La nueva tendencia de Washington a favorecer a Pekín podría llevar a algunos resultados desafortunados. La actitud de EE.UU. no solo desmoralizaría a los taiwaneses sino que también enviaría señales peligrosas a China continental.
ANÁLISIS
El secretario de estado Colin Powell sorprendió la semana pasada a los
observadores, tanto en el Este de Asia como en Estados Unidos, con comentarios
extraordinariamente cándidos sobre el tema de Taiwán. Sus afirmaciones movieron
la política exterior de EE.UU. más cerca que nunca a la posición de Pekín, esto
es, que Taiwán debe reunificarse con China—un paso especialmente sorprendente
viniendo de una administración republicana conservadora.
Powell ofreció
declaraciones Pro-Pekín incluso más alarmantes en una entrevista con la
Televisión Phoenix de Hong Kong. Él destacó que Washington ha dejado en claro a
todas las partes que “los Estados Unidos no apoya la independencia de Taiwán.
Sería inconsistente con nuestra política de una sola China”. Después él hizo ese
punto incluso más explícito: “Solo hay una China. Taiwán no es independiente. No
goza de soberanía como nación”. Y si es que acaso alguien no entendió el punto,
él agregó: “Los movimientos independentistas, o aquellos que hablan a favor de
estos movimientos en Taiwán, no encontraran apoyo de los Estados Unidos”.
Como era de esperar, la República Popular de China está complacida con
el rechazo de Powell a cualquier posible solución que no sea la reunificación.
También era de esperar que el gobierno taiwanés considere aquellas declaraciones
como una traición.
Es impresionante lo lejos que se ha movido la
administración Bush desde su posición inicial en el tema de Taiwán. Durante la
campaña presidencial del 2000, George W. Bush y sus asesores criticaron a la
administración Clinton por ser muy favorables a la posición de China
Continental. Luego, en una entrevista para la televisión el 25 de abril de 2001,
el presidente Bush apareció para descartar los matices en la política de
proteger a Taiwán, postura que anteriores administraciones habían adoptado.
Cuando el reportero de noticias de ABC Charles Gibson le preguntó si los
Estados Unidos tiene una obligación de defender a Taiwán, el presidente contestó
“Sí, la tenemos, y China debe entender eso”. Gibson insistió si los Estados
Unidos respondería “con todo el poder militar estadounidense?” Bush contestó:
“Todo lo que sea necesario para ayudar a Taiwán a defenderse”. Semanas después
de esa afirmación, Bush aprobó el mayor paquete de armas vendidas a Taiwán desde
la controversial venta, durante la administración de su padre, de aviones caza
F-16 en 1992.
Sin embargo, no era sólo la firmeza del compromiso de
defender a Taiwán que marcó la política de la administración. En contraste con
la actitud de la administración Clinton, las visitas del presidente taiwanés
Chen Shui-bian y otros funcionarios, mientras hacían “escala”, eran bienvenidas.
Aquellas escalas incluían frecuentemente apariciones públicas y reuniones con la
aparente bendición de Washington, incluso con el enfado de Pekín. En algún
momento del 2002, el ministro de defensa de Taiwán se reunió “informalmente” con
el sub secretario de defensa Paul Wolfowitz durante una conferencia de
seguridad, realizada por un centro de análisis de políticas públicas en Florida.
Esa fue la reunión de más alto nivel entre funcionarios de EE.UU. y Taiwán en
más de dos décadas.
Pero luego vino un cambio en la actitud de la
administración—un cambio que presagió incluso las enfáticas acciones de Powell.
Un episodio crucial ocurrió durante una visita del primer ministro chino Wen
Jiabao en Diciembre del 2003. Con Wen a su lado, el presidente Bush afirmó que
los Estados Unidos se opone “a cualquier decisión unilateral, ya sea de China o
Taiwán, para cambiar el statu quo”. Él agregó que “los comentarios y acciones
hechas por el líder de Taiwán indican que puede que él tenga la voluntad de
tomar decisiones unilateralmente para cambiar el estatus quo, a lo cual nos
oponemos”, dejando claro que esta advertencia era dirigida principalmente contra
Taipei más que a Pekín.
¿Qué explica el cambio dramático en la política
de la administración Bush? Parece ser que la administración cree que los Estados
Unidos necesita la ayuda de China en una serie de temas importantes. El deseo de
la ayuda de Pekín contra grupos radicales islámicos es un área significativa. La
necesidad de la cooperación de China en el tema de armas nucleares de Corea del
Norte es, talvez, el factor más importante. Los líderes de EE.UU. creen que
China pueda ser el único poder que pueda inducir al errático régimen de Kim Jong
II de desistir su búsqueda por armas nucleares. Washington sabe que la ayuda de
Pekín no será gratis y parece ser que el cambio en la política de EE.UU. con
respecto a Taiwán es el precio que los funcionarios chinos están exigiendo.
Aparentemente, la administración Bush está dispuesta a pagar ese precio.
La nueva tendencia de Washington a favorecer a Pekín—especialmente los
comentarios de Powell—podría llevar a algunos resultados desafortunados. La
actitud de EE.UU. no solo desmoralizaría a los taiwaneses, también enviaría
señales peligrosas a China continental. China ha desplegado ya más de 600
misiles a lo largo del estrecho de Taiwán y ha realizado amenazas bélicas en
varias ocasiones en los últimos años. Los funcionarios chinos pueden creer ahora
que ellos tienen luz verde por parte de los Estados Unidos de aumentar la
presión a Taiwán para adelantar las conversaciones para una reunificación.
Eso puede no ser muy peligroso si el cambio en la política de EE.UU.
incluye la eliminación del compromiso de defender a Taiwán de un ataque. Pero
dados los recientes cambios en la posición de Washington, esa última movida en
nombre de la realpolitik no ha sido realizada. El resultado es una política
enredada que crea el ambiente perfecto para errores de cálculo potencialmente
letales. Los comentarios de Powell son moralmente dudosos y estratégicamente
imprudentes.
Ted Galen Carpenter, es vicepresidente de Estudios de
Defensa y Política Exterior del Cato Institute y autor y editor de 15 libros
sobre asuntos internacionales, incluyendo Bad Neighbor Policy: Washington´s
Futile War on Drugs in Latin America (Cato Institute, 2002). Originariamente
publicado por el Cato Institute.
// OTROS TEMAS QUE TE PUEDEN INTERESAR