Marginada en la etapa previa de la carrera presidencial, entró en ella tras la muerte en agosto de Eduardo Campos en un accidente de helicóptero, y hasta el momento se mantiene con grandes posibilidades de desbancar a la presidenta Dilma Rousseff.
Brasil está viviendo una de las campañas electorales más particulares de su historia. En un contexto de economía en recesión técnica, con un crecimiento marginal de su patrimonio desde hace más de tres años, tras un período de grandes protestas callejeras, emergió la figura de Marina Silva, una ecologista, evangelista y exministra del expresidente Lula da Silva. Marginada en la etapa previa de la carrera presidencial, entró en ella tras la muerte en agosto de Eduardo Campos en un accidente de helicóptero, y hasta el momento se mantiene con grandes posibilidades de desbancar a la presidenta Dilma Rousseff.
Brasil vota en primera vuelta el domingo 5 de octubre, pero donde está centrada la atención es en el balotaje del 26 de ese mes, al que arribarán Rousseff y Silva, según las encuestas. Hasta el momento mantienen un empate técnico. La presidenta y sucesora de Lula, del Partido de los Trabajadores (PT), obtendría el 42% de apoyo en la segunda vuelta, mientras que Silva, del Partido Socialistas Brasileño (PSB), lograría el 43%, según una encuesta de Ibope divulgada el pasado 12 de septiembre.
La presencia de Silva en la campaña borró del segundo lugar a Aécio Neves, candidato socialdemócrata, que se estancó ahora en la tercera ubicación. Al momento de su fallecimiento, Campos tenía el 10% en intención de voto para la primera vuelta, mientras que Neves lo superaba con un 23%. Silva alteró de forma radical el panorama, al ser una candidata con mayor carisma y por el efecto que suele tener la muerte en estas circunstancias. El rechazo al aborto y a las bodas gais por parte de Silva no ha hecho mella en su popularidad, pese a que algunos analistas preveían que eso perjudicaría su imagen política.
Rousseff destaca como uno de sus triunfos que la tasa de desempleo no llega al 5%
Desgaste de Rousseff
Dilma arrastra el desgaste de un PT que no ha asentado el crecimiento económico en el país y que no ha dejado atrás las polémicas por corrupción. Lo último sucedió en plena campaña electoral: se investiga un supuesto pago de sobornos millonarios a decenas de políticos y legisladores por parte de constructoras que ganaron contratos con Petrobras, la petrolera estatal brasileña, entre 2004 y 2012. Además, la figura de Dilma perdió pie al conocerse los gastos excesivos para la organización del Mundial –que, para peor, dejó a la selección brasileña humillada en semifinales–, y por ello enfrentó enormes protestas en 2013 durante la disputa de la Copa de Confederaciones. Si bien el reclamo por mejores servicios de salud y transporte no menguó, las marchas sí lo hicieron en el desarrollo de la Copa del Mundo. El brasileño, al fin y al cabo, es un pueblo muy futbolero.
Los graves problemas de infraestructuras que sufre este enorme país, que ha generado grandes cuellos de botella para sacar la producción de su territorio, también han sido motivos de descontento. Los analistas económicos concuerdan en que Brasil tiene todas las características de país frágil desde el punto de vista macroeconómico.
Después del milagro brasileño de Lula hace cuatro años, en el que millones de personas salieron de la pobreza y la clase media se tornó mayoritaria, esta nación
retornó a la realidad.
Brasil prevé crecer entre el 2,5% y el 3% este año, lo que significaría una mejora con respecto a los años anteriores, pero lejos de la expansión de 7,5%, registrada en 2010. El crecimiento de la economía brasileña solo fue de 2,7% en 2011 y de 0,9% el año pasado. La tasa de desempleo sigue cercana a mínimos históricos, en torno al 5%, algo que Rousseff recuerda con asiduidad como uno de los éxitos de los 12 años que lleva el PT en el poder. De cualquier modo, la creación de empleo se está frenando: la construcción civil, que creó un promedio de 200 mil empleos por año desde 2010 a 2013, ha agregado apenas 18 mil empleos netos en los últimos 12 meses, a medida que los grandes desarrolladores del país disminuyen los nuevos proyectos debido a la débil demanda.
Silva pretende reformar los estatutos del Mercosur a fin de que Brasil tenga libertad para negociar acuerdos comerciales por separado con otros países o bloques
Los mercados, con Silva
El real brasileño apunta a debilitarse en 2015 por las perspectivas de tasas de interés más altas en Estados Unidos, pero la creciente probabilidad de una victoria de Silva en las elecciones podría suavizar la depreciación de la moneda, según un sondeo reciente de la agencia Reuters. Los mercados avalan a Silva y mejoran o empeoran sus perspectivas del país al son de la subida o bajada de la candidata en las encuestas. En ese sentido, la bolsa de Brasil cayó el pasado 12 de setiembre por primera vez desde agosto, sumando su segunda semana de pérdidas, como consecuencia de un escenario más disputado en la elección presidencial entre Rousseff y Silva.
De todos modos, la abanderada de la oposición es una incógnita en el aspecto económico, de acuerdo a los analistas regionales. En especial, desde el punto de vista del Mercosur, el mercado común sudamericano que cada vez cumple menos con sus cometidos originales de intercambio comercial. Los expertos aseveran que, pese a que Brasil no puso demasiado empeño en fortalecer el Mercosur, al menos había diálogo con Rousseff. Con Silva, nadie sabe exactamente cómo se procederá. De hecho, la candidata del PSB ha dicho que pretende promover una reforma de los estatutos del Mercosur a fin de que Brasil tenga libertad para negociar acuerdos comerciales por separado con otros países o bloques, lo que está vedado por las actuales normas.
En su programa de gobierno, Silva delinea los puntos centrales de su política de comercio exterior, sin mayores detalles. Habla de ampliar los horizontes de integración productiva y de comercio con América del Sur en general, no solo con el Mercosur; de potenciar la internacionalización de las empresas brasileñas y acercarlas a las cadenas globales de producción; y de actuar activamente en la formación de acuerdos comerciales que incluyan los principales bloques comerciales del mundo, como Estados Unidos, Europa y Asia, para facilitar las importaciones y abrir mercados de exportación.
Silva, que renunció a su puesto en un gobierno de Lula por discrepancias en torno a las políticas medioambientalistas del PT, también propone una reforma tributaria, una reforma agraria, propuestas para reducir la inflación –6,51% en agosto–, y llama a fortalecer la industria y a acometer obras de infraestructura, “un tema prioritario y una de las cuestiones que han opacado el crecimiento económico brasileño”, según el programa de gobierno de Silva.
Durante el primer debate televisivo entre los candidatos que tuvo lugar a inicios de septiembre, la economía se llevó la mayor parte de los minutos, y dio lugar a encontronazos entre Rousseff y Silva. Allí la presidenta acusó a su contrincante de plantear una política económica que generaría desempleo y subrayó que Silva no ha presentado planes para apoyar la política que propugna, que supondría una elevación del gasto público en salud y educación. En otra oportunidad, la líder del PT dijo estar “muy preocupada” por sus propuestas para la industria, porque podrían significar despidos masivos si hay una mayor apertura comercial de Brasil. Silva respondió acusando a su rival de debilidad en la gestión económica, en la que no hubo responsabilidad fiscal ni manejos inteligentes para frenar la inflación.