasillos y vías de refugiados detenidos por alambradas, verjas, paredes y policías.
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Martes, 21 de julio 2026

El invierno va a mostrar con más crudeza los pasillos y vías de refugiados detenidos por alambradas, verjas, paredes y policías.
Cientos de miles de refugiados e inmigrantes caminan hacia Europa atravesando la Anatolia turca, el Mediterráneo, las islas griegas, Macedonia, Serbia, para llegar a la frontera de Hungría, que desde hace varios días se ha convertido en un tapón político y humano para que no circulen más refugiados por su tierras.
El Gobierno de Viktor Orbán no podría ingresar hoy en la Unión Europea si no cambiara su política xenófoba y no aceptara la legislación comunitaria. Las decisiones en Europa son lentas porque no se saltan las garantías y los pactos establecidos en los tratados y en la política del día a día. Pero los miles de niños y jóvenes, familias enteras que huyen de la persecución y la muerte van transformando sus miradas de esperanza en rostros de preocupación y angustia.
Llega el frío, las lluvias, los vientos y la nieve en Europa central. Los ministros se reúnen en Bruselas. El egoísmo de los estados forma diversos frentes. Hungría está levantando una valla con la frontera de Serbia y ayer anunció que construirá otra con los límites de Rumanía.
La valentía de Angela Merkel ante un crisis humanitaria de estas dimensiones ha arrastrado a varios gobiernos europeos a cambiar de políticas sobre refugiados. Francia ha estado siempre a su lado y Mariano Rajoy se ha sumado a lo que haga falta. La Inglaterra de Cameron va por su cuenta y varios países del Este que tan bien conocen las restricciones fronterizas en los años de la guerra fría responden sin generosidad alguna a las decisiones de acogida de la Unión Europea. Italia y Grecia han respondido.
A la lógica lentitud de los gobiernos para prever todas las eventualidades de una llegada masiva de refugiados ha surgido un amplio movimiento social de generosidad y compasión que ha descolocado a muchos políticos. No es cierto que la sociedad de hoy sea en su conjunto más egoísta e insensible al dolor ajeno. Todos venimos de antiguas o recientes migraciones.
Los republicanos que pasaron a Francia y luego a América Latina, los 15 millones de desplazados, principalmente alemanes y polacos tras la Segunda Guerra Mundial, griegos, judíos armenios, vietnamitas, chinos, ucranianos, tártaros, emigrantes económicos o perseguidos por sus ideas, todos ellos están en esta convulsa patria de la memoria que es Europa.
Las iniciativas de la UE son las que tienen mayor garantía jurídica y social. Pero, mientras tanto, muchos miles de europeos se implicarán, cada uno como pueda y sepa, para proteger a tantas personas que huyen de la guerra y la persecución y pueden tropezar con la indiferencia o la hostilidad. Es una oportunidad para los que llegan y para los que estamos aquí. Esto es también alta política de calidad.
Publicado en La Vanguardia el 17 de septiembre de 2015.
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