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Corrupción y libertad

Los manifestantes de Kíev protestan contra un gobierno que se ha entregado al Kremlin pero, sobre todo, quieren acabar con la corrupción que tolera el presidente Yanukóvich. Lo mismo ocurre en Venezuela con las arbitrariedades del chavista Maduro, que ha empobrecido a su pueblo a pesar de las inmensas riquezas energéticas.

Los enfrentamientos en las calles de Kíev, Caracas y Bangkok suministran imágenes dramáticas con muertos, heridos y cientos de miles de manifestantes que se enfrentan a gobiernos atribulados. Hace más de dos años vimos cómo las masas derrocaban dictaduras en tres países del norte de África abriendo la temporada de las primaveras árabes que todavía no han dado el salto a una cierta normalidad institucional y política.

Cada país tiene su propio infortunio y los enfrentamientos de Venezuela no guardan relación con los de Ucrania o Tailandia. Pero hay algo en común en todos ellos. Los que protestan piden dos cambios radicales: más libertad y menos corrupción. Es la corrupción lo que acaba tumbando gobiernos aunque los responsables de las acciones corruptas den largas amparándose en la lentitud de la justicia o en la impunidad derivada del ejercicio de la fuerza.

Toda corrupción se desarrolla y crece en un ejercicio de triunfalismo y un trenzado de complicidades. Estos tiempos globales no son mejores ni peores que los que nos han precedido. La diferencia está en que hoy es más difícil, por no decir imposible, esconder los asuntos turbios porque hay mucha más información al alcance de cualquiera. Si el Pentágono y la señora Merkel, pongo por caso, pueden ser espiados por ajenos y extraños, qué no va a ocurrir con un simple individuo privado o personalidad pública.

La corrupción que debilita o anula la libertad no es la de cuestiones menores como la de robar una gallina o llevarse una botella de alcohol caro de un supermercado. La corrupción es aquel estado personal o social en el que nos podemos acostumbrar a vivir pensando que no es malo el estafar un poco a Hacienda o esquivar el IVA cuando pagamos al electricista del barrio. En los fríos países del norte es frecuente que un ministro dimita porque no ha pagado la seguridad social a la trabajadora doméstica.

Esta corrupción habitual, menor, es un indicio que acepta implícitamente el robo de quienes se convierten en multimillonarios, favorecen a amigos y parientes, silencian a la oposición y utilizan la fuerza para mantener sus corruptelas a gran escala.

Los manifestantes de Kíev protestan contra un gobierno que se ha entregado al Kremlin pero, sobre todo, quieren acabar con la corrupción que tolera el presidente Yanukóvich. Lo mismo ocurre en Venezuela con las arbitrariedades del chavista Maduro, que ha empobrecido a su pueblo a pesar de las inmensas riquezas energéticas. Los antigubernamentales de Bangkok claman contra la corrupción que ha acampado en el Estado desde el golpe militar de 2006. La conducta personal puede afectar la credibilidad de los políticos. Pero lo que les lleva a la perdición es que metan las manos en la caja y se enriquezcan con el dinero público.

Lluís Foix Carnicé

Publicado en La Vanguardia el 20 de febrero de 2014.

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