La puissance au XXIème siècle
Les nouvelles définitions du monde
Autor: Pierre Buhler
CNRS Éditions.
París (2011).
508 págs.
Mas la importancia de este libro radica en sus reflexiones sobre el concepto de potencia, tal y como ha sido entendido en el pasado y cómo debe ser entendido en el momento presente.
Los valores añadidos del soft power
El concepto tradicional de potencia se fundamentaba en factores cuantitativos como el territorio, la población o los recursos. En cambio, el concepto actual de potencia pone el acento en el soft power, un criterio ampliamente difundido por el politólogo americano Joseph S. Nye, y que es un enfoque cualitativo muy relacionado con la revolución de las tecnologías de la información, con la entrada en escena de actores diferentes a los Estados tales como grandes empresas, redes terroristas, ONGs…
El Estado, el Derecho, la geografía, la demografía, los recursos financieros, la fuerza militar, son factores determinantes de la potencia, pero no son exclusivos. La capacidad de innovación, los avances tecnológicos, la influencia o la fuerza de convicción son unos valores añadidos que constituyen el soft power. Consecuencia directa de este nuevo enfoque es la necesidad de saber comunicar el mensaje, de extender la capacidad de influencia entre la opinión pública.
Vivimos en la era de las redes, con la consiguiente abolición de la distancia, con una marea de blogs y videos que inunda Internet. Cualquier potencia puede ser desafiada por esas redes que, en no pocas ocasiones, han sido expresión de las frustraciones de individuos y colectivos, tal y como hemos visto en las revueltas de la primavera árabe o en la propia China. Buhler llega a la conclusión de que aquel Estado que tenga más conexiones con las redes estará llamado a ser un actor central en la escena internacional. Entre otros, pone como ejemplo a Obama felicitando en videoconferencia el año nuevo a los iraníes, aunque habría que valorar si este tipo de iniciativas sólo se conforma con efectos a corto plazo.
Nuevas reglas del juego
El libro de Buhler sigue la senda marcada por un gran politólogo como Raymond Aron, la de no concebir la potencia como un absoluto sino como una relación entre seres humanos. Podría decirse que la potencia tiene un componente psicológico que no es tanto la clásica voluntad de poder sino la capacidad de una entidad política de imponer su voluntad a otras entidades políticas. Dicha capacidad ha evolucionado con el paso del tiempo y en ella el soft power ocupa actualmente un lugar primordial, aunque esto no significa que el hard power, representado por el poder militar, haya de ser desechado.
El bipolarismo de la Guerra Fría quedó definitivamente atrás y hemos vuelto, según reitera Buhler, al juego clásico de las potencias. En consecuencia, si una potencia quiere seguir siéndolo, y esto es aplicable a EEUU, no puede caer en el inmovilismo sino que ha de adaptarse a los nuevos tiempos, en los que las reglas del juego están cambiando. Los ganadores, tal y como recalca el autor, son aquellos que tienen la capacidad de cambiar las reglas del juego y hacer que los posibles rivales se sometan a ellas.
La maldición de las materias primas
Las potencialidades en forma de recursos naturales no transforman necesariamente a un país en una potencia. Antes bien, Buhler se refiere en su libro a la maldición de las materias primas. En teoría, la ascensión de potencias emergentes como China, ávida de recursos por todo el mundo, representaría una gran oportunidad para países dotados de dichos recursos, sobre todo porque el petróleo o el gas son fácilmente controlables por el Estado y suponen una parte destacada del PIB.
La maldición está, por tanto, relacionada con los sistemas políticos, pues las dictaduras son propensas al dinero fácil y las autarquías improductivas. Surgen “empresarios políticos” relacionados con el clientelismo, las inversiones a corto plazo o el enriquecimiento rápido, por lo que no es extraño que en esos países haya altos niveles de corrupción. Por tanto, los indicadores macroeconómicos nos engañan, pues unas altas cifras de PIB no son suficientes para construir la potencia, ya que en esos países se depende por completo de la demanda externa, con todos los riesgos que supone.
El poder militar aún cuenta
¿Sigue siendo el criterio militar determinante para edificar una potencia? No cabe duda que así era durante la guerra fría, sobre todo en materia de armamentos nucleares. La preeminencia de lo militar se ha reducido en las dos últimas décadas, aunque no ha desaparecido. Potencias como China y la India, en plena expansión económica, no han descuidado la modernización de sus fuerzas armadas tanto en lo nuclear como en lo convencional.
En el caso de Irán no es menos evidente que su proyecto de dotarse de armamento nuclear representa una urgente necesidad de afirmarse como potencia en el crucial escenario de Oriente Medio. Tampoco olvidemos que EEUU sigue siendo la espina dorsal de la seguridad mundial, lo mismo que en las últimas décadas, entre otras cosas porque una buena parte de sus aliados, menos propensos a incrementar los gastos militares, han delegado en Washington esa responsabilidad.
El ascenso de Asia
Buhler destaca en su libro que cualquiera que sea la evolución del sistema internacional de potencias, el resultado final ya no será el predominio que antes tenían los occidentales. La ascensión de la India y China, primero en Asia y después a nivel global, es significativa porque representa una combinación del hard power, dado que ambas son potencias nucleares, y del soft power, con una gran expansión económica paralela al consiguiente despliegue diplomático,aunque China lleva una evidente ventaja sobre su rival.
Otro objetivo chino es arrojar a EEUU de Asia, porque los americanos se consideran una potencia del Pacífico y mantienen estrechas relaciones político-militares con todos aquellos países más recelosos de China, y que además de Japón y Corea del Sur, son Singapur, Thailandia, Filipinas, Indonesia o Australia, sin descartar a Vietnam, el antiguo enemigo.
En sus referencias a EEUU, el autor de la obra no deja de resaltar su vocación histórica de potencia, que terminó por consolidarse en el siglo pasado, aunque, a diferencia de otros imperios del pasado, es un imperio liberal, que promovió incluso grandes foros del multilateralismo como las Naciones Unidas. Pero sus credenciales democráticas no evitan la mala percepción de los americanos en el mundo como encarnación de una potencia abusiva y hegemónica, si bien la presidencia de Obama ha intentado lavar esa imagen.
¿Es Europa una potencia?
Uno de los capítulos más interesantes del libro es el dedicado a Europa, un nuevo tipo de potencia que algunos han calificado de potencia normativa o potencia de reglamentación, Con todo, Europa suele desdeñar el concepto de potencia, asociado a la idea de nacionalismo y abuso de poder. La historia de la construcción europea es la del triunfo del método funcionalista, antítesis de la potencia y la influencia, y que consagra el predominio de las reglas y códigos que sobrepasan las soberanías nacionales, aunque sin llegar a su abolición.
El éxito del funcionalismo europeo ha llevado a la UE a querer extender su modelo al resto del mundo, empezando por los países de su periferia que, incluso han adoptado normas económicas y comerciales del acervo comunitario como es el caso de Turquía, pese a que esto no les garantice la integración en el club europeo.
No hay potencia sin mando político único y sin poder militar, pero la realidad de la disminución de los gastos de defensa en Europa, antes y después de la crisis, y la falta de voluntad política han socavado la política exterior y de seguridad puesta en marcha en los diversos tratados de la Unión. La realidad es que los europeos, a excepción de Francia y Gran Bretaña, han depositado desde hace décadas sobre los hombros de EEUU el núcleo duro de la seguridad, aunque la crisis latente en que vive la OTAN es, entre otras cosas, la expresión del cansancio de Washington ante las reticencias de sus aliados europeos.
Se diría que Pierre Buhler comparte la crítica de la irrealpolitik europea, en expresión de Hubert Védrine, el ex ministro socialista francés de Exteriores que prologa su libro, y que consiste en la falta de comprensión de que en el mundo actual se vive una competición multipolar. Europa no se resigna a que la escena internacional siga siendo una competición de potencias. Ni el mundo contemporáneo ha entrado en una era post-nacional ni post-identitaria, ni Europa ha conseguido ser la Gran Suiza de nuestros días.
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(1) Pierre Buhler, La puissance au XXIème siècle. Les nouvelles définitions du monde. CNRS Éditions. París (2011). 508 págs.