América, Política

Drones y ejecuciones sin juicio en la lucha antiterrorista

El uso de drones por parte de EE.UU. en la lucha contra el terrorismo, incluso dirigidos a veces contra ciudadanos americanos, ha despertado polémica. Pero más que el propio presidente, ha sido su asesor en temas de seguridad interior y antiterrorismo, John O. Brennan, el encargado de justificar, en función de la ética y la eficacia, la utilización de los drones.

Obama defiende su legalidad

Una de las últimas decisiones de la Administración Obama ha sido el envío de una comunicación al Congreso en la que se anuncia el despliegue en Níger de un centenar de militares para establecer una base de drones que operarían en el Sahel para combatir a grupos armados islamistas. Algunos analistas políticos americanos han cuestionado esta iniciativa por el riesgo de que Washington se vea implicado en las guerras civiles de una región endémicamente inestable, marcada por la corrupción política y los golpes militares.

Los críticos apuntan a que no existen intereses americanos directamente en juego y los principales riesgos provienen de los secuestros de extranjeros y de otras actividades criminales atribuidas a grupos vinculados a Al Qaeda. De ahí que achaquen a Francia, con tradicional influencia en la región, una cierta responsabilidad en la implicación americana. En cualquier caso, europeos y americanos ven un peligro para su seguridad en la actividad de los islamistas en tierras del Sahel. 

A este respecto, Tony Blair se ha atrevido a pronosticar que Occidente estará presente por más de una generación en el Sahel y el norte de África, pero las reticencias de algunos de los socios europeos de Francia en dar un apoyo más decidido a las operaciones militares arroja dudas sobre tal afirmación. Por lo demás, el riesgo más evidente para EE.UU. es que su presencia, y en particular el uso de los drones, sea percibido por las opiniones públicas de los países musulmanes como otro episodio de la guerra de Occidente contra el Islam. Está percepción ya existe desde el empleo de los drones americanos en Afganistán y Pakistán, con los consiguientes daños colaterales ocasionados a la población civil.

Daños colaterales

Las muertes de civiles no combatientes son la consecuencia inevitable de las guerras en las que el enemigo no viste uniforme y se mueve a sus anchas entre la población local. Es sabido que el exceso de víctimas civiles fue uno de los factores que contribuyeron a la derrota americana en Vietnam. De ahí que la alternativa a los daños colaterales pase por el secretismo, que no se manifiesta cuando los drones abaten a un líder terrorista, sino cuando los objetivos alcanzados son personas de menor relevancia en los grupos armados, pero que también se refugian en zonas en las que los talibanes o Al Qaeda tienen arraigo.

No será difícil que en esos casos, todos los hombres en edad de empuñar las armas sean tomados por combatientes, mientras no se demuestre lo contrario, y cuando llegue el momento nadie les dará la oportunidad de demostrarlo.

Pese a todo, el secretismo oficial sobre los drones está siendo desafiado por algunas ONGs como el Bureau of Investigative Journalism, con sede en Londres, y que asegura que desde 2002 se han producido entre 472 y 885 muertes de civiles en Afganistán, mientras que las víctimas de Yemen se cifran entre 60 y 103. Es cierto que las capacidades de Al Qaeda en este último país han quedado muy mermadas, aunque las muertes también han contribuido a acrecentar el número de sus partidarios.

El uso de los drones puede interpretarse además como un intento de ocultar el hecho mismo de la guerra. Son operaciones encubiertas en la lucha contra el terrorismo y escapan a la categoría de un conflicto convencional. Incluso pueden tener cierta popularidad si abaten a algún destacado terrorista, pues demostrarían que el gobierno va contra los malos dondequiera que se encuentren, antes de que tengan la oportunidad de cobrarse más vidas de ciudadanos inocentes, sobre todo americanos.

Esto explica que la Administración Obama intente esmerarse en la justificación de este método de lucha contra el terrorismo. De hecho, el senador Obama, en uno de sus discursos de 2007 en el que criticaba la inutilidad de la invasión de Irak, aseguraba que habría sido mucho más eficaz atacar directamente a los terroristas en cualquier lugar del mundo, incluido Pakistán, aliado tradicional de EE.UU..

Pero más que el propio presidente, ha sido su asesor en temas de seguridad interior y antiterrorismo, John O. Brennan, el encargado de justificar, en función de la ética y la eficacia, la utilización de los drones.

Las justificaciones de la Administración Obama

El primer aspecto de la justificación de O. Brennan es desde la óptica legal. Sigue vigente la amplia autorización concedida por el Congreso al gobierno el 14 de septiembre de 2001 en lo que se ha llamado la guerra contra el terrorismo, una guerra no convencional que supera las limitaciones que las cámaras legislativas impusieron al ejecutivo tras el desastre de Vietnam.

Respecto al Derecho Internacional, el fundamento principal será el derecho de legítima defensa, pues es evidente que EE.UU. se considera en guerra con Al Qaeda y sus aliados. Es una lucha contra actores no estatales y, en consecuencia, no cabría aplicar las disposiciones de la Carta de las Naciones Unidas que solo se referirían a conflictos interestatales, concebibles todavía en 1945 cuando surgió la organización mundial, pero que hoy son prácticamente inexistentes. En cualquier caso, los planteamientos de la Administración Obama se mueven en el área del limbo legal, pues O. Brennan insiste en que el Derecho Internacional no prohíbe expresamente el uso letal de la fuerza contra el enemigo fuera del campo de batalla.

Pese a todo, el asesor de Obama desea salir al paso de una objeción muy extendida en esta época de países emergentes, y no tan emergentes, que son muy celosos de su independencia y soberanía territorial: la objeción de que el uso de los drones está violando la sacrosanta soberanía estatal. O. Brennan lo considera un mal menor, pues en el propósito de Washington estará el buscar el consentimiento, al menos tácito, de países que tengan a miembros de Al Qaeda en su territorio. En muchos casos, se trata de Estados fallidos, que han perdido el monopolio de la violencia en algunas partes de su territorio. En esa situación, solo los drones podrían hacer frente a la amenaza terrorista.

La lista de los Estados con gobiernos débiles no ha cesado de aumentar y más allá de Pakistán o Yemen, se extiende hacia el continente africano, donde los grupos armados islamistas de Al Shabaah, Al Qaeda del Magreb islámico y Boko Haram inciden en la seguridad y estabilidad de países como Somalia, Malí o Nigeria. Todo apunta a que los drones lleguen a actuar más en el África subsahariana que en Asia central y meridional.

Por último, O. Brennan se acoge al principio de necesidad para justificar el empleo de los drones. La lucha contra Al Qaeda, una red terrorista capaz de emplear armas devastadoras, justifica la eliminación de los líderes terroristas. ¿No hicieron lo mismo los bombarderos aliados al atacar cuarteles generales alemanes y japoneses en la II Guerra Mundial?

Sin alternativa

Pero si estos argumentos no convencieran, el portavoz de Obama insiste en que no hay otra alternativa. La presencia de tropas sobre el terreno, aunque fuera con la autorización poco probable de un Consejo de Seguridad en el que Rusia y China no dejan de ejercer su derecho de veto, no contribuye necesariamente a que se alcancen los objetivos de la lucha contra el terrorismo. Después de las experiencias de Afganistán e Irak, donde hubo que buscar una retirada más o menos honrosa, se aprecian demasiados inconvenientes: bajas de soldados americanos, altos costes económicos en tiempo de crisis, hostilidad de la opinión pública por la prolongación del conflicto y descontento de la población autóctona que ve a las tropas americanas como un ejército de ocupación. Una vez más, la solución son los drones, con los que se puede destruir a los enemigos apretando un botón como si se tratara de un videojuego.

Actualmente la ventaja indiscutible en esta tecnología es de Israel y EE.UU., pero China, India y Rusia están también en la carrera de los drones. En el caso de China, jugarán un papel esencial en las disputas fronterizas de los mares de Extremo Oriente, pero el principal peligro para EE.UU. es la proliferación de los drones en el mundo subdesarrollado, un instrumento no solo en manos de los gobernantes sino también utilizado por terroristas y narcotraficantes.

Según fuentes de la Administración americana, son 76 los países que han adquirido últimamente vehículos aéreos no tripulados, y China aparece como uno de los principales interesados en la comercialización de drones. Por lo demás, un día no muy lejano, EE.UU. puede verse en una situación embarazosa: ¿cómo reaccionará si Rusia y China utilizan drones para eliminar a sus adversarios?

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