Política

El aislamiento de Fidel en 1962, los Kirchner y Chavez

“…Hugo Chávez siempre se apresura para denostar chabacanamente al “Imperio”, promete mil utopías y acordona su seguridad por medio del blindaje de las milicias populares, jueces sumisos, legisladores obedientes y una custodia permanente de acero inoxidable si le fuere posible…”

Ernesto Poblet
La pantalla del televisor dejaba observar con generosidad la alegría en el rostro de Néstor Kirchner. Miraba jocoso a la cámara y exhibía sus manos repitiendo “son libres, ya están libres…”. Había logrado “desendeudarse” del FMI, ello implicaba no más observaciones del Fondo para sus actos administrativos sobre determinados proyectos, no le dolía devolver los dineros blandos al acreedor antes de tiempo.

Fueron otorgados por un organismo internacional de fomento, a tasas bajísimas, orientados a emprendimientos prioritarios y muy necesarios para el país. Su obsesión siempre fue la misma, hacer lo que se le antojara con los dineros de los demás. El agujero financiero se arreglaría por medio de su amigo Chávez a través de una simple multiplicación de la tasa de interés, “arreglada” -como siempre- entre gallos y medianoche. “La sociedad que se jorobe, yo necesito tener las manos libres…” sonreiría y mascullaría para sus adentros el sembrador de las facultades extraordinarias.


El aislamiento es el método necesario de los tiranos para soslayar las miradas de la comunidad internacional y los contralores internos. Es como el cabecilla de los presos. Dentro de la prisión puede ejercer el mando de sus cautivos compañeros, ahí desarrolla el poder omnímodo, edifica las bases de su dominio por medio de la fuerza, la astucia, la intimidación, el amedrentamiento, el sadismo, la extorsión, el pacto con los carceleros, etc. Es la ley interna de las cárceles y la soledad.



En su caso Hugo Chávez siempre se apresura para denostar chabacanamente al “Imperio”, gusta cultivar la insolencia machacona y valentona a efectos de consolidar su pérfido manejo fuera de las instituciones. Insiste todos los días y a toda hora con sus monsergas interminables. Promete mil utopías y acordona su seguridad por medio del blindaje de las milicias populares, las fuerzas armadas adictas, jueces sumisos, legisladores obedientes y una custodia permanente de acero inoxidable si le fuere posible.

Se asocia ostensiblemente con el matachín iraní que amenaza muy suelto de cuerpo con echar al mar a todo el pueblo de Israel. Desatar los fantasmas horrorosos de la guerra fría no los perturba a estos tiranuelos, “nadie osaría tocar a Chávez pues podría desatarse la tercera conflagración mundial y cada vez habría más camaradas con bombas atómicas a disponibilidad…” se vanaglorian.



Por eso no debe sorprender la actitud aislacionista de Fidel Castro. Los diplomáticos de Cuba por un lado asisten a las negociaciones de la embajada de Suiza en Washington y por el otro el eterno moribundo bombardea la cordial invitación de la OEA para volver a una corporación regional de la cual fue excluido en el año 1962. A Fidel nunca le convendría participar en foros donde no puede ejercer su florida inconexión para desatar esa perversa vocación por las fechorías más abominables.

Se indignó la colectividad internacional por sus fusilamientos indiscriminados frente al siniestro “paredón” al comienzo de su sanguinaria revolución, bramaron las voces desde todos los sectores del mundo ante los procesos inquisitoriales contra sus disidentes. Se conocieron las condenas insólitas -desde veinte años hasta perpetuas- contra intelectuales pacíficos por sólo pensar distinto al frustrado sistema marxista-leninista.

Aceptó Castro integrarse a la Comisión de Derechos Humanos de la ONU con el sólo objetivo de su copamiento y desde ahí preservarse de toda sanción contra su régimen, exacerbado y constante violador precisamente de los mismísimos derechos humanos. No tuvo escrúpulos -su aislamiento se lo permitía- en pactar con los dictadores militares de la sufrida América Latina y el África subdesarrollada, amparándose estos buenos muchachos -recíprocamente- de las muy relevantes acusaciones.



No sorprende la actitud perturbadora de Fidel Castro negándose a la cordial invitación del presidente Obama y el grueso de la región panamericana para reintegrar la isla al seno de la OEA. Entran en juego su habitual aversión contra el sistema democrático, las consecuentes elecciones libres y la liberación de los presos políticos que atosigan las mazmorras cubanas.



Cobra actualidad la sorprendente abstención en el voto del presidente Frondizi y las representaciones de México, Brasil y la Bolivia de Paz Estenssoro en 1962, cuando se expulsó al régimen de Fidel Castro. Ya en aquellos tiempos el estadista argentino vaticinaba décadas de conflictos con la exportación del terrorismo fidelista hacia las distintas latitudes. Preveía gramscianismos retóricos extremadamente peligrosos que hasta el día de hoy no se han superado.

Advirtió contra los efectos perniciosos que desatarían los halcones norteamericanos al promover un embargo a la nación cubana, lo cual sólo beneficiaría el aislamiento del tirano en perjuicio directo contra su población e indirecto contra los demás pueblos del planeta. Recuérdese al “aislado” “intrépido” “victimizado” Fidel mandando tropas a Angola, Congo, Grenada, Bolivia, nuestro Tucumán, etc., metiéndose con el mayor de los descaros en los asuntos internos de cualquier país vulnerable. Los efectos de aquel error estratégico de la política estadounidense al consolidar el aislamiento del régimen lanzó al inescrupuloso caudillo barbado en los brazos aherrojados de la Unión Soviética y a ejercer por más de medio siglo un inaudito poder vitalicio…



La visión del presidente Frondizi nos decía que el tirano deseaba el aislamiento para entregarse con sus “manos libres” como galeote de la URSS y también buscaba la victimización resultante del embargo, astutamente propagandizada bajo el eufemismo del “bloqueo”, con el fin de dominar su pueblo y seducir a los restantes seres humanos confundidos.



Argumentaba Frondizi que las veinticuatro embajadas americanas instaladas en la isla -más la natural incidencia del organismo regional- influirían para que el régimen no se desmadrara como realmente ocurrió. Fidel gozó de una impunidad manifiesta durante el transcurso del medio siglo de su furibunda dictadura militar, lo cual le permitió los más desopilantes y crueles desplantes en su política interna e internacional.

Su impunidad y poder fue proporcional a la insólita popularidad obtenida a través de un maratónico charlatanismo, audaz histrionismo, falta absoluta de escrúpulos y esas “manos libres” que el aislamiento le permitió utilizar con singular habilidad. Aún con su quebrantada salud y vetustez, sabe mantenerse como el cabecilla supremo de una isla prisión.

Fuente: Fundación ATLAS

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