Política

Cuando la ayuda externa termina siendo dañina

La ayuda externa ha regresado, con el apoyo de las Naciones Unidas y hasta de la administración de Bush.
Muchos desastres en Asia del Sur han traído el problema de la pobreza internacional a la superficie. De hecho, el tsunami de diciembre 26 provocó una carrera intergubernamental para prometer ayuda.

Doug Bandow
 Si el dinero es utilizado bien, no hay daño en competir para ayudar a las
personas que lo necesitan. Pero a lo largo de los últimos cincuenta años las
naciones ricas han vertido cientos de miles de millones de dólares en el mundo
en vías de desarrollo obteniendo resultados mínimos. Mucho del dinero ha sido
robado. Mucho más del dinero ha sido desperdiciado. Poca parte del dinero ha
sido usada para promover el crecimiento económico a largo plazo.

Los
políticos locales establecieron proyectos prestigiosos que perdieron dinero y
utilizaron las compañías estatales para ganar el apoyo popular. Los prestatarios
y los prestamistas ambos favorecieron crear nuevas carreteras y edificios en vez
de arreglar las carreteras y edificios viejos. Aún más importante, mientras no
hayan reformas de mercado, las economías no se desarrollarán. La prosperidad y
el crecimiento están correlacionados con la libertad económica, con nada más. No
con los niveles de ayuda, no con la cantidad de recursos naturales, no con la
densidad de la población. Darle dinero a políticos socialistas e incompetentes
no le hace bien a nadie.

Las transferencias extranjeras muchas veces
pospusieron las reformas al aliviar las consecuencias del fracaso económico. Los
regimenes en el poder usaron la ayuda extranjera para mantenerse en el poder aún
mientras empobrecían de esta manera a su gente.

Cuando el record
terrible de la asistencia oficial se volvió innegable, las agencias de
desarrollo multilateral como el FMI comenzaron a justificar sus actividades
argumentando que ellos promovían las reformas de mercado. Pero es una ilusión
que la ayuda de gobierno a gobierno pueda crear prosperidad.

Sin
embargo, Jeffrey Sachs, liderando el Proyecto para el Milenio de la ONU, propone
gastar alrededor de $200 mil millones anualmente en una grandiosa y nueva
iniciativa. La planificación económica central mundial ganará donde la
planificación central económica nacional falló.

Sachs cree que si el
puede bombardear el tercer mundo con toldos para la protección de mosquitos, la
malaria será conquistada. Denle suficiente fertilizante a el y las tierras
florecerán; denle suficiente medicinas y las enfermedades desaparecerán.
“Estamos en una posición de ponerle fin a la pobreza extrema durante nuestra
generación”, el proclamó confidentemente. Después de todo, calcular el número
“correcto” de toldos para la protección de mosquitos es más fácil que colocar el
toldo sobre las cabezas de las personas.

La retórica de Sachs nos lleva
de vuelta a los 1970s, cuando Robert McNamara arruinó el Banco Mundial al
incrementar dramáticamente los préstamos sin considerar si el dinero sería
utilizado bien o no. Cantidades de estados pobres se endeudaron libremente
mientras se deterioraron económicamente.

El PIB real per capita en
África al Sur del Sahara fue más bajo en el 2000 que en 1970. La administración
de Bush, también, se ha dejado llevar por la equivocada noción de que más es
mejor. Quiere recompensar sus aliados en Iraq, como Polonia y Ucrania, con miles
de millones en ayuda. La administración proveería $200 millones a las
autoridades Palestinas, aunque los dineros anteriores han sido robados por las
autoridades y entregados a las familias de los bomberos suicidas.

La
administración ha propuesto aumentar las contribuciones a la Asociación
Internacional de Desarrollo del Banco Mundial y duplicar los fondos para la
Cuenta del Reto Milenario Estadounidense. Hasta los conservadores del Heritage
Foundation, antes enemigos de la fútil ayuda económica, están presionando al
congreso para que gaste más—aunque los gobiernos del Tercer Mundo no han
utilizados toda la ayuda que fue aprobada para el año pasado.


Supuestamente las naciones recipientes están mejor gobernadas ahora que
en el pasado. Entonces con las políticas económicas correctas deberían crecer
sin ayuda extranjera.

La globalización probablemente es la mejor
esperanza para los países pobres. La inversión y el comercio occidental han
sacado a ciento de millones de personas de la pobreza extrema en China y en
India. Hasta los países más pobres, como Bangladesh, han encontrado un rayo de
esperanza mediante el comercio de exportaciones, como los textiles. Las naciones
más afectadas por el tsunami pagan más anualmente en tarifas occidentales en
importaciones—cerca de $2 mil millones para Indonesia, India, Sri Lanka y
Tailandia el año pasado, por ejemplo—que lo que recientemente recibieron en
forma de ayuda extranjera. Por lo tanto, eliminar las barreras proteccionistas
occidentales es el método más eficaz para ayudar al crecimiento en el
extranjero. Si la ayuda extranjera es para ayudar, debe ser una ayuda en vez de
un obstáculo.

Nuevos esquemas internacionales incorporando nuevas
transferencias de recursos son un desacreditado regreso al pasado en vez de una
visión sofisticada para el futuro.

Los programas privados operando
afuera de los gobiernos ofrecen una mejor opción. Cuando la coordinadora de
Rescate de la ONU Jan Egeland acusó a EE.UU. de ser “tacaño” luego del tsunami,
el estaba pensando solo en transferencias oficiales. Pero hasta ese momento los
estadounidenses habían contribuido de manera privada más que su gobierno.
Ciudadanos de otras naciones también contribuyeron. Las contribuciones privadas
probablemente exceden $30 mil millones de dólares anuales.

Los pobres
del mundo necesitan ayuda desesperadamente. Pero por años mucha de la ayuda
extranjera ha causado más daño que bien. Nosotros no deberíamos dejar que la
historia se repita.

Doug Bandow es Académico Titular del Cato
Institute.

Traducido por Gabriela Calderón para Cato Institute.

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